Un miedo católico

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Hay un miedo católico que impide afrontar las situaciones tal y como son, que se inclina con excesiva facilidad ante la tesis que en un momento determinado intenta imponer ‘el mundo’, y las tesis que ahora quiere ejercer son básicamente dos: la Iglesia es un nido de abusadores sexuales y de corrupción económica. Si ante cualquier hecho que acaezca, de entrada, nos sentimos contritos porque asumimos que la culpa es del acusado, siempre un sacerdote, particularmente mejor si es obispo y no digamos ya si es cardenal, sin examinar los hechos en toda su dimensión, estamos haciendo el juego a quienes han encontrado dos grandes vías para demoler la Iglesia, al menos en Occidente.

Imaginemos que cualquiera de nosotros, ve un buen día su nombre en el periódico, acusado de haberse propasado hace veinte años con unos jóvenes del mismo sexo. No hay ninguna denuncia judicial, solo una carta a su jefe denunciando el hecho, y que posteriormente los propios autores se han encargado de filtrar a un periódico que es quien hace de testimonio, fiscal y juez, todo en una pieza. En una sociedad como la nuestra, que vive permanentemente sujeta al escándalo y donde ha desaparecido la presunción de inocencia, ¿cómo podría defenderse usted, o yo, palabra contra palabra? Muy poco, porque los periódicos, en su mayoría, ya se encargarían de difundir una y otra vez las tesis de los denunciantes, sus narraciones, mientas que la suya solo podría consistir en algo así como "no es cierto".

Es importante situarse en la piel del otro porque entendemos mejor lo que sucede. Y esto es lo que pasa con el cardenal arzobispo O’Brien, un valiente cardenal escocés que hasta ahora solo ha recibido el claro apoyo del primer ministro de aquel país, el nacionalista Alex Salmond, que ha pedido en todo esto que no se pierda de vista "la gran tarea llevada a término por el arzobispo a lo largo de toda una vida de dedicación y sacrificio". Los demás, incluido el grupo católico que dirige Jack Valero, se han mantenido en una discreta posición. "Las alegaciones contra O’Brien se han tramitado de manera correcta". No es precisamente un cuestionamiento de los acusadores. Porque hay que cuestionar los hechos y partir de la presunción de inocencia, esto es elemental. Nadie ha investigado las denuncias, empezando por el propio periódico. No hay metido de por medio un fiscal, un juez o la Policía, aunque esto también admitiría un cierto nivel de manipulación. Lo máximo que escribía un periodista en nuestro país es que las denuncias son creíbles por los detalles. ¡Válgame Dios!, como si no fuera una tarea sencilla construir un pequeño relato. Los hechos son lo importante, y lo que sabemos no inspira ninguna confianza y hay que decirlo, con claridad y con rotundidad. Se trata de cuatro personas distintas. Tres dicen que se mantienen en el sacerdocio, pero nadie conoce quiénes son ni sus nombres. Aparecen como el sacerdote a, como b, como c. El cuarto lo dejó, dice que cuando hicieron obispo al cardenal O’Brien, y está casado. Cuando sucedieron los hechos, no eran niños ni adolescentes sino adultos jóvenes bien trabados, tenían del orden de 20 años. Tres de ellos ya eran sacerdotes, otro era un seminarista. No se trataba de unos inocentes críos que se encontraran sorprendidos. Ninguno de ellos habla de abuso sexual. Sus conceptos no se prestan a ser denunciados como difamación exactamente, porque se habla de "contacto y comportamiento indebido" en un caso; en el otro de "conducta inapropiada"; y en otro de crear situaciones íntimas "con intenciones inapropiadas". Todo es difuso, magmático, simplemente sirve para escribir una doble página en el periódico con una gran foto del cardenal.

Han transcurrido 20 años desde que estos adultos, mayores de edad todos ellos, se hayan decidido a denunciar estos hechos en la persona del nuncio, para después darlo a conocer a los periódicos. ¿Por qué han esperado tanto?, ¿por qué precisamente en este momento? Esta es una cuestión importante, en todo suceso lo es. ¿Por qué ahora? Y, todavía más, ¿a quién beneficia? Y la respuesta es coincidente. El ahora es inmediatamente posterior a la dura actitud que el cardenal O’Brien mantuvo contra la decisión del primer ministro conservador, Cameron, de aprobar el matrimonio homosexual en el Reino Unido. Tanto es así que la organización del homosexualismo político Stonewall lo señaló al designarlo en 2012 con el premio ‘intolerante del año’. Todo el mundo ha visto estos hechos con asombro, con sorpresa, excepto el homosexualismo político, que ha celebrado la situación en la que se encuentra O’Brien por su oposición y su opinión de que la homosexualidad es pecado. Ellos han dicho: "esperamos que denuncias tan graves como ésta se investiguen bien". Sin duda, habría que pedir que esto se realizara, pero, atención, que se realizara con una opinión que también levantara la bandera de la duda, que interrogara el por qué ahora, que planteara las razones de haber esperado veinte años, que indagara sin temor que significan “intenciones inapropiadas”.

Con el ataque, que tan bien ha funcionado contra el cardenal O’Brien, el homosexualismo político envía un mensaje, por azar o bien organizado. Quien se meta con nosotros, palma. En estos momentos, hay gente de la Iglesia todavía más atemorizada de lo que lo estaba. Por eso hablo de un miedo católico. Hoy a los mártires no los echan a los leones, simplemente les echan la prensa encima y los criminalizan en la imagen.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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