Una misión para la Iglesia en Europa

Este último domingo celebramos el Domund, el día de las Misiones, para recordar orar y ayudar al esfuerzo de tantos hombres y mujeres para trasmitir la fe, y practicar la solidaridad en países lejanos, en otros continentes que no es el europeo.

Sin quitar para nada validez a la conmemoración, sí que es obligado detenerse a reflexionar sobre una paradoja: en bastantes casos -en otro para nada, en absoluto- se llama misión a la evangelización en países con un porcentaje de católicos practicantes y de vocaciones más elevado que el español, sobre todo, en muchas diócesis donde la descristianización impera. Y quien dice España dice, con tanto o más motivo, Europa, la mayor parte de Europa.

Y es que desde el origen del Domund hasta hoy los tiempos han cambiado mucho, y la Iglesia europea vive -parece- sin especiales respuestas, su progresivo y, en algunos lugares, extremo declive.

Lo que queremos decir es que necesitamos un “Domund”, una misión para España, para Europa, y la necesitamos ya. De la misma manera que semanas atrás se pedía una “Aparecida”, reclamamos hoy la Misión Europea para servir a lo que son las finalidades de la Iglesia. Predicar el Evangelio para presentar el camino de conversión. Presentar a todos los hombres la ley natural para su cumplimiento y recuperar la justicia social, por este orden y en el bien entendido que la primordial es la primera y que las otras dos son consecuencias de ella.

Para predicar el evangelio qué duda cabe que nuestra Iglesia debe renovarse, porque no está en condiciones para desarrollar esta tarea. De hecho, ya hubo un llamamiento pontificio fuerte y activo para tal menester, la Nueva Evangelización, cuyos resultados fueron más ricos en lo teórico y académico que en la práctica y el logro de los objetivos que era lógico esperar. Y fue así porque nuestra Iglesia ha perdido en gran medida su capacidad para anunciar con fuerza la palabra, mas allá de los que acuden a la celebración eucarística. La ha perdido tanto que incluso en parte de la escuela católica, Jesucristo anda desaparecido, sustituido por una secular  cosa que llaman “educación en valores”. Es así y no sucede nada, y esto ya es un indicio de cómo han de cambiar las cosas. Renovar la Iglesia para despojarla de secularidad, sociologismo y desvinculación, y vestirse con el ropaje de la espiritualidad, la contemplación activa de Dios, la lectura atenta de su Palabra en la continuidad de la tradición, la oración y la contemplación del Misterio. Renovarla para llevar a los bautizados el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo y sus mandatos, para levantar  fuego de la llama de su bautismo. Adecuar el lenguaje, las formas, a las necesidades de los tiempos sin perder el valor de la armonía clásica y la belleza de la tradición. Facilitar en las formas la comprensión y adhesión a los acuerdos fundamentales del catolicismo

Una tarea, la misión, que nos concierne a todos, y que en su ejercicio nos revitalizaría internamente y conseguiría, en buena medida, derribar estas anómalas barreras internas que dificultan la colaboración entre católicos. Y necesitaría también unos misioneros específicos, como los que de siempre se ha dotado la Iglesia para actuar en ámbitos sociales y territoriales especialmente difíciles.

La segunda tarea a la que deberíamos ser convocados es a  restablecer el orden moral a partir de la ley natural y, por tanto, con validez para todos, inspirado desde la concepción cristiana, la cultura cristiana.

La  Iglesia debería llamar a los católicos laicos a impulsar la  recuperación y mejora de la justicia social y la cohesión que de ella se deriva, cada vez más dañada. En las actuales circunstancias, no se trata tanto de reiterar los principios de la doctrina social de la Iglesia, ni tan siquiera de practicar la denuncia  profética, sino de algo mucho más inmediato y ausente: inspirar medidas, políticas prácticas, para lograrlo. Una tarea para la que necesitamos menos teólogos y más economistas e ingenieros.

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