Una meditación en Semana Santa: sobre la Iglesia, nuestros pastores y los laicos

Porque Jesucristo constituyó la Iglesia La Iglesia fue instituida por Jesucristo porque es necesaria para el desarrollo de la fe de las person…

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Porque Jesucristo constituyó la Iglesia

La Iglesia fue instituida por Jesucristo porque es necesaria para el desarrollo de la fe de las personas. Dios planta el grano de mostaza en nuestra conciencia para que crezca en la libertad, y esto exige para su desarrollo la existencia de un plano humano donde esta semilla pueda desarrollarse y fructificar. De no ser así, la fuerza de Dios al intervenir en el desarrollo de la fe sería tan fuerte que liquidaría toda posibilidad de libertad. Por consiguiente la Iglesia es la condición que permite unir libertad del hombre y fe otorgada por Dios, porque es mediante aquella presencia y testimonio humano –y por consiguiente falible- que puede crecer sin menoscabo de la libertad. Porque podemos comprender el sentido profundo de la misión transhistórica de la Iglesia, pero también podemos rechazarla, maltratarla, incluso vituperarla. Eso es el ejercicio de la libertad. La fe que Dios nos otorga no es un seguro de vida, sino la condición necesaria, pero de nuestro libre albedrío dependerá que la mantengamos y maduremos al tiempo que crece nuestra propia persona.

Pero esta obra necesaria de Dios, la Iglesia, no puede coartar su libertad porque Él es el Ser de libre naturaleza. No está supeditado a los juicios del hombre, y su necesidad al instituir la Iglesia es querida y por consiguiente no limitada. Por ello puede actuar en ocasiones concretas de manera evidente y directa. Son manifestaciones escasas, pero a través de la vida de determinadas personas, algunos Santos y de los milagros, pero no son tantas como para que eliminen la libertad del ser humano. El propio pecado original con lo que conlleva de orgullo y ceguera impide en muchas ocasiones acoger estas manifestaciones extraordinarias que se producen por voluntad de Dios. Si fuimos incapaces de reconocer a Jesucristo a pesar de sus obras, muchos más improbable resulta que la ruptura del orden natural que significa el milagro pueda alterar de una forma radical la opinión de las gentes. En todo esto no es un dato menor que sea la Iglesia quien deba atestiguar si existe o no este hecho extraordinario.

La exigencia de delicadeza

Todo ello, la fe, la libertad, y la experiencia extraordinaria de Dios, nos conduce al mismo punto. Llegamos a El a través de la Iglesia. No lo tenemos a través de ella pero sí desarrollamos nuestra relación con Él en ella. La inmensa mayoría de las gentes crecen en la fe por la intermediación de una experiencia humana nacida de la comunión eclesial. Por eso es tan decisivo y delicado todo lo que se relaciona con la Iglesia, y por eso es tan decisivo el testimonio personal de todos y cada uno de los creyentes, y de manera especial de aquellos que son pastores y tienen como misión en la vida, única y exclusiva la dar testimonio y promover la experiencia de la fe: todos los que han profesado el orden sagrado. De ahí la importancia definitiva del testimonio del Papa, de los obispos y de los sacerdotes, que obviamente no excluye la responsabilidad en esta tarea de los católicos laicos que viven inmersos en la vida cotidiana.

Lógica del respeto religioso y de la evangelización

Aquella intermediación necesaria para alcanzar la fe hace que desde el punto de vista humano sea más lógico que alguien nacido en la India viva la experiencia religiosa a través del hinduismo, para situar una referencia concreta, mientras que otra persona nacida en Méjico lo haga a través del catolicismo. De esta evidencia natural surgen dos cuestiones. Una, el respeto y valoración a las otras confesiones religiosas que subrayó el Concilio Vaticano II, porque también son expresiones, fragmentos de Dios. Dos, la evangelización en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, porque es la única forma de reunir los fragmentos en la verdad de su persona.

