Valores emergentes (IV): presentismo y secularización

Los ciudadanos occidentales no tenemos una relación adecuada con el tiempo. Tampoco con el espacio. El pasado es olvidado con gran celeridad y …

Los ciudadanos occidentales no tenemos una relación adecuada con el tiempo. Tampoco con el espacio. El pasado es olvidado con gran celeridad y el futuro se presenta como algo incierto. Nos olvidamos muy rápidamente de lo ocurrido, porque la multiplicación de mensajes satura la mente del sujeto y consiguientemente no puede procesar todo lo que pasa.

Como consecuencia de ello, se produce una enorme dispersión de informaciones y se olvida rápidamente. La desmemoria es un rasgo típico de las sociedades ultramodernas, pero también lo es la visión negativa del futuro. La amenaza del terrorismo global, la inestabilidad de nuestro sistema-mundo, la desigualdad norte-sur, la fragilidad de la naturaleza, la contaminación del planeta y otros núcleos problemáticos de nuestro tiempo presente no nos permiten tener una visión positiva del futuro, sino más bien, incierta y, en ocasiones, negativa.

Se olvida el pasado y no se aborda el futuro colectivo, sino, a lo sumo, el futuro individual. En este sentido, el sujeto postmoderno planifica, pero a modo individual y dentro de lo que se denomina la razón instrumental, esto es, en la lógica de coste, beneficio y rentabilidad. Por lo tanto, no hay un completo olvido del futuro, ni un presentismo sin perspectiva, pero aún así es consciente de que lo único que tiene realmente es el presente y que el futuro es incierto. Como consecuencia de ello, trata de vivirlo con la máxima intensidad, buscando ese instante eterno, para decirlo al modo romántico, que justifique el hecho de haber nacido.

A menudo tiene una percepción negativa de su presente, porque se siente obligado a realizar actividades que debe realizar para poder subsistir. Siente el deseo de evadirse, de alejarse de ese presente y de configurarlo de otro modo. Para muchos, el trabajo es un modo de comprar un tiempo de goce, es un modo de invertir en instantes agradables. Esto significa que el sujeto postmoderno no es totalmente hedonista como con frecuencia se afirma, sino que es capaz de sacrificarse ahora y aquí para conseguir un tiempo de goce en un futuro inmediato. Vive a corto plazo y no desaprovecha la ocasión para gozar con la máxima intensidad de lo que se le ofrece en el presente.

Entre los valores que ocupan un lugar más irrelevante en la pirámide axiológica de nuestra sociedad globalmente considerada están los de la esfera política y religiosa. La misma palabra política tiene muchas connotaciones negativas, especialmente en contextos juveniles. Se detecta un claro escepticismo respecto a la figura del político y una visión muy negativa del ejercicio del poder. Lares publica, por lo general, no interesa y esto es particularmente grave desde el punto de vista colectivo.

Esta situación se produce en un contexto de desideologización y de ausencia de debate político. Se ha escrito que estamos instalados en un tiempo de indiferencia, que nos hallamos en una sociedad postpolítica, donde han desaparecido los debates y los antagonismos políticos. Este desprecio de lo político, sin embargo, no debe generalizarse a otras formas de participación ciudadana, como es el asociacionismo o el mundo del tercer sector.

El intenso proceso de secularización de las sociedades occidentales, la transformación de los hábitos y valores colectivos y la distancia abismal entre la institución religiosa y la sociedad civil explica, probablemente, el poco reconocimiento que tiene la esfera religiosa en la vida de muchos ciudadanos. La pérdida de credibilidad de las instituciones religiosas va en aumento. La institución religiosa fundamental que, en nuestro país, es la Iglesia Católica, es la que despierta menor confianza por parte de la ciudadanía.

En el plano de las creencias religiosas, se observa una clara tendencia a la individualización y privatización de la experiencia religiosa. Se detecta una progresiva pérdida del peso de la religión institucional y un aumento de la privatización de la religiosidad. He aquí un proceso común en toda la Europa occidental, tanto en el ámbito de la Iglesia Católica como Protestante. Como expresa atinadamente J. Kerkhofs, “la religión pertenece cada vez más a la creatividad autónoma del hombre”, “la religión se convierte en un terreno relativamente independiente de las iglesias que la estructuran”.

Por lo que respeta al mundo social más general, nos movemos en un contexto en el que los que gestionan la cura animarum ya no son prioritariamente los sacerdotes, sino los psicólogos o los asesores filosóficos que, últimamente, están experimentando un intenso crecimiento. Además, la cura de las almas se ha mezclado indisociablemente con el cuidado del cuerpo, con la consiguiente irrupción de sexólogos, terapeutas, dietistas, médicos, preparadores físicos…

Los predicadores más influyentes son ahora son ahora los publicistas. En este marco donde las nuevas formas de religión emergen con tanta fuerza, la tarea de seguir valorando la práctica religiosa desde criterios tradicionales no resulta nada eficaz. El sistema de creencias de las sociedades contemporáneas se está reestructurando y no puede afirmarse que la religión está en decadencia por el hecho de que determinados ritos y tradiciones ancestrales ya no se practiquen como antes.

Detectamos que, en términos generales, la palabra religión o el adjetivo religioso evocan elementos de carácter negativo en gran parte de la población, especialmente, en la más joven. Existe una rápida asociación entre ser religioso y pertenecer a la institución eclesial. Algunos jóvenes que participan en movimientos sincréticos de culto como los de la New Age, cuando son entrevistados, afirman que no tienen nada que ver con la religión. Parece que detrás del concepto se vea en seguida todo lo que remite al catolicismo y a la iglesia.

Quizás las palabras de Fernando Pessoa en El libro del desasosiego sean interesantes para captar el trasfondo de nuestro tiempo: “Soy hijo de un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes han perdido la fe en Dios por la misma razón que sus padres la habían tenido siempre: sin saber por qué”.

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