Una objeción frecuente a la existencia de Dios

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Si llegamos a la conclusión, con la razón y el corazón, de que Dios existe, para contestar al problema de la existencia del mal lo haremos con la razón y también con argumentos tomados de la fe católica.

Hagamos un breve apunte basado en la razón: cuando afirmamos que Dios no es bueno es porque pensamos "yo no habría permitido esto", e implícitamente pensamos que nosotros somos mejores que Dios. Ahora bien, ¿de dónde nos vendría nuestra bondad? ya que no somos nosotros la causa de nuestra existencia, nuestro ser nos viene de nuestros padres y en última instancia de Dios, y ¿cómo puede ser que nosotros seamos mejores que quien es nuestro origen y causa última? Pero, si nuestra bondad viene de Dios, vemos pues que es un contrasentido lógico afirmar que Dios no es tan bueno como nosotros. Y si nuestra bondad viene de Dios, Dios nos debe superar en bondad (nos supera infinitamente, ya que Él es el Único Bueno). Partiendo de esto nos toca entender en cuanto podemos la existencia del mal.

En cierto sentido, el mal, en cuanto entidad real, no tiene existencia, sino que es un concepto negativo, la ausencia de bien, la carencia de ser. Sirva para hacerlo gráfico un coloquio que tuvo lugar en una clase, entre un profesor poco creyente y sus alumnos:

Preguntó dicho profesor a sus alumnos: “¿Dios creó todo?” –Sí, respondieron los alumnos. Continuó el profesor: “¿Existe el mal?” Los alumnos respondieron: -Sí. “Luego Dios creó el mal” acabó triunfante el profesor, y prosiguió: “Luego o Dios no es bueno o no existe Dios” – Entonces un alumno pidió la palabra y preguntó al profesor: – ¿Existe el frío? El profesor respondió “Naturalmente, todos sabemos lo que es el frío”. El alumno repuso – No, señor, el frío es un nombre que damos a la falta de calor, lo que existe es la energía en su forma de calor. – Volvió a preguntar el alumno: -¿Existe la oscuridad? – El profesor contestó: “Sí, todos tenemos experiencia de ello” El alumno respondió: – No señor, la oscuridad no existe, es un nombre que damos a la ausencia de luz. – Pues bien el mal, prosiguió el alumno, no existe, es un nombre que damos, a la ausencia de Dios[1]. (Añadamos que esta ausencia no se debe a que Dios quiera estar ausente, sino a la libre voluntad del hombre, que rechaza a Dios, el cual respeta la libertad del ser humano y no impone su presencia).

Ahora bien, alguno podría preguntar: ¿por qué Dios nos hizo libres, nos dio libertad incluso para rechazarlo? Es que el amor no puede existir sin libertad, nadie puede amar a la fuerza, y Dios nos ofrece pues, con la libertad, la posibilidad de amar, la imitación de Sí mismo, de divinizarnos, de alcanzar el Cielo. Aunque nuestra libertad supone la posibilidad de un uso desviado de la misma: la posibilidad del mal moral, una de cuyas consecuencias es también el mal físico. Pero la luz, la libertad, es buena, aunque exista su ausencia, la oscuridad, el pecado, el mal.

De este modo, Dios, que es infinitamente poderoso e infinitamente bueno, nos ha creado por bondad libres, con una voluntad no sujeta y es absolutamente respetuoso con esta libertad creada y querida por Él; de modo que podemos decir que su omnipotencia se ve como limitada, voluntariamente limitada, por lo que decidan libremente los hombres. Ahora bien, los hombres a veces deciden cosas malas, los hombres a veces pecan, se rebelan contra el amor, contra el bien, contra la verdad, contra Dios. He aquí el origen de todos los males, de todo mal: el uso de la libertad para hacer cosas malas.

Otra observación es que algunos ateos dicen que no creen en Dios porque les parece inconcebible que permita el mal. Pero es que la noción de mal que tienen depende en gran parte de su mismo ateísmo. Nos explicamos: Por ejemplo, algunos alegan el sufrimiento de los niños inocentes, como un mal que no se puede tolerar. La fe católica no elude el problema, sino que le da una nueva perspectiva. Así, por ejemplo, muchos niños inocentes, los Santos Inocentes, fueron asesinados por Herodes poco después del nacimiento de Cristo, como nos relatan los evangelios. Pero les llamamos los santos inocentes porque creemos que están en el Cielo, es decir en una felicidad perfecta y eterna. Visto así, el breve mal que sufrieron, y brevísima es toda vida terrena comparada con la eternidad, les valió una corona de gloria eterna y sin comparación. El mayor mal de este mundo al que suceda la eterna bienaventuranza tiene el peso de una brizna de paja.

Muchos ateos afirman no poder aceptar el mal, el sufrimiento, de la vida presente porque ni siquiera se les pasa por la cabeza que haya una vida futura y eterna.



[1] Escuchado de boca de un joven en Agosto de 2007, en Radio María (de España). Según este joven, el alumno que respondió al profesor incrédulo era Albert Einstein, uno de los genios de la Física Moderna.

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