Una convertida, apóstol frente al capitalismo savaje de principios del siglo XX: beata Hildegard Burjan

De niña, a la vista de unas religiosas que oran, exclama ante su madre agnóstica: “¡Dios mío, yo también quisi…

De niña, a la vista de unas religiosas que oran, exclama ante su madre agnóstica: “¡Dios mío, yo también quisiera rezar!”.

Nace en 1883, de familia judía no practicante, en la actual frontera germano-polaca. Da muestras de grandes dotes intelectuales y de un profundo deseo de rectitud moral. Pero no cree en nada trascendente y escribirá: “Las alegrías y las penas pasan; el mundo pasa, ¡y nada queda!”.

Puesta en contacto en la Universidad con profesores protestantes, repite la oración del incrédulo: “¡Dios mío, si existes, haz que te encuentre!”, aunque de momento sin mucho éxito.

En 1907 se casa con Alexander Burjan, que, aunque agnóstico, busca también el sentido profundo de la vida. En 1908, un cólico nefrítico obliga a la joven a recibir hospitalización en un hospital católico de Berlín. En 1909, Semana Santa, se halla al borde de la muerte y los médicos pierden toda esperanza. Contra toda probabilidad el lunes de Pascua su salud mejora sensiblemente. Tras siete meses de hospitalización puede volver a casa.

Durante su larga estancia en el hospital, Hildegard ha podido admirar la dedicación y la caridad de las religiosas hospitalarias. Y ella extrae una conclusión: “Solamente la Iglesia Católica puede realizar ese milagro de colmar a una comunidad entera con tal espíritu…El hombre abandonado a sus únicas fuerzas naturales no puede hacer lo que hacen esas hermanas, al verlas he experimentado el poder de la gracia”.

Hildegard se convierte y recibe el bautismo el 11 de Agosto de 1909. Y escribe lo siguiente: “No podemos hacer el bien (…) sino únicamente gracias a la unión con Cristo (…)”.

A partir de agosto de 1910 tiene la alegría de que su marido Alexander también se bautiza. Se queda embarazada y, dado el grave riesgo que corre, los médicos le aconsejan abortar, cosa que ella rechaza enérgicamente: “¡Sería un crimen! Si muero, entonces seré víctima de mi oficio de madre, pero el niño debe vivir”. El parto alumbra una niña que llega al mundo sin problemas. El matrimonio se instala en Viena.

Su vocación es anunciar a los pobres, mediante la acción social, el amor de Dios hacia ellos. Pronto descubre la terrible realidad de la “condición obrera”: alojamientos insalubres; hombres, mujeres y niños trabajan de 12 a 15 horas por un mísero salario. Y en ese ambiente las mujeres se hallan expuestas a la tentación de prostituirse y de abandonar a sus hijos.

Hildegard se compromete en la tarea de defender la moralidad de las obreras y sus derechos frente a empresarios sin escrúpulos. Se ocupa igualmente de los niños obligados ganarse la vida (un tercio de los niños vieneses se halla en esa situación); y, en contra de la ley, hay niños de 6 años empleados durante 14 horas al día, en fábricas o en domicilios. Una espantosa mortalidad alcanza a esos pequeños esclavos, e incluso los supervivientes se ven afectados mentalmente. Inspirándose en la encíclica Rerum Novarum de León XII denuncia esta explotación infantil.

Llevada de su anhelo de defender a los más pobres, Hildegard se convierte en la única mujer diputada del partido socialcristiano, y logra que se aprueben reformas por todos los partidos, no con espíritu revolucionario, sino en fidelidad a la doctrina social de la Iglesia.

Pero la iniciativa que marca su vida y que nos llena de admiración es que funda para “promover la justicia social en el corazón de las ciudades obreras alejadas del cristianismo” una organización formada por religiosas que hacen los tres votos evangélicos y que se llamará “Caritas Socialis”. El cardenal de Viena y el Papa bendicen su proyecto. Su misión: nuevas obras de caridad, alojar a las mujeres sin techo, socorrer a jóvenes pobres en peligro, acoger a madres solteras, rehabilitar a prostitutas, curar mujeres afectadas por enfermedades de transmisión sexual, etc.

El apoyo del cardenal Piffl resulta vital frente a críticas de que sea una mujer casada la que dirija una organización de religiosas. Pese a su tarea absorbente sigue siendo una esposa amantísima y una madre de familia disponible. Poco antes de morir dirá a su marido que había sido muy feliz junto a él. La oración es una necesidad fundamental para Hildegard que roba horas a la noche para orar. Todos los días asiste a Misa y comulga.

En 1933 se le recrudece su antigua enfermedad con mucho dolor y se prepara con calma a la muerte que siente cercana. Su médico declarará: “He visto a innumerables pacientes próximos a la muerte, pero las últimas horas de Hildegard Burjan permanecen en mi memoria como un caso único. Plenamente consciente de estar cerca del fin, se preocupaba por los suyos y por sus obras. En cuanto a ella, no tenía temor alguno, abandonándose al destino; consideraba con gozo la muerte, como un rescate de la existencia terrenal, y manifestaba una confianza plena de entrar en la vida eterna”.

Fue beatificada el 29 de enero de 2012, en Viena, por decreto de Benedicto XVI.

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