Unidad de vida

Cada uno de nosotros somos uno, no dos ni tres. No se sostiene, por tanto, la pretensión de algunos políticos e ideólogos de que lo que se desprende d…

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Cada uno de nosotros somos uno, no dos ni tres. No se sostiene, por tanto, la pretensión de algunos políticos e ideólogos de que lo que se desprende de las convicciones religiosas debe quedar relegado al ámbito de lo estrictamente privado.

Así, dicen ellos, seríamos cristianos en nuestro fuero interno, incluso en familia, pero cuando nos encontramos en el mundo laboral, en el mercantil, y sobre todo en el político, debiéramos dejar de lado eso que se desprende de la fe, la esperanza y el amor, en la vivencia de Jesucristo, en suma, para limitarnos a ser buenos ciudadanos respetuosos con la legalidad vigente: la incoherencia como forma de conducta, en suma. Viendo las cosas de esa manera, podríamos ser creyentes en privado, o incluso en familia, pero no llevar nuestro compromiso cristiano a nuestra vida en el mundo, y sobre todo, ¡vade retro, Satanás!, a la vida política, porque llevaríamos a ésas nuestras actuaciones mundanas lo que, por naturaleza, dicen ellos, es estrictamente privado.

Sucede, sin embargo, que si Jesús era una ‘Persona’, la segunda de la Trinidad, sobre la base de dos naturalezas, la divina y la humana, cada uno de nosotros somos una ‘persona’, sobre la base de una sola naturaleza. Y si Jesús nos dio ejemplo de coherencia, siendo enteramente uno de nosotros, menos en el pecado, y llevando su coherencia ‘hasta la muerte, ¡y una muerte de cruz!, para cada uno de nosotros es incompatible ser, como somos, una persona, y vivir como dos o como tres, tener dos o tres conciencias. No es coherente con la naturaleza humana ser religioso en la vida íntima, moral en la de familia, relativamente moral en la vida de trabajo y relaciones humanas, y amoral en la vida política. No es coherente como seres humanos, y es inmoral como cristianos.

La unidad de vida es esencial para consolidarse como ser humano. Quien actúa en la vida pública, como político, como empresario, como trabajador, como miembro de una asociación, o como ciudadano de a pie, sólo puede ser fiel a si mismo siendo él mismo en todas sus actividades. En la conciencia humana no hay noche donde ocultar actos que de día se considerarían indignos. Si esa conciencia es cristiana, no le es posible serlo solamente para algunas de sus acciones, las privadas y de los domingos, y no para las otras. No es posible, pues, ser solamente cristiano practicante: simplemente porque no sería humano. Quien siendo católico, sólo es practicante, no vive como católico, porque no tiene unidad de vida. Solamente aquél cristiano para quien lo que llamamos práctica religiosa es compendio de su vida diaria, y base de lanzamiento para la que le espera en todos los ámbitos y momentos, es coherente consigo mismo y con su fe, y sienta las bases para colaborar en la construcción activa de la sociedad y de la propia vida democrática.

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