Un tema interminable: la misericordia de Dios

Como un manto de nieve sobre el desierto ardiente. Como una lluvia fresca en la tierra reseca. Como mano materna que sale al encuentro del huér…

Como un manto de nieve sobre el desierto ardiente. Como una lluvia fresca en la tierra reseca. Como mano materna que sale al encuentro del huérfano. Como luz de consuelo en la oscuridad. Así desciende sobre el pecador, que vuelve sus ojos a Ti, tu misericordia entrañable.

Milagro de amor, vida en la muerte, calor en el hielo, frescor en el bochorno, paz en la guerra, salud en la enfermedad: Resurrección, júbilo, gozo, alegría.

Pero, ¿dónde encontrar a Dios? En la misma intimidad de uno mismo, allí donde uno escucha el justo reproche de la conciencia que no da paz, que tienta de desánimo y de desesperación.

Allí está esperando que confiemos en Él, que abramos nuestro corazón dolorido a su mano suave, a su oferta de paz que supera todo deleite, ofreciéndonos su perdón que perdona y olvida, dándonos una nueva vida, un amor nuevo, con sólo que aceptemos y busquemos con sinceridad su presencia y su inteligencia de amor que desea ardientemente nuestro bien, su santa voluntad que es salvación.

La santa omnipotencia de Dios se manifiesta en regenerar al pecador en creatura nueva. En hacer de grandes pecadores, grandes santos. Si comprendiéramos esto los confesores no tendrían descanso (en el caso de que sea uno católico y crea que es pecador). Una nueva alba, un día nuevo, una resucitada primavera nace de ponerse con el corazón en la mano frente a la Verdad.

Nos dice Juan Pablo II: “Ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos” (J.P. II, “Veritatis Splendor”, 118).

“La misericordia alcanza su plenitud con el don del Espíritu Santo (…) que libera de la esclavitud del mal y da fuerzas para no pecar más”. (Ibídem).

Y la misericordia experimentada en mí mismo me impulsa a ser misericordioso con los demás: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9, 13) “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.

Y en el ser misericordioso gana también uno mismo:

“El amor misericordioso, en las relaciones recíprocas entre los hombres no es nunca un acto o proceso unilateral (…) también aquél que da queda siempre beneficiado” (J.P. II “Dives in Misericordia”, 14).

Y para el creyente cristiano Cristo es la misma voz dulce y grandiosa de la misericordia de Dios que se acerca al hombre tomando nuestra naturaleza. El corazón de Cristo es un volcán de amor y de perdón que, abierto por una lanza, sólo desea derramarse sobre quienes más lo necesitan: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9, 13).

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