Un diálogo que es rendición

Hay algunos que, por desgracia, profesando ostensiblemente su catolicismo, sostienen que algunas veces el aborto puede ser bueno, o que algunas veces …

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Hay algunos que, por desgracia, profesando ostensiblemente su catolicismo, sostienen que algunas veces el aborto puede ser bueno, o que algunas veces la eutanasia puede ser buena, o que es estupendo condenar a un niño a ser adoptado por una pareja homosexual. O que cuando la jerarquía de la Iglesia, sirviendo a la misión que Cristo le dio y guiando lealmente al pueblo fiel, pone los puntos sobre las íes en estas cuestiones, se oponen más o menos abiertamente a dicha jerarquía (al Papa y a los obispos), olvidando que gozan de un carisma concedido por Nuestro Señor, para guiar al pueblo fiel.

No faltan quienes en moral sexual hacen un traje a medida de todas las apetencias, y dicen, por ejemplo, que el adulterio no tendría importancia y que lo único importante sería el pecado “social”, olvidando que si uno traiciona a su propia sangre, difícilmente podrá esperarse que trate bien a sus trabajadores, ya que el corazón del ser humano no se puede aislar en compartimentos estancos. U otros que tildan de fariseos a quienes condenan el pecado, cuando eso no es condenar al pecador, como nos enseñan claramente algunos pasajes del Evangelio: Así Jesús dice a la adúltera a la que perdona misericordiosamente: “(…) Ni yo te condeno tampoco; vete y en adelante no peques más” (Juan, 8, 11). Aquí el Señor une la misericordia con la pecadora con la reprobación del pecado, al decirle “no peques más”. Y aún más claramente en el episodio del enfermo impedido de la piscina de Betesda: “Mira has sido curado. No vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor.” (Juan 5, 14).

Si Cristo cura al pecador y condena el pecado es porque el pecado del que uno no se arrepiente puede conducir a la no-salvación, al desastre sin remedio para la persona. Así el Señor es severo por amor.

¿Qué diríamos de quien dijera que puesto que ama al enfermo propaga su enfermedad? El médico, gracias a Dios, tiene muy claro que porque quiere el bien del enfermo combatirá con todos los medios correctos a su alcance la enfermedad que padece. Hay que amar al que se equivoca, y precisamente por ello enseñarle la verdad, ya sea científica o de otro orden. Hay que amar al pecador, pero odiar el pecado, restituir al que peca una conciencia pacificada, restituirle la amistad con Dios; curarle de su enfermedad espiritual.

Para sacerdotes, extensible también a laicos, el Papa Benedicto XVI llama la atención en la homilía de la Misa Crismal del 5 de abril de 2012, este Jueves Santo, respecto a cómo sobre la desobediencia no se construye realmente una Iglesia renovada: “Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien un afán desesperado de hacer algo, de transformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?”.

Cristo es precisamente el ejemplo más auténtico de obediencia al Padre celestial, pues fue obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.

Quienes juegan, a la par que se proclaman de modo estentóreo católicos, a ir en dirección contraria a lo que enseña la Iglesia y se aprestan a “dialogar” con sus enemigos, no ofrecen el verdadero rostro luminoso de la Iglesia, sino que más bien ceden al ambiente de este mundo, más bien oscurecen el mensaje de Cristo, que nunca transigió con el pecado, si bien acogía con infinito amor al pecador, para librarle precisamente de su pecado. “No tienen los sanos necesidad de médico, sino los enfermos”, nos dice Jesús en el Evangelio (Mateo, 9, 12).

Si la luz se vuelve oscuridad ¿a quién iluminará?, ¿nacerá algo bueno de ese diálogo vergonzante? Llamando bien al mal y mal al bien no convencerán a quienes ansían la luz y colaborarán a hacer más espesas las tinieblas de quienes no buscan la luz.

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