¿Un secularismo con mala conciencia?

Es interesante observar cómo en el trasfondo de una buena parte de los análisis, casi todos en tono positivo, que se hacen de la renunci…

Forum Libertas

Es interesante observar cómo en el trasfondo de una buena parte de los análisis, casi todos en tono positivo, que se hacen de la renuncia de Benedicto XVI se plantea su iniciativa extraordinaria como un precedente que pueda dar pie a una nueva forma de interpretar determinados puntos doctrinales por parte de la Iglesia. Las cuestiones no aportan ninguna novedad, son las mismas que obsesionan a la agenda liberal, sea conservadora -véase el Reino Unido- o sea progre -véase Francia-, porque el liberalismo se ha vuelto hegemónico en la política occidental. Al margen de él y de los grandes partidos que genera, llámense como se llamen, solo hay pequeños grupos de escasa significación o una democracia cristiana que ha visto reducido su papel, y aún en estos casos no está nada claro que la ontología liberal no presida parte de sus criterios fundamentales. De ahí que la renuncia se vea como un anticipo de la reconsideración de aquello que parece preocuparles de manera obsesiva.

Se trata de la agenda de siempre, la del aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual o la ordenación de las mujeres. Es curioso como mantienen una constancia entomológica sobre estas cuestiones, incluso a pesar del drama de la crisis. No interrogan a la Iglesia sobre si podría concretar más y mejor su posición doctrinal de ruptura real con el capitalismo, que no pasa de unos criterios generales claros, pero que carecen de una concreción como sí se da en otros campos; no, lo único que importa es si asumirá o no, pongamos por caso, el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Quizás sería bueno recordar que lo que ha hecho Benedicto XVI es evidentemente un gesto extraordinario porque se ha dado muy poco, y en los términos actuales prácticamente nunca en la vida de la Iglesia, y que evidentemente presenta aspectos a encajar, como el del tratamiento que ha de recibir quien ha sido el Santo Padre. Pero hemos de subrayar que se trata de una cuestión meramente de praxis. Nunca la Iglesia se ha pronunciado en el sentido de que el fin de un papado haya de coincidir con la muerte del Papa. En realidad, esto hasta épocas muy recientes no ha constituido ningún problema. Los papas son elegidos a una edad en la que, en general, su período de vida es corto y lo terminan ejerciendo su función. Pero la prolongación de la vida, aunque no siempre en buenas condiciones físicas, ha hecho emerger esta cuestión que Benedicto XVI ha interpretado con indudable acierto.

Sin embargo, las otras cuestiones no pertenecen al ámbito de la práctica sino que significarían una renuncia imposible de concebir a los fundamentos de la Iglesia de Cristo. No es de ahora que se opone a la práctica homosexual, al aborto o a la eutanasia. No figura nada en su concepción eclesial que permita pensar que puede introducir el sacerdocio femenino. La Iglesia responde ante la historia humana a través de su propia historia. En realidad, estos ‘elementos’ nuevos que aparecen y que la interrogan pertenecen a un pasado muy lejano, al de los orígenes de la propia Iglesia. Al paganismo, donde el aborto y la eutanasia, como en la cultura griega las relaciones homosexuales, tenían predicamento y estaban generalmente aceptadas; donde una visión del ‘sacerdocio’ que nada tiene que ver con la católica incluía la práctica de las sacerdotisas. Nada nuevo bajo el sol, es un neopaganismo resucitado y la Iglesia no va a cambiar lo que en su tiempo hizo y dijo, porque está en el mandato que ha recibido de Dios y, más allá de él, en la propia ley natural que acompaña a la humanidad desde su origen.

Por eso, es lógico pensar que tras este continuo preguntarse del secularismo sobre si la Iglesia cambiará en estos puntos parece anidar una mala conciencia, sino no se explica tanta atención, tanta reflexión, sobre lo que hará. Si la Iglesia, para ellos, forma parte de un pasado, lo lógico sería que no se interrogaran demasiado sobre lo que hace y la dejaran transcurrir por su ‘vía muerta’. Pero no es así, la presión, la interrogación, la preocupación para que aborde estos puntos es persistente, tanto que la única explicación razonable que se nos ocurre es que detrás de ella hay la mala conciencia de quienes predican algo que, en algún lugar de su corazón, muy sumergido si se quiere pero presente, saben que no es lo que la humanidad necesita sino todo lo contrario, y que se mueven en este camino empujados solo por sus propias pasiones.

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