Uniones homosexuales en Italia, una reflexión necesaria

La ley aprobada en Italia sobre las uniones homosexuales despertaría en España un franco rechazo. La criticarían por discriminar a los homosexuales, no solo porque no es un matrimonio, ni de lejos, sino porque no autoriza la adopción, y para marcar más las diferencias, elimina el compromiso de fidelidad que rige en el matrimonio. No deja de ser irónico que los mismos que defendían tanta supresión en el matrimonio heterosexual o su sustitución por el concepto de lealtad, lo exijan ahora para la unión homosexual, algo que de tomarse en serio, daría al traste con la mayoría de uniones, especialmente entre gais.

Desde aquel punto de vista, la ley sería un tema menor, al menos en el contexto político europeo. Pero hay una serie de factores que invitan a una reflexión más atenta. Se trata del método, momento y exhibición de fuerza adoptada por Renzi para su aprobación. Contaba con la mayoría necesaria para aprobarla, pero ha buscado un resultado abrumador y por ello, en vez de recurrir a una votación normal, ha aplicado la moción de confianza. “O me aprobáis la ley o dimito”. La ostentación ha seguido a la prepotencia. Su mensaje personal en su Facebock, de tintes grandilocuentes, abunda en la idea de que contempla el hecho como un arma electoral, lo que nos conduce al otoño cuando el primer ministro italiano se la juega en el referéndum que ha convocado para aprobar una serie de reformas constitucionales: o lo gana o se va a casa.

La cuestión es esta: ¿Por qué Renzi ha optado por el exhibicionismo en lugar de una aprobación discreta? Su proceder, además de la ley en sí, ha indignado a la Conferencia Episcopal Italiana, y ha sentado muy mal en el Vaticano. El hecho, deliberado o no, del Papa de recibir al candidato a la alcaldía de Roma, que se opone a la ley, y ya ha anunciado que no habrá bodas de este tipo, es un gesto. El movimiento opositor a la nueva norma, ya anuncia una campaña para castigar a Renzi, negándose a las reformas.

Todo esto y más era previsible, y Renzi que es un fino seguidor del maquiavelismo borgiano, de veneno y puñal, que ya aplicó metafóricamente para liquidar a su correligionario y buen primer ministro, Letta, debe saber que la reacción negativa se iba a producir. Entonces ¿por qué se ha complicado la vida?

Solo se nos ocurre una respuesta: porque cree que este conflicto le da votos en lugar de restarle, porque el grueso de la sociedad italiana está con él y no con su Iglesia, ni con el Vaticano. Es una mera hipótesis, puede estar equivocada, pero las razones para formularla son de peso. Un profesional tan ambicioso y sin manías como Renzi no se la juega si no piensa obtener el premio gordo

Y esta hipótesis da pie a formular una conclusión, que está avalada por hacemos mucho más consistentes y generalizados. La Iglesia en Europa ha perdido la “batalla” cultural.  Solo hace que retroceder. Pablo VI lo intuyó y sufrió con ello, Juan Pablo II fue la gran respuesta filosófica y popular, y Benedicto XVI su continuidad más teológica e intelectual. No estamos seguros de la continuidad del empeño, ni de que el olvido de la especificidad europea; es decir, la carencia de marcos de referencia que hagan posible entender que lo que hace la Iglesia, aunque sea muy humano y bueno, como testimonio de la buena nueva y llamada al seguimiento de Jesucristo, sea comprendido, en lugar de ser interpretado con los balances que miden a las ONG’S, con el inconveniente, que esta, la Iglesia, además dice cosas “raras” que no deben escucharse (¿y por ello quizás no deban decirse?).

No solo eso. Si la Iglesia es guardiana de la ley natural para salvaguarda de la humanidad, hay que advertir que situación es crítica en Europa. De hecho, en demasiados países ya no existen cauces políticos por los que circule una presentación razonable de este proyecto.

Y el tema no tiene nada de menor porque expresa el gran combate de la humanidad: o existe un orden natural, y la tarea del ser humano es buscarlo y propiciarlo, o bien el hombre es el inventor de sí mismo y puede hacer lo que quiera, sin otros límites que lo que en cada momento, la fuerza o el procedimiento, decida. Lo que está en puertas, no es otra cosa que lo posthumano, y la Iglesia no parece estar en condiciones de afrontarlo, porque el proyecto cultural que aporte una respuesta integral, no aparece expresado con la suficiente claridad y fuerza.  Por eso, la ley italiana, como signo en una condiciones muy concretas, teóricamente de las más favorables a la Iglesia que se pueda encontrar en Europa, tiene mucha más importancia que su magro contenido. Es signo de su debilidad y de su desasistencia en el ámbito de las instituciones públicas, precisamente las que son decisivas para el bien común.

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