Una nueva Encíclica; una nueva perspectiva global, esto es católica

Benedicto XVI ha dado a conocer una nueva Encíclica que, si bien y por una parte está inserta en el fructífero eje de las enc&iac…

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Benedicto XVI ha dado a conocer una nueva Encíclica que, si bien y por una parte está inserta en el fructífero eje de las encíclicas sociales iniciadas por León XIII con la Rerum Novarum, por otra constituye un planteamiento substancialmente nuevo, no tanto desde el punto de vista de buena parte de sus contenidos –en el desarrollo del magisterio de la Iglesia no se producen rupturas- sino en la perspectiva que como implícito parece adoptar. Es una Encíclica que se realiza desde un punto de vista realmente global y cuya mirada no parte de los países desarrollados sino del conjunto del mundo, otorga la primacía a esa gran parte de la humanidad que no es sólo Europa ni EEUU. Hay un implícito en todo el texto que pone de relieve una vez más como la Iglesia, fiel servidora de la humanidad, no adoptaperspectivas eurocéntricas.

No se trata de hacer en estas breves consideraciones una exégesis de la Encíclica que, por otra parte, por su importancia será objeto de numerosos comentarios, sino simplemente de apuntar a vuela pluma y a riesgo de error, un rasgo global de la misma.
Hay un punto de inflexión: aquellos que viven en la irracionalidad de un pensamiento que no otorga valor a la creencia y que ven en la Iglesia un residuo del pasado tienen que hacer un resset en su disco duro porque sino les va a ser difícil entender el papel de la Iglesia católica en este siglo. Les va a ser difícil a aquellos que todavía la ven como un valladar de un occidente beligerante con el resto del mundo. También a los que la confunden con una ideología económica. Y, sobre todo, a los que les cuesta ver esta necesaria perspectiva global hacia la que a trancas y barrancas avanza la humanidad. No se trata de postular un utópico gobierno universal sino de asumir con plenitud que la globalización para ser buena necesita unos determinados niveles de gobernación a la misma escala.
En el fondo, el discurso oficial y más o menos tópico de la UE, de Obama, de todos los países del mundo, debería verse satisfecho con la perspectiva que aporta el Papa, donde no queda espacio para las ambiciones hegemónicas.
Sería un error confundir a través de los resúmenes de prensa la Encíclica con un conjunto de recetas. Nunca los documentos del Magisterio de la Iglesia lo son, y todavía menos en el caso de Benedicto XVI, sin duda uno de los más grandes teólogos de nuestro tiempo. De ahí que la Encíclica esté preñada de retos para las gentes de buena voluntad y, específicamente, para los cristianos. Retos a como dar respuesta a los fines que plantea, a los objetivos que señala, en el bien entendido, “que la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y de ninguna manera se mezcla en las políticas de los Estados”.

Es, por consiguiente, tarea de los católicos insertos en cada una de las sociedades de nuestro mundo transformar aquellos planteamientos en programas y proyectos concretos. Porque ésta es una cuestión importante, la Iglesia no es un proyecto político ni puede quedar reducida a una propuesta de esta naturaleza, y al tiempo todos los católicos están obligados a aplicar, en lopersonal y en su participación individual y colectiva en la vida pública, medidas propuestastécnicamente solventescoherentes con los contenidos de aquel Magisterio. Ni descalificación ni moralismo global, ni aceptación sin más del mercado como única regla posible.

Todo ello sin perder de vista el punto clave de todo el planteamiento: “el amor lleno de verdad, Caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo no es el resultado de nuestro esfuerzo, sino de un don”. El don que nos otorga Dios, Logos y Amor que se hace visible y comprensible en la persona de Jesucristo, en la Encarnación que así se constituye en clave de la humanidad, de la historia humana. Leer la Encíclica significa partir de este implícito, evidente para los creyentes, e hipótesis más o menos esforzada para aquellos que no lo son, pero que quieren examinar los hechos desde la objetividad sin descartar de entrada y por razones ideológicas ninguna premisa.
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