Un maratón muy familiar

“La sobrecarga de estrés sobre la vida de su familia (él inválido, su esposa sana y sus tres hijos inválidos) rompía la paz que reinaba en ella”

Con la mejor intención del mundo y a iniciativa de uno de sus miembros, toda la familia se volcó en organizar la participación de sus tres hijos inválidos en el maratón de Barcelona el pasado día 13, empujados en sillas de ruedas especiales por corredores en buena forma. Es su padre y se quejó de que toda esta historia de la repercusión en los medios de comunicación de su intimidad familiar y de sobrecarga de estrés sobre la vida de su familia (él inválido, su esposa sana y sus tres hijos inválidos) rompía la paz que reinaba en ella. Puesto que hay que comprender que sus hijos son inválidos profundos y su enfermedad, lábil, y todo trasvase suele ser un traspiés que incluso puede acortarles la vida; una vida que clínicamente se prevé corta.

No obstante estarles sumamente agradecido a todos los que han colaborado y a los medios de comunicación que lo han difundido, iba estando día tras día más harto, como sus dos hijos menores, de toda la parafernalia que comporta organizar un maratón con tres inválidos. Él no quiere guiarse, ni lo busca siquiera, por el aplauso; ya hay quien lo busca. Esa organización comporta poner patas arriba toda la vida de la familia, que ya en el día a día y sin maratón no es en absoluto apacible, teniendo en cuenta que él también está cada vez más confinado en silla de ruedas, y con la cual debe  arrastrarse literalmente para que a cada uno de sus tres hijos no le falte nada. Y ese “nada” se traduce en un servicio heroico al prójimo que, junto con su esposa, debe poner manos a la obra: dar de beber y comer a cada hijo y limpiarle el líquido o la comida que se tira involuntariamente encima; llevar a cada uno al lavabo cuando lo pide, con todos los gestos humillantes que implica; hablarles y escucharlos uno a uno, teniendo en cuenta que ninguno de ellos puede articular las palabras fácilmente; “organizar” los movimientos que comporta cada entrada y salida en ambulancia para recogerlos o devolverlos de los respectivos centros educativos donde asisten a diario… Mil y un detalles que absorben al cien por cien y, cual delicado engranaje, deben ir divinamente engrasados para que su precaria vida gire lo más suave posible. Y todo eso, desde el más abnegado anonimato, no buscando el aplauso de la familia y la sociedad, sino haciéndolo por amor a sus hijos, a su esposa y a Dios. Sabiendo que el único aplauso que vale y cuenta es el de Dios. Aunque, por lo común, ese aplauso llegue en la otra vida.

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