Universidad y vida espiritual

Las paradojas y transformaciones de la vida social afectan a todas sus esferas e instituciones y, como no puede ser de otra manera, también afe…

Las paradojas y transformaciones de la vida social afectan a todas sus esferas e instituciones y, como no puede ser de otra manera, también afectan a la universidad. La celeridad de los cambios económicos, axiológicos, religiosos, culturales que padece nuestra sociedad no deja indemne a la universidad que, como tantas otras instituciones, busca su lugar y su razón de ser en un mundo cambiante.

Uno de los problemas más serios que se presenta en la actualidad reside en aclarar la misión de la universidad, su lugar en el tejido social y su vínculo con el Estado.

No se trata de una cuestión nueva. Ya Ortega y Gasset dedicó sesudas reflexiones a esta temática y, antes que él, don Miguel de Unamuno, pero el tema reaparece, de nuevo, motivado por las metamorfosis de la vida social.

A nuestro juicio, la misión de la universidad es, por un lado, un servicio que tiene que fomentar cada vez más un saber libre, y alimentar progresivamente un saber creador. La universidad parte de los conocimientos de la mejor tradición para facilitar e invitar el surgimiento de lo nuevo. En la universidad tanto profesores como alumnos deberían tener como única misión la de aprender la verdad.

Junto a este principio, la universidad ha de procurar formar a través de la enseñanza no sólo a competentes profesionales, sino sobre todo personas responsables éticamente y capaces de responder a los problemas del hombre de su tiempo, así como ser conciencia crítica del momento histórico.

Para aprehender la verdad no vale sólo la transmisión de meros conocimientos y habilidades, se necesita y se exige formación espiritual.

Cuando aludimos a la expresión “formación espiritual” no pretendemos resucitar antiguos mecanismos de manipulación ideológica que se desarrollaron durante la dictadura, sino intentamos recuperar su sentido más originario. Se trata de formar espíritus sensibles, curiosos, apasionados por la verdad y por descifrar el sentido de la realidad.

A nuestro juicio, la universidad no es únicamente el lugar en el que los jóvenes se preparan para ganarse la vida, sino el lugar supremo y adecuado de la educación moral, donde se fomenta lo mejor de cada uno al servicio de la vida. La universidad está al servicio de la sociedad, pero no debe convertirse en la sirvienta de los flujos del mercado y, menos aún, en el brazo del poder político vigente.

La función de la universidad consiste en crear cultura ética, teniendo siempre muy presente, como dice Max Scheler, que no es una iglesia, ni una orden, ni un misterio, ni un campo para la actividad de profetas y apóstoles, sino que su principio consiste en proporcionar en el campo espiritual todos los instrumentos y posibilidades para ser centro de pensamiento independiente y, como tal, centro de crítica.

A tenor de lo dicho, la función de la universidad se concreta en una triple dimensión: investigación, enseñanza para las profesiones especiales y formación. Para poder llegar a cabo su cometido, se exige a profesores y alumnos dedicación y entrega al saber. Así, al alumno se le debería pedir olvido de todo lo que le pudiera distraer, como es la obsesión por lo utilitario y lo pragmático.

Lo ideal sería que considerará sus estudios como un trabajo al que tendría que supeditar cualquier ocupación. Esto no es ni supone abstracción, ni falta de relación con el mundo, ni con la sociedad, ni con el mundo del trabajo.

El problema surge cuando la universidad real, ésa a la que de verdad aspiramos, tiene que enfrentarse a la irreal, pero existente e innegable, es decir, a una universidad que bajo la presión de las circunstancias ya no es más una universitas sino una suma de facultades especializadas.

La universidad real ha de habérselas con directrices absurdas, con problemas de contratación, con pobres instalaciones, con raquíticas financiaciones que provocan que cualquiera que organice algo emprenda todo un maratón en busca de dinero o se haga un experto en rellenar toda clase de formularios, con reformas ininterrumpidas por parte de los distintos gobiernos del ramo, profesores multifuncionales que preparan clases, enseñan, corrigen trabajos, desarrollan tutorías, participan en reuniones, elaboran planes de estudio, dirigen tesis, investigan, publican.

La burocracia compite con la enseñanza y la investigación de la universidad real, sin que exista mucho tiempo para la reflexión.

Junto a ello, la universidad irreal realiza exámenes que potencian al mediocre ilustrado, imparte asignaturas con conocimientos estancos, elabora leyes, decretos, reglamento, planes de estudios, auspiciados por intereses ajenos a los que verdaderamente es la misión de la universidad.

A pesar de sus defectos y de no ser el lugar más idóneo para el desarrollo de la vida espiritual, la universidad es la savia y el cerebro de la sociedad, es la clave para la vida espiritual.

A pesar de estar achacosa y pedir como Antístenes que la liberen de sus dolores, a lo cual algunos le muestran como terapia una daga, nosotros respondemos, como él: he dicho que me liberen de mis dolores, no de mi vida. El futuro, como apunta Karl Jaspers, reside en la renovación y en actualización del espíritu originario.

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