Valores emergentes (III): tolerancia y desvinculación

Un valor emergente en el conjunto de la sociedad actual es el de la tolerancia respecto a la diferencia. Vivimos en sociedad de tipo heterogéne…

Un valor emergente en el conjunto de la sociedad actual es el de la tolerancia respecto a la diferencia. Vivimos en sociedad de tipo heterogéneo, donde coexistimos ciudadanos con opciones vitales distintas.

La capacidad para aceptar la opción del otro como una opción legítima dentro del cuerpo social es lo que denominamos tolerancia y éste es un valor que ocupa un lugar muy relevante en la pirámide axiológica de nuestras sociedades mediterráneas.

Naturalmente que existen grupúsculos intolerantes y que se percibe prácticas intolerantes en el conjunto social, algunas de ellas magnificadas en los medios de comunicación audiovisual, pero, en términos generales, la tolerancia crece, especialmente en algunos ámbitos.

Los jóvenes, por ejemplo, aparecen más tolerantes que los adultos. Se han acostumbrado a vivir en la pluralidad y viven con cierta comodidad en este mundo, mientras que las generaciones mayores tienen más dificultades para situarse en una sociedad heterogenia porque proceden de un mundo globalmente homogéneo.

Con todo, esta tolerancia tampoco es de carácter universal, sino que es muy selectiva. Se tolera, por ejemplo, la homosexualidad con mucha más facilidad que el Islam. Entre los ciudadanos jóvenes, se toleran determinadas opciones políticas, pero otras son consideradas vergonzantes y se milita una cierta intolerancia para con ellas.

Se trata, pues, de una tolerancia selectiva. Tampoco se puede caracterizar como una tolerancia ilimitada. Todo lo contrario. Se percibe una tolerancia limitada, condicionada, lo que significa que no vivimos en una sociedad totalmente permisiva, contra lo que frecuentemente se afirma. No se tolera, por ejemplo, la guerra, la violencia de género o la explotación del otro.

En términos generales, los jóvenes respetan la diversidad de modos de vivir y de ejercer el oficio de ser hombre y de ser mujer y tienen un grado de permisividad muy elevado en las prácticas cotidianas y en las costumbres, pero no absoluto. Esta permisividad tiene un límite que es la violencia.

En algunos problemas bélicos de carácter internacional, esta tolerancia cero se ha expresado nítidamente. Los jóvenes rehúsan rotundamente la violencia como fuente de resolución de conflictos y apuestan por la cultura de la paz y del diálogo.

A menudo, se construyen audiovisualmente imágenes violentas de la juventud que no representan la totalidad, sino una parte mínima y radical de la misma.

En muchos análisis de la sociedad actual, se ha definido al ciudadano postmoderno como un sujeto hedonista que se mueve, esencialmente, por el impulso del placer, por la búsqueda del confort y del bienestar físico, psíquico y social. El bienestar se convierte, de este modo, en el horizonte de sentido, en lo que da valor a sus prácticas y, naturalmente, a sus esfuerzos.

No me parece correcto afirmar que el hedonismo constituye la dinámica fundamental de nuestras sociedades, aunque es posible detectar muchos ejemplos de ello, pero se observan también prácticas que no obedecen única y exclusivamente a la voluntad de placer, sino a otros fines.

No cabe duda de que vivimos en sociedades fragmentadas e individualistas, donde el individuo experimenta una profunda soledad y un desarraigo respecto a las colectividades. El colectivismo ha dado paso a un individualismo exagerado, donde cada sujeto se convierte en una individualidad que tiene como fin esencial realizar sus horizontes vitales.

Se detecta una grave crisis del sentido de pertenencia y se constata, de modo creciente, una fragmentación de orden social que afecta a todas las esferas: la educativa, la laboral, pero también la religiosa. Conciencia del yo, cuidado del yo, preocupación por lo propio: he aquí los rasgos de este individualismo que no significa negación del otro o indiferencia respecto a sus problemas, pero en él el otro ocupa un lugar secundario, no sólo él, sino cualquier colectividad.

Olvido del otro, del otro-hombre, como diría Emmanuel Levitas. En este sentido, vivimos en una cultura autocéntrica, donde el autos, el yo-mismo se convierte en el objeto central de reflexión y de ocupación. Pensar en el yo, vivir conforme al yo, desarrollar los planes del yo.

Esta cerrazón en el propio yo, esta tendencia a la opacidad plantea un desafío de primer orden a la ética que, por definición, es un movimiento de salida hacia al otro, de don, de movimiento heterocéntrico. Laexperiencia ética es, por definición, una experiencia de apertura al otro, de recepción de su sufrimiento, de respuesta a sus necesidades. En esencia, es responsabilidad. El sentido del nosotros palidece y la lógica del yo se impone.

En contextos universitarios es fácil constatar esta tendencia. Los educandos se conciben como individuos aislados que deben superar unas pruebas para acceder a la vida laboral. El sentido de colectividad, el valor del compromiso histórico de clase pierde su razón de ser y cada cual trata de resolver sus múltiples dificultades para alcanzar sus horizontes personales.

No hay, pues, una utopía compartida y, en el caso que la haya, tendría un carácter muy vago e impreciso y no se traduce en una praxis transformadora que implique a todos los agentes.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>