Uno de cada seis seres humanos no tiene agua potable

“Las injusticias de hoy son las guerras de mañana”. Este mensaje difundido por Manos Unidas durante el trienio 2001-2003 encuentra un referente incues…

“Las injusticias de hoy son las guerras de mañana”. Este mensaje difundido por Manos Unidas durante el trienio 2001-2003 encuentra un referente incuestionable en el agua. Cuando acabamos de iniciar el siglo XXI, 1.100 millones de personas, uno de cada seis habitantes de la Tierra, no tienen acceso al agua potable. “El agua dulce es un recurso finito y vulnerable, esencial para sostener la vida, el desarrollo y el medio ambiente”, decía una declaración de la Conferencia Internacional sobre el Agua y el Medio Ambiente organizada por la ONU en 1992. Las Naciones Unidas afirman que la Tierra se enfrenta a una “grave crisis del agua de la cual se deriva el impacto negativo que esta realidad produce en la vida cotidiana de los países más pobres, que sufren el efecto de las enfermedades relacionadas con su carencia por el hecho de vivir en entornos degradados. El denominado Séptimo Objetivo del Milenio, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, pretende que en 2015 el porcentaje de personas sin acceso al agua potable quede reducido a la mitad. Cuando sólo quedan 11 años para el horizonte que debería ser de la esperanza, esta terrible injusticia, teniendo en cuenta que estamos hablando de un recurso imprescindible para la vida, no ve el final del túnel. La celebración del Día Mundial del Agua, el pasado 22 de marzo, sirvió para que muchas organizaciones no gubernamentales intensificaran su denuncia ante una situación ciertamente impactante.

 

La mayoría de los 1.100 millones de personas que no tienen agua potable viven en Asia y África, un continente éste donde, además, padecen la carencia 2 de cada 5 habitantes. Pero esto no es todo: Entre el mundo “privilegiado” que tiene al alcance el líquido elemento en condiciones mínimanente dignas, un 20 por ciento de los niños y niñas tienen que andar kilómetros para obtenerlo. El agua, por otro lado, no es sólo la que tenemos para beber o limpiarnos, sino también la que tenemos que sacar sucia de nuestros circuitos de consumo. En todo el mundo, hay 2.400 millones de personas que no tienen los mínimos recursos sanitarios y más de 3.000 millones carecen de sistemas de tratamiento para las aguas fecales. Por ejemplo, en el año 2002, 1,7 millones de muertos (un 90 por ciento niños) se atribuyeron a la falta de acceso al agua para el consumo, a los servicios de saneamiento y a la higiene.

 

Otro problema que nos afecta actualmente es la tendencia mundial a vivir en las ciudades. Esto hace que un gran número de personas subsista hacinada en asentamientos de barrios periféricos, donde el acceso al agua potable y a los servicios de saneamiento continúa siendo muy lento. Es una de las caras más visibles de lo que ya se denomina “crisis del agua con graves efectos sobre el entorno natural”. Si añadimos a esta realidad que sólo el 2,53 por ciento del agua del mundo es dulce y que dos tercios del total están inmovilizados en glaciares dentro de nieves perpetuas, la amenaza se convierte en mucho más seria. En estos momentos, hay en la Tierra unos 12.000 kilómetros cúbicos de agua contaminada, cifra que podría subir a 18.000 en el año 2050 si se mantienen los actuales niveles de polución. También preocupa que una tercera parte de la superficie del planeta esté amenazada por la desertización, una realidad que ya afecta a más de 250 millones de seres humanos.

 

El “derecho público” de acceder a un “bien común”

 

En un comunicado hecho público con motivo del Día Mundial del Agua, Manos Unidas denunciaba, además de los datos que acabamos de recordar, que el 90 por ciento de todos los desastres naturales se relacionan con el agua, bien con la escasez (sequía) o bien con el exceso (inundaciones, deslizamientos de tierra, ciclones, huracanes o tifones). Por eso la organización católica para el desarrollo, que promueve desde hace más de 40 años proyectos para paliar las injusticias relacionadas con el agua, “exhorta a las instituciones y a los organismos nacionales y supranacionales a asumir y cumplir los Objetivos del Milenio y a defender la consideración del agua como un bien común y el acceso a este recurso natural básico, como un derecho público”.

 

La vinculación entre injusticias presentes y guerras futuras interpela a todo el mundo. No es casualidad que el Pentágono, el Departamento de defensa de Estados Unidos, haya elaborado recientemente un informe que avisa seriamente sobre los efectos del calentamiento global del planeta y asegura que, si no se pone remedio a la situación actual “durante los próximos 20 años”, habrá “guerras por el control del agua y de los recursos naturales”. Incluso dice que la amenaza es tan grave como la del terrorismo. Con el título Un escenario de cambio climático abrupto y sus implicaciones para la seguridad de Estados Unidos, el escrito concluye que “el caos y el conflicto serán condiciones endémicas de la vida… Una vez más, la guerra definirá la vida humana”.

 

No podemos ignorar tampoco otro dato, en este caso aportada por CANAL SOLIDARIO CATALUÑA: El 80 por ciento de las enfermedades que afectan a la población de países en desarrollo se debe al consumo de agua no potable. Y situaciones de este tipo son habituales, por ejemplo, durante las 72 horas posteriores a una emergencia provocada por un desastre natural o una matanza terrorista. Según la ONG Acción contra el Hambre, “el acceso al agua se convierte en una prioridad crucial en momentos así”. Pero la eficacia de estas ayudas de emergencia no es suficiente. Las entidades solidarias coinciden a la hora de reclamar a los gobiernos que inviertan en prevención y desarrollen programas eficaces de preparación de desastres. “El problema no es el desastre natural en sí, sino la inexistencia de la política preventiva”, añade también Acción contra el Hambre.

 

Esperanza

 

Las ONG constituyen la llama de esperanza más importante. Además de dar ayuda en momentos puntuales graves, muchas entidades están haciendo realidad proyectos de desarrollo centrados en la cuestión del agua y la prevención. Es el caso de la Fundación Intervida, que en 2003 facilitó el acceso al agua potable a 15.000 personas en El Salvador y Guatemala. Estas comunidades, gracias a la construcción y rehabilitación de infraestructuras de potabilización y canalización de agua, han visto reducidos los casos de enfermedades diarreicas, que son la principal causa de muerte en niños y niñas menores de 5 años en todo el mundo, según la UNICEF.

 

Para que dejen de morir personas a causa del agua, para repartir mejor este recurso natural básico y para afrontar bien los desastres en los que este líquido es protagonista, la humanidad tiene que responder con una obra de misericordia (“dar de beber al sediento”) pero, más allá de cualquier creencia, tiene que defender la justicia, básica para la paz junto con el perdón, como ha recordado reiteradamente el Papa Juan Pablo II. Y esta justicia quiere decir necesariamente asegurar el acceso universal al agua potable, con todo el que esto conlleva de prevención, defensa del medio ambiente, reducción de la contaminación y construcción de unas infraestructuras que garanticen un reparto justo.

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