Una democracia secuestrada

Como decía muy bien el santo Papa Juan Pablo II, cuando se olvidan valores morales básicos, la democracia puede degenerar en totalitarismo

Se puede destruir una democracia genuina por menos y por más.

“Por menos” cuando no existen alternativas reales y el ciudadano se ve obligado, con pocas variantes, a votar lo mismo.

“Por más”, cuando se ponen a votación cosas que por su naturaleza no pueden decidirse por mayoría de votos.

Comencemos por el segundo vicio: Un ejemplo enloquecido de tal democracia desmesurada vendría a ser la pregunta loca que se puso a votación en cierta institución o ateneo: “¿Existe Dios?”. Y con esa pretenciosa pregunta se pretendería que Dios existiera o no según el capricho de los votos. Y eso señala que existen unos límites a la democracia, al procedimiento de la votación, para que una sociedad tome decisiones.

No pueden cambiar los votos lo que es verdad: Si la mayoría votara que 2+2 son 5, seguiría siendo verdad que 2+2 son 4. Por más que la mayoría afirme que el agua del mar es dulce, seguirá siendo salada.

Algo parecido sucede con el tema de la familia y la moral familiar: Si la mayoría vota que se tiene derecho a matar al niño aún no nacido, seguirá siendo verdad que eso es un crimen espantoso.

Y con un ejemplo se verá más claro que no es lícito ni racional poner a votación algunos temas:

¿Qué sentido tendría que en una comunidad se pusiera a votación el modo en que se han de construir los cimientos de una casa que se ha decidido, legítimamente, levantar?¿Acaso el votante típico tiene conocimientos de arquitectura?

Y si es la mayoría la que decide votando la modalidad de los cimientos de la casa, la mayoría asistirá, desolada, al hundimiento del edificio, construido contra la verdad de la ciencia de construir casas.

Y si la mayoría vota cómo ha de ser la familia, o la moral familiar, la mayoría asistirá, desolada, a la destrucción de la familia y de la sociedad, construidas contra lo que constituye su naturaleza y su verdad, naturaleza que viene custodiada (no creada) por la Iglesia.

La sociedad no puede arrogarse, demagógicamente, definir la verdad y naturaleza de las cosas, a riesgo de construir casas con cimientos que se hundan.

Así, por tanto determinados temas no deben ponerse a votación.

¿Qué diríamos de una democracia que sometiera a votación si es lícito matar a un inocente (a cualquier inocente)? Que ha degenerado en tiranía, de modo el ciudadano ya no vería garantizado ni protegido ni siquiera su derecho a la vida.

Como decía muy bien el santo Papa Juan Pablo II, cuando se olvidan valores morales básicos, la democracia puede degenerar en totalitarismo.

Y ¿qué diremos, cuando a este vicio “por más”, por desmesura, se añade el vicio “por menos”, de que no haya alternativas, y el votante se vea obligado a votar lo mismo?

Y, en particular cuando se propone un tipo de familia y de moral familiar que viola la naturaleza y además tales propuestas, con pequeñas variantes, son las únicas que se pueden votar, la única alternativa. Pues que esa democracia ha sido hábilmente secuestrada y es una democracia de apariencia, de escaparate.

El remedio sería arduo: Habría que refundar tal democracia, promulgando una constitución que garantizara y asegurara, más allá del vaivén cambiante de los votos, la verdad de las cosas, de manera que fuera imposible (por más que tuviera apariencia democrática) violar, por ejemplo, el derecho a la vida de nadie. Así como ofrecer una pluralidad en los temas que sí es lícito someter a votación.

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