Un amigo de Hitler‘, por Ian Kershaw

Lo único necesario para que triunfe el mal en el mundo es que los hombres buenos no hagan nada. Esta frase es de Edmund Burke, liberal y político ingl…

Lo único necesario para que triunfe el mal en el mundo es que los hombres buenos no hagan nada. Esta frase es de Edmund Burke, liberal y político inglés que vivió a finales del siglo XVIII.

Su nación, modelo de compromiso con la libertad y la democracia durante varios siglos, tuvo un papel preponderante y activo en el envilecedor período de entreguerras, una «responsabilidad única en el mantenimiento de la paz después del tratado de Versalles. Sin embargo, en 1939 Europa estaba precipitándose una vez más hacia un conflicto catastrófico, aparentemente de manera irremediable.

¿Podría haberse hecho más por impedir la ascensión del nazismo y por destruir a Hitler cuando era débil? ¿O no hubo nunca posibilidad de poner coto a sus terribles ambiciones?

Ian Kershaw, el celebrado autor de aquella monumental y definitiva biografía sobre el líder del partido nacional-socialista alemán, se centra ahora en la figura de uno de los personajes más vilipendiados (justamente, por cierto) entonces y después en la opinión pública británica, Lord Londonderry, «grande del Reino, patriota y aristócrata, conservador en un sentido profundo del término, primo de Winston Churchill y ministro del gobierno responsable de las fuerzas aéreas británicas en un momento crucial de su existencia».

Más allá de la conocida filiación germanófila de buena parte de la clase alta británica, esas relaciones (en muchos casos, como el de Londonderry, personales) se convirtieron en un lastre político insalvable.

«Había, sin duda, más de un rasgo decimonónico en su enfoque de la política, y es posible que (…) se debiese en buena medida a su creencia de que, como aristócrata de alto rango, tenía ganados el poder y la posición por derecho de nacimiento y padrinazgo, y no tenía ninguna necesidad de obedecer las normas de la política moderna, ni de procurar adaptarse a los caprichos de la opinión pública. (…)

Su autoritarismo era instintivo, paternalista, muy alejado de la versión fascista. Pero daba por sentado que los miembros de la oligarquía social y política, que había estado formada tradicionalmente por miembros de la nobleza británica, tenían un derecho innato a mandar. (…)

Era arrogante por naturaleza y desdeñaba a la “burguesía” (con lo que quería decir sobre todo Neville Chamberlain, “un comerciante de segunda, de mentalidad pueblerina”, según su descripción) que gobernaba ahora Inglaterra en lugar de la aristocracia».

Pues bien, fue esa aristocracia, en pleno e irrecuperable declive, la responsable, si no última, sí culposa, de la muerte de unos cientos de miles, quizá millones, de europeos (judíos incluidos, para quien lo olvide) mientras se debatían (con mucha flema, eso sí) entre la ginebra con soda o el cricket.

Como la frase de Burke es cierta, la reacción de Londonderry a la ascensión de Hitler fue la más abyecta y miserable de las posibles: el mal llamado apaciguamiento. O sea, la rendición moral (es decir, práctica) ante el mal en estado puro, el nazionalismo racista de Goebbels & Cía., uno de los peores sistemas totalitarios que haya pergeñado jamás el ser humano con la intención de esclavizar y aniquilar a sus semejantes.

El libro, documentadísimo y riguroso, busca ahondar de forma lo más objetiva posible en las causas que llevaron a alguien inteligente, culturalmente competente y dotado de gran olfato político, a renunciar al bien en favor de una posición cuando menos desairada. La respuesta es bien sencilla: por cobardía.

Londonderry sostenía algo relacionado con la posición de Inglaterra en el mundo, y su interés en permanecer al margen de una contienda europea. Pero, ¿es posible permanecer impasible ante el mal? Decía Hannah Arendt que frente al horror del Holocausto era inverosímil una postura de equidistancia, de cierta asepsia moral, esa cínica epokhé progresista. O con las víctimas o con los verdugos, así de simple.

Que se lo pregunten a toda esa caterva del «No a la guerra», chusma melindrosa que mira hacia otro lado cuando la conciencia les azuza. Son el producto tosco, vil e inane (visible incluso en algunas posturas pretendidamente cristianas) de ese buenismo ambiental y esterilizador, preñado de imberbe idealismo. Un ejemplo del daño que el pacifismo ha hecho al mundo libre. Ansia infinita de paz, quiá, moral de pusilánimes. O como la llamó Jon Juaristi, ética para sabandijas.

Un amigo de Hitler
Ian Kershaw
Editorial Península, 2006
419 páginas

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