Un santo que creaba sindicatos

El P. Hurtado será canonizado en Octubre. Era un jesuita enamorado de Cristo y de sus hermanos que sufrían la injusticia: recogía a los niños de la ca…

El P. Hurtado será canonizado en Octubre. Era un jesuita enamorado de Cristo y de sus hermanos que sufrían la injusticia: recogía a los niños de la calle, se preocupaba de los trabajadores explotados en el Chile plagado de injusticias sociales de los años cuarenta. Fundó obras asistenciales, sindicatos inspirados en el humanismo cristiano y alzó una voz profética denunciando la inconsecuencia de las clases privilegiadas que se decían católicas.
 
Al mismo tiempo cultivaba una rica vida interior de unión con Cristo. Como viene a decir el nuevo compendio de Doctrina Social, especie de testamento en este terreno del Papa Juan Pablo II, ni conversión interior sin cambio de las estructuras injustas, ni cambio de las estructuras sin conversión interior.
El P. Hurtado gritaba con fuerza:
¿Qué hace la Iglesia Católica por esos hijos de la calle, que duermen en los huecos de las puertas y suelen amanecer helados? Y eso pasa en un país que se denomina cristiano. Esta misma noche un mendigo puede morir en la puerta de la casa de cualquiera de ustedes.
Él veía a Cristo entre los abandonados y los pobres, entre los que dormían bajo los puentes del río Mapocho y los basureros de la ciudad. Todos ellos eran Cristo y necesitaban un hogar. Fundó el Hogar de Cristo para este fin, que fue muy bien recibido por la sociedad chilena donde aún hoy es bien popular y apoyado. Era el año 1944. Recibió el apoyo del Papa.
Fundó sindicatos de inspiración cristiana que en la actualidad se extienden por todo Latinoamérica.
De su vida interior espiguemos estas palabras suyas:
Mientras el sacerdote no aspire al martirio para regar con su sangre la semilla del Evangelio, no podemos decir que somos apasionados por Cristo. Mientras no santifiquemos nuestro trabajo con considerables sacrificios personales, nuestra labor será estéril.
Tenía una tierna devoción a la Virgen: “Madre, si tú no me miras, ¿cómo se disiparán mis penas?(…) Si tú no me miras, Jesús tiene sus ojos clavados en los tuyos y no me mirará. Si Tú me miras, él seguirá tu mirada y me verá. Y entonces con que le digas, ¡pobrecito!, necesita nuestra ayuda, Jesús me atraerá a sí y me bendecirá (…)”
En 1951 se le declaró una gravísima enfermedad que ni él mismo se lo creía. Sin embargo, siguió trabajando.
Ya ingresado en el hospital se despedía de los dirigentes sindicales: “No lloro de pena, sino de alegría, porque vuelvo a mi Padre”. Y decía: “Me emociona, al pensar en mi muerte próxima y al ver alrededor mío tanto cariño y tanto afecto; pero créanme, que estoy feliz.”
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