Universidad y servilismo

La universidad, como instancia autónoma que es, debe preservar su singularidad y no dejarse subyugar ni por las Administraciones, ni por los intereses…

La universidad, como instancia autónoma que es, debe preservar su singularidad y no dejarse subyugar ni por las Administraciones, ni por los intereses de mercado. Debe subsistir como instancia libre, capaz de fomentar el pensamiento libre y crítico y de ofrecer ideas de futuro a la sociedad.

En nuestra sociedad, el mundo empresarial se ha convertido en el interlocutor principal de la universidad y pesca a sus anchas en ella. El mercado de trabajo le impone a la universidad requisitos; le impone pruebas; pero, sobre todo, le impone mucho respeto.

Así las empresas se pueden permitir hoy el tratar con inmerecida dureza a los graduados que acuden en ellas en busca de empleo: rara vez les notifican el resultado de las pruebas, que les hacen perder autoestima, pues la preparación cultural suele contar poco frente a otras destrezas requeridas.

Con suerte, el graduado universitario se encontrará finalmente admitido al subempleo, realizando una actividad que supone cierta disminución humana con respecto a los baremos intelectuales que manejaba en la facultad.

Es muy frustrante para un titulado universitario constatar que no puede convertir en profesión su vocación intelectual, pero ello se debe, en parte, a una pésima planificación del sistema universitario y de las demandas de futuro.

No parece ser hoy la universidad un lugar propicio para el desarrollo del pensamiento o de la consideración del ser humano en su dimensión integral, en sus perspectivas menos prácticas. Sólo una minoría desarrolla disciplinas como la filosofía o las humanidades.

Todo lo cual induce a un círculo vicioso: hay tareas culturales que difícilmente encontrarán un hueco en el sector público o privado, fuera de la estricta docencia; pero son ellas, aportando una riqueza que supera lo material y le da calidad humana a una sociedad próspera, las que nuestra sociedad, focalizada en lo comercial, no solicita.

Al no existir la demanda, la universidad acabará por no ofrecerlas, frustrando así las aspiraciones culturales de nivel superior que sólo ella estaría en grado de atender. Evidentemente esto tiene una repercusión en la consideración del hecho religioso por parte de los universitarios.

En una cultura de brocha gorda, centrada en la producción y el consumo y en el ocio entendido como consumo, no hay espacio para los matices que despiertan la inquietud espiritual. Así estamos.

Así como Europa no puede reducirse al mercado, tampoco la universidad, aun teniendo que insertarse en el tejido social y económico, puede someterse a sus exigencias, so pena de perder su propia identidad, que sigue siendo principalmente cultural.

La universidad es como un laboratorio cultural, debe ser una opción prioritaria que en ella se lleve a cabo un diálogo constructivo entre fe y cultura, filosofía, ética y ciencia. Esta tarea es vital de necesidad.

Evidentemente que la rentabilidad y la eficacia tienen que ser valores a considerar en la institución universitaria, pero no pueden ser los únicos focos a tener en cuenta en la toma de decisiones.

La universidad no puede estar sujeta únicamente a las leyes de la oferta y de la demanda. Debe poder ofrecer conocimientos, pensamientos, ideas y saberes aunque, a priori, no tengan ninguna utilidad inmediata.

El reto de las humanidades es muy serio. La crisis que están experimentando es de gran calado y de muy difícil resolución. Las empresas requieren de personas tecnológicamente capaces, hábiles para moverse en entorno líquidos. El gusto estético, el matiz en el pensar y la sensibilidad artística no van muy cotizados en nuestro entorno laboral.

Malos tiempos para las humanidades.

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