Valores emergentes (y V): postmaterialismo ecléctico

Según Inglehart, en nuestras sociedades occidentales se detecta la emergencia de valores de tipo postmaterialista donde se incluye, por ejemplo…

Según Inglehart, en nuestras sociedades occidentales se detecta la emergencia de valores de tipo postmaterialista donde se incluye, por ejemplo, la realización personal y el ocio.

Los ciudadanos postmaterialistas se mantienen por debajo de sus posibilidades de éxito económico porque estos colectivos dan poca importancia a los valores materialistas como los ingresos o la seguridad laboral y, en cambio, aprecian otros valores como la realización en el trabajo, el status o las relaciones personales.

Sin embargo, en nuestro entorno más inmediato, estos valores postmaterialistas entran en litigios con valores materialistas que también están muy presentes en la ciudadanía.

Observamos que las inquietudes postmaterialistas pasan a ocupar un segundo rango frente a la preeminencia clara de problemas de orden materialista como la estabilidad en el trabajo o la consecución de unos niveles salariales que permitan vivir una vida digna y emancipada.

Los valores postmaterialistas emergen en contextos de seguridad física y económica durante los años formativos. Este contexto no es precisamente el nuestro y ello explica porque la hipótesis de Inglehart no prospera en nuestro ámbito de vida.

Con todo, se constata ya una juventud saturada de materialismo, hastiada de una sociedad en la que sólo cuenta el que tiene y sólo es posible vivir consumiendo mucho más de lo que realmente necesitamos.

Se muestran rebeldes en este entorno materialista y buscan otro tipo de valores y horizontes que no son de carácter material: como el tiempo libre, la amistad, la meditación o el goce de la naturaleza. Algunos autores incluso hablan de la emergencia de un cierto franciscanismo light y naturalmente secularizado.

En términos generales, podemos caracterizar nuestra sociedad como una sociedad satisfecha, individualista, secularizada, con una fuerte dosis de pragmatismo, de permisividad y de tolerancia.

Los jóvenes de nuestra sociedad representan el cambio sin rupturas. Sería un poco ingenuo pensar que las nuevas generaciones practican una tabula rasa respecto al pasado y que renuevan totalmente el sistema de valores. Se percibe una continuidad, es decir, los jóvenes no rompen con las tendencias mayoritarias de la media de la población.

No cabe duda que una de las tareas más urgentes que debe plantearse la institución católica es la interpretación de estas nuevas formas de religiosidad que se detectan en la sociedad, pero, especialmente en la juventud.

Se puede hablar, con propiedad, de una crisis de la religión institucional, de sus prácticas y ritos, pero no por ello se debe afirmar que existe una pareja crisis de la religiosidad. Todo lo contrario.

La religiosidad actual se expresa en contextos y modalidades muy distintas de la pretérita, pero no por ello se debe despreciar. Si consideramos el punto de vista de los clásicos de la sociología de la religión, nos daremos cuenta que es necesario una labor de crítica de tópicos para captar lo más genuino de un fenómeno.

Georg Simmel constituye un ejemplo paradigmático de ello. Según este conocido sociólogo, lo más característico de lo religioso no es un sistema, con unos contenidos predeterminados e identificables, sino una disposición general aplicable en principio a cualquier objeto.

Se trata de un especie de pietas, de devoción, de donación, de vinculación profunda, que se puede experimentar relación a algo convencionalmente tenido por religioso, pero que, a menudo también se canaliza hacia otros territorios de la experiencia que, en principio, pueden parecer, muy lejanos.

Según Simmel, se puede detectar esta actitud en determinadas formas de vivir la identificación con una familia, una clase social o una patria… o en todos aquellos casos en los que se dé una identificación emocional muy intensa que pueda exigirnos todo tipo de sacrificios y renuncias.

En este sentido, podemos afirmar que hay religiosidad donde hay culto, con independencia del objeto específico de culto. Esto incluye, como es evidente, el culto a las divinidades, pero también el culto a la ciencia, al arte, a la música, al deporte, a la ideología política e, inclusive, al propio cuerpo.

Esta religiosidad emergente constituye un desafío de primer orden a la religión institucional. No puede prescindir de ella y menos aún caricaturizarla como algo vacuo, carente de interés.

Constituye un tipo de experiencia que, más allá de su apariencia superficial, expresa un latido y un deseo que es difícil de articular en palabras. El deseo de una vida serena, el deseo de vivir en paz o de sentido.

En cualquier caso es un deseo que forma parte inherente de la experiencia religiosa y que la institución religiosa debería ser capaz de auscultar, recoger y responder adecuadamente, a través de un lenguaje que sea realmente significativo para el ciudadano de hoy.

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