Utopías hacia la decepción

Ninguno pasará hambre, no habrá enfermedades, reinará una paz universal…Pero, eso sí, sin Dios: el hombre, llegado a su …

Ninguno pasará hambre, no habrá enfermedades, reinará una paz universal…Pero, eso sí, sin Dios: el hombre, llegado a su mayoría de edad, será el nuevo dios.

Y hemos visto, a lo largo del siglo XX, que han parado las utopías sin Dios: genocidios, tortura científica, miseria general… Esto es lo que produjo la utopía del comunismo ateo, que prometía para la humanidad frutos de increíble felicidad, nacidos por extraño que parezca, de semillas inhumanas, de medios perversos. Este verdadero opio del pueblo fue hace poco expulsado en Europa del poder por la misma población que decía beneficiar.

Pero el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, dice el adagio. Y hete aquí que nuevos profetas de ensoñaciones varias predican nuevas utopías en que nuevamente el hombre es asimilado a un dios laico, que orillarían toda religión, toda dependencia de Dios que, en su ignorante soberbia, se les antoja humillante, cuando, en realidad, es la base de su dignidad y felicidad.

“Poner orden en el mundo por nosotros solos, sin Dios, contar sólo con nuestra capacidad, reconocer como verdadera sólo la realidad política y material y dejar a un lado a Dios, como si de una ilusión se tratara, es la tentación que nos amenaza en múltiples formas” (Página 50 de “Gesù di Nazaret”, 4ª ed. 2007, Joseph Ratzinger –B. XVI).

Y cuando se buscan idolátricamente los bienes materiales sin Dios, en lugar de Dios, aparte de la terrible ausencia de amor y de bondad, ausencia de Dios, tampoco se logra ni siquiera el bien material como nos ejemplifica el “fracaso de la experiencia marxista” (Ibidem, pp. 54-56).

Pero, no es la única experiencia negativa de una misma actitud de fondo. También el actual Papa, en su libro, empezado cuando era aún cardenal Ratzinger, nos relata el fracaso de la ayuda al Tercer Mundo con criterios tecnicistas y materialistas y con olvido de la cultura espiritual de los países pobres, que “creyendo poder transformar las piedras en panes, ha proporcionado (en cambio) piedras en lugar de panes”. (Ibidem, p. 56). ¿A quién no se le ocurre, por ejemplo, que prescindir de Dios y de la ley moral multiplicará la corrupción y hará que peligre el que la ayuda llegue al que la necesita?

Y diversas teorías y prácticas del mundo occidental son una expresión de mitificación de una economía concebida como lo único importante en un marco de ateísmo práctico: de una entronización de la codicia y la avaricia, de la búsqueda del máximo beneficio a cualquier precio, prometiendo que esta búsqueda alocada traerá el máximo bienestar a todo el mundo: “persigue tu egoísmo y todo el mundo se beneficiará”, nos dice el credo liberal que eleva el vicio de la codicia y la avaricia a virtud pública.

Pero, sin embargo, ha sido la desaforada codicia de grandes y pequeños lo que está en el origen de la crisis económica actual. También la quiebra de confianza ante la generalizada deshonestidad del mundo de los negocios ha sido un detonante de esta crisis en que la desconfianza mutua se ha propagado como bola de nieve. Así el olvido de la moralidad lejos de convertir las piedras en panes, nos multiplica las piedras.

En cambio, leemos en el Evangelio: “buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Comenta el Papa cómo cuando la multiplicación de los panes y los peces la muchedumbre había olvidado proveerse de bienes por escuchar la palabra de Dios, y Dios proveyó, con medios extraordinarios, que tuvieran además de la palabra de Dios alimento para saciarse.

Además, aun suponiendo que las utopías vueltas de espaldas a Dios tuvieran éxito en su búsqueda del bienestar material ¿habrían acaso conseguido la felicidad del hombre? A ello respondía S. Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Y en un libro actual leemos: “Muchos hombre sueñan con un futuro extraordinario, lleno de paz y prosperidad, donde no habrá enfermedad, ni guerras, ni terrorismo, ni muertes. En ese mundo que algunos describen yo no veo al Señor, no percibo la fe ni atisbo la esperanza; y me pregunto, si falta lo esencial en la vida del hombre, que es amar a Dios sobre todas las cosas, ¿cómo podéis pensar que el día de mañana será para vosotros un mundo nuevo, lleno de felicidad, mucho mejor que el presente?” (…) “el pecado sólo engendra pecado, desolación y muerte”. (Páginas 430-431 “María, trono de la Sabiduría”, por “Consuelo”, Barcelona, 2000).

“Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles”: Si quisiéramos construir la ciudad del hombre a espaldas de la ciudad de Dios ni siquiera la ciudad terrenal se mantendrá. En cambio, si optamos por el diseño querido por Dios, no sólo la felicidad sobrenatural, la bendición divina, sino también la felicidad material del hombre se logra con creces. De semillas buenas nace un árbol lleno de frutos, de semillas de espinos (los falsos profetas se distinguen porque en sus promesas nunca dejan de recomendar medios perversos) nunca obtendremos árboles frutales, nunca una verdadera felicidad.

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