Quien niega la Iglesia, niega la voluntad y la necesidad no condicionada de Dios

Quien se apropia de ella desde su seno actúa contra la obra de Dios y eso es todavía más grave, mucho más que los ataques externos, porque quien lo hace ha recibido el Bautismo, la Palabra y en algunos casos incluso el orden sagrado. Por eso, todo católico ha de detenerse en el recogimiento ante el misterio de Dios expresado en la Iglesia. Misterio entendido como apertura a un infinito que por su propia naturaleza nos sobrepasa en su inconmensurabilidad e inefabilidad.

Cuando la frivolidad de los medios de comunicación, la extensión de Internet y la pérdida de respeto a la letra impresa, hacen crecer en personas que se dicen miembros de la Iglesia métodos impropios de este necesario recogimiento y asombro ante la obra de Dios, cuando se maltrata a los obispos en nombre de un no creíble beneficio de la Iglesia, cuando se es incapaz de aceptar por la vía de los hechos el principio fundamental de la sucesión apostólica y del respeto inherente a ella, cuando se pierde incluso el más elemental respeto humano y se maltrata la dignidad que se debe a las personas, se está cometiendo un pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Que lo sepan todos aquellos que desde ‘la derecha’ o ‘la izquierda’ de la Iglesia escriben y propagan malevolencia, murmuración e insidia, postulan bandos y banderías. Aquellos que actúan de una manera tan poco cristiana olvidan que la iglesia no es de Pablo ni de Pedro, sino de nuestro Señor Jesucristo. Cuando actúan en nombre de ‘su Iglesia’, sin comunión con su obispo, o con el Papa, olvidan que la Iglesia no es nuestra sino de Dios y que la forma correcta de preguntarse cómo debe ser la Iglesia consiste en intentar responder a la cuestión de cómo la querría Jesucristo, y a veces ésta es una cuestión que no resulta fácil de responder, sobre todo en el día a día.

Los blogs, las webs, ese cotilleo murmurante, esa pedantería sin sentido, ayudan al mal y dificultan el bien, porque difícilmente a través de sus textos nadie puede ver la bondad y la belleza de Dios. Bastante complicado es intentarlo con la mejor de las buenas voluntades, como para que se pueda conseguir cuando lo que predomina es la mala voluntad.

Ante el Misterio de la Iglesia Obra de Dios, respeto y fidelidad.

Los católicos laicos debemos fidelidad a nuestros pastores. Esto obviamente no excluye la razón crítica, pero sí elimina su publicitación insana y el confundirla con el puro chismorreo. Es en el respeto a la obra de Dios que puede ejercerse esta crítica confiando en su fuerza redentora más que en el efecto de nuestras propias palabras y actos. Nos debemos a nuestros pastores no porque nos gusten más o menos en su forma de hacer, sino porque son nuestros pastores, y la única forma de mejorar sus limitaciones, propias de la condición humana, es ayudándolos y no maltratándolos.

Los laicos también debemos recuperar el sentido del respeto por los sacerdotes. Ellos, incluso aquellos que no lo quieren, son iconos de Jesucristo y debemos esforzarnos para reconocerlos y que se reconozcan en esta verdad. Esto a veces supone una carga muy pesada, nuestro deber es ayudarlos a sostenerla, empezando por el respeto y la valoración de la persona consagrada. La pérdida de la práctica de la confesión, de la reconciliación con Dios, tiene mucho que ver con esta subvaloración del sacerdocio. Él incluso en sus debilidades nos abre la puerta al Misterio de Dios. Los sacerdotes por su parte son prolongación de sus propios obispos, su deber de obediencia y fidelidad debe ser total y cuando no la cumplen rompen con la obra de Dios. Su personalidad se realiza en ser instrumentos de Dios, y no en afirmar su orgullo.

Todos tenemos una idea de cómo debería ser la Iglesia, pero nadie tiene el derecho a maltratarla, y maltratar a los demás en nombre de esa idea. Quien actúa sin misericordia no puede ser mensajero de Dios ni fiel a su mandato.

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