Turquía: entre el islamismo y la laicidad

Turquía tiene un serio problema. Un problema que no es nuevo, que hace décadas que dura, y cada día que pasa se complica aún más. El edificio constitu…

Turquía tiene un serio problema. Un problema que no es nuevo, que hace décadas que dura, y cada día que pasa se complica aún más. El edificio constitucional laico-democrático que diseñó Kemal Attatürk tiene los pies de barro.

Desde las cenizas del antiguo Imperio otomano este militar ilustrado resolvió importar la laïcité francesa a una sociedad musulmana. Fue un desafío enorme que sólo el omnipresente ejército podía mantener.

Aquí sería asombroso organizar una manifestación multitudinaria en defensa de la laicidad. Más bien sucede lo contrario: las manifestaciones se convocan para mitigar los excesos legal-secularistas del Gobierno. Pero en Turquía la cosa es bien distinta.

El debate se centra en la incompatibilidad entre el laicismo y el islamismo político. Hay retos paralelos, como la entrada en la Unión Europea –cada vez menos deseada por los propios turcos y algunos Estados miembros–, el respeto a las minorías nacionales –kurdos y armenios–, la implantación de políticas sociales y la garantía de los derechos humanos.

Sin embargo, lo que llevó a la multitudinaria manifestación del sábado 28 de abril fue la defensa del laicismo constitucional. Un concepto-valor que –como sostuve en el anterior artículo–, se originó en el judeocristianismo, no en la civilización islámica.

Para ser exactos, en Turquía se enfrentan dos opciones políticas: una laicista –no precisamente laica–, y otra islamista más o menos moderada. Desde hace años predomina la segunda, cuyas pretensiones intentó laminar el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ilegalizando el Refah partisi (Partido de la prosperidad).

En efecto, en el caso Refah partisi contra Turquía, de 31 de julio de 2001, el TEDH afirmó por vez primera la absoluta incompatibilidad entre la sharía de este partido islamista y los valores democráticos.

Al ocupar el poder en 1995, el Refah intentó aplicar su programa político. Se trataba de implantar un sistema religioso multijurídico inspirado en los millet medievales, dividiendo a los ciudadanos por adscripciones religiosas.

Lógicamente se quebraba la unidad legal, elemento inherente en un sistema democrático, y se situaba a los agnósticos y ateos en la anomia legal. No habría ya ciudadanos con un estatus de derechos y deberes, sino fieles sobre la base de una pertenencia religiosa obligatoria… pero con supremacía de la sharía. Esto hubiera comportado una mera tolerancia para judíos y cristianos, pero nunca garantía de su libertad de religión individual y colectiva.

Ahora la situación es bien paradójica. La opción laicista no está liderando el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Mientras que la islamista, heredera del Refah, apoya desde el gobierno la Alianza de Civilizaciones, sin que todavía haya alcanzado los estándares democráticos y de respeto a las libertades que exige nuestro marco europeo.

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