Un amor sin medida

“Desde el mediodía y hasta las tres de la tarde, toda la tierra quedó en oscuridad. El sol dejó de brillar, y el velo del t…

“Desde el mediodía y hasta las tres de la tarde, toda la tierra quedó en oscuridad. El sol dejó de brillar, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Jesús gritó con fuerza y dijo: -¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Y al decir esto murió”(Lc 23, 44-46).

Estas palabras del Evangelio nos muestran uno de los sucesos más extraordinarios en la historia de la humanidad; el Hijo de Dios no sólo se hizo hombre (cf. Jn1 14) sino que, sin menoscabar su integridad se somete a la muerte y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 5-11) y todo por una razón: su amor por el hombre y su salvación. Asimismo sabemos que “Jesús fue capaz de llevar su misión hasta las últimas consecuencias; dejando constancia de que la cruz es una expresión de fidelidad hasta la muerte; que la fuerza del amor a Dios y al hombre van más allá de la misma muerte y que la cruz más que un tormento o un instrumento mortal, es la mejor prueba para verificar hasta dónde se es capaz de llegar por el amor” (Biblia Misionera, comentario a Mc 15, 33-41).

En este contexto, todo joven que tiene sueños, aspiraciones y metas encuentra el paradigma perfecto para su realización pues al entrar en esta dinámica satisface plenamente sus aspiraciones; no busca contentar su egoísmo, sino que dándose consigue, sin darse cuenta, eso que tanto desea: su felicidad.

Asimismo, es preciso señalar que la Iglesia y el mundo no necesitan ya “comunicadores” sino “testigos” que revolucionen las conciencias y resuciten las esperanzas. Es urgente que el joven no se deje llevar por lo meramente temporal sino que trascienda y luche por defender su parte espiritual. Podríamos pensar pesimistamente y encerrar el concepto del amor en una simple utopía que se consume en mero sentimiento; podríamos pensar, además, que el amor es una simple alocución que disfraza la realidad o que por momentos resulta ser un “analgésico” que quiere curar un cáncer profundo que ya no tiene remedio. Sin embargo, para los que sabemos con certeza que existe un Dios que no es un simple concepto vacío sino una realidad, el amor es algo más profundo que sólo se entiende cuando se vive; estamos convencidos de que el auténtico amor no se regula con leyes humanas pues es una ley divina inscrita en el corazón del hombre en cual necesita ponerlo en práctica dándose por completo a imitación del Misionero Divino.

A este respecto el Papa Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in Veritate” dice: “El amor es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre. Por lo tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de amor” (No 1).

Nos corresponde entonces decidir qué vamos hacer en nuestro tiempo, no podemos esperar a que otros solucionen lo que a cada uno de los que formamos una comunidad nos toca realizar. Es momento de transformar nuestro entorno a base de esfuerzo, solidaridad, respeto, humildad, pero sobre todo amor, pues éste último encierra todas las virtudes que personalizan al ser humano y lo hacen vivir en plenitud, sabiendo además que “el cristianismo no es un conjunto de prohibiciones, sino una gran afirmación… y no muchas, una: Amar pues ‘Dios es amor’ (1Jn 4,8)”.

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