Valores emergentes (I): Difícil diagnóstico

No resulta nada fácil interpretar con el máximo grado de objetividad cuáles son los valores emergentes en nuestra sociedad actual…

No resulta nada fácil interpretar con el máximo grado de objetividad cuáles son los valores emergentes en nuestra sociedad actual. Además de las dificultades de orden técnico y metodológico que supone interpretar cualquier encuesta sobre valores, existen otros problemas de interpretación que queremos soslayar de entrada.
La primera dificultad radica en precisar cuáles son los valores reales que tienen las personas. No siempre coinciden los valores que decimos que tenemos con los valores que realmente vivimos, es decir, con los que realmente alimentan nuestras prácticas cotidianas, nuestras palabras y proyectos.
En muchas ocasiones, no parece oportuno confesar cuáles son los valores que realmente perseguimos a lo largo de nuestra vida, ya sea porque consideramos que no son políticamente incorrectos o simplemente porque constituye un tipo de valores muy minoritarios. En estos contextos, no resulta nada fácil exponer la propia pirámide axiológica, pues resulta muy árido y casi heroico situarse en el ámbito de lo marginal.
Además de lo dicho, puede detectarse otra dificultad. No siempre tenemos clara conciencia de los valores que articulan nuestra personalidad moral. La revelación de los propios valores ya supone, de entrada, una conciencia refleja, atenta y receptiva a la propia interioridad.
En muchos comportamientos personales y colectivos se persiguen fines u horizontes de sentidos de un modo inconsciente, implícito, sin una previa y debida reflexión crítica. De ahí que resulte tan difícil determinar qué valores vertebran nuestra vida personal y social. También podríamos engañarnos a nosotros mismos e intentar engañar a los otros.
Desde este punto de vista, cualquier encuesta sobre valores puede ofrecer grandes motivos para la sospecha, ya que donde los valores realmente afloran es en la manera de vivir y no en la respuesta a un cuestionario por bien articulado que esté.
En efecto, los valores se pueden comunicar a través del lenguaje verbal y de hecho uno puede afirmar que tiene como valor esencial en su vida la paz o la solidaridad o la justicia, pero donde realmente se expresa el cuerpo de valores que está en la entraña de una persona es en la praxis, en el modus operandi, en el tipo de relación que establece con los otros, consigo mismo y con el entorno natural y técnico.
Esto significa que sólo podemos captar verdaderamente los horizontes de sentido de una persona o de un colectivo si observamos sus prácticas, sus orientaciones en la vida cotidiana, sus movimientos y su modo de interaccionar con el entorno que le rodea. Como se puede comprobar a partir de lo dicho hasta aquí, eso complica, en extremo, la tarea de describir los valores, no sólo los valores emergentes, sino también los que están declive.
Existe otra dificultad, que es de tipo semántico. Existen muchos modos de formular una pregunta y no hay ninguna formulación que sea totalmente neutral. El modo como se articula la pregunta condiciona mucho la respuesta del encuestado y esto puede conducir a una serie de consideraciones que el encuestado jamás se hubiere planteado si no hubiere estado sujeto a aquélla pregunta. En muchas encuestas de valores detectamos preguntas que ya son orientadoras y que aportan una determinada carga valorativa.
Además, se pueden utilizar palabras que, por principio, ya tienen connotaciones negativas y que, como consecuencia de ello, el encuestado responde inmediatamente, sin sustraerse al peso negativo que tienen esas palabras. Esta situación es frecuente cuando se encuesta a los jóvenes en materia de religión.
En términos generales, existe una asociación de ideas entre la palabra religión y una constelación de términos negativos como adoctrinamiento, institución, jerarquía, manipulación, culpa, pecado, sacrificio que inducen al joven a situarse negativamente frente a este valor. Sin embargo, en su práctica cotidiana manifiesta conductas y hábitos de vida que, a priori, él mismo no calificaría de religiosos y, sin embargo, pertenecen al ámbito de los comportamientos religiosos.
Además de estas dificultades metodológicas, cabe decir que la interpretación que proponemos desarrollar aquí recoge, evidentemente, las tendencias generales, la expresión de las mayorías, pero ello tiene el peligro de olvidar a las minorías y de reducir de este modo la complejidad de posiciones morales que subsisten en el tejido social.
Partimos de la idea que la constelación de valores emergentes es mucho más compleja que su elaboración conceptual y, desde esta perspectiva, cualquier ensayo de interpretación -también éste-, tiene que ser leído de un modo aproximativo y con suma cautela.
Entendemos por valores emergentes, ese conjunto de horizontes de sentido que están experimentandoun fuerte crecimiento en el ámbito social. Algunos de estos valores emergentes no son, realmente, nuevos valores, sino una reelaboración de antiguos valores que ya existían en tiempos pretéritos, pero que son concebidos y vividos de otro modo, que inclusive se denominan con otras palabras, pero que expresan actitudes que podríamos hallar ya en tiempos pasados.
En nuestra sociedad, se detecta el eclipse de algunos valores tradicionales, como por ejemplo, los del círculo religioso institucional y los que atañen a la esfera patriótica, pero simultáneamente, se observa también la revelación de antiguos valores como, por ejemplo, el valor familia y la amistad que, con propiedad, no se pueden denominar valores emergentes, pero si valores patentes, porque después de un tiempo de crisis y descrédito del valor familia, reaparece de nuevo en el horizonte colectivo, aunque, eso sí, adoptando nuevas formas.
Se trata de indagar cual es el origen y la causa de esta ocultación y revelación, cual es la razón que explica que un determinado número de valores se olvide durante un cierto periplo de tiempo y que, posteriormente, vuelvan a emerger a la luz. Estos movimientos axiológicos no son casuales, ni fruto del azar, sino que responden a factores muy complejos.
Muy frecuentemente, nos damos cuenta del valor que tiene un valor (valga la redundancia) cuando carecemos de él. En este sentido, por ejemplo, uno se percata del valor salud cuando está enfermo o se percata del valor afecto cuando se encuentra solo y abandonado o, por ejemplo, se da cuenta del valor del dinero cuando carece de él y no puede satisfacer sus necesidades elementales.
En el análisis de los valores de la sociedad actual es muy fácil constatar un cierto sesgo apocalíptico y, en ocasiones, trágico. Desde determinados puntos de vista, la interpretación que se elabora de nuestro pulso moral como sociedad es muy negativo y se tiende, simplemente, a destacar el descrédito y la decadencia de determinadas actitudes tradicionales.
Con harta frecuencia, se tiende a un discurso romántico y nostálgico que mitifica un pasado que, en términos reales, nunca existió. Nuestra intención consiste, precisamente, en evitar caer en este sesgo apocalíptico. Intentaremos detectar lo bueno y valioso que subsiste en nuestro tejido social, pero sin caer en una apología acrítica del presente.
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