Vendrán por ti, por mi, por todos

Hoy se dice sin escándalo que el aborto no implica ningún problema, bajo el argumento de que la vida es una “convención soc…

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Hoy se dice sin escándalo que el aborto no implica ningún problema, bajo el argumento de que la vida es una “convención social” porque el ser humano sólo lo es cuando se relaciona con la sociedad. Una persona tan notoria como el politicólogo Sartori defiende por la misma razón que ni siquiera una vez nacidos ni durante los primeros meses de vida existe el ser humano. Entonces, por esta lógica ¿también es lícito matarlo a los pocos días de haber nacido? Y si la condición humana se fundamenta sólo con su capacidad relacional, cognitiva, todos los enfermos, discapacitados mentales, personas en coma, ¿tampoco son seres humanos?

Hay, por tanto, vidas humanas que merecen ser vivida y otras que no, según lo decidan unos terceros, y esta condición varía de un país a otro.

El sentido, el valor de la vida humana depende así de las fronteras, de las definiciones de terceras personas. La vida, eso que nuestras leyes civilizadas cantan como un absoluto intocable es, en realidad un “depende”, cuando permanece a vidas indignas de ser vividas.
Cuando un concepto admite tantas excepciones, interpretaciones, la alarma personal y social debería saltar, porque significa que el sentido de lo que es la vida humana ha perdido sus límites de respeto, y está quedando reducida a una pura convención, fruto de circunstancias y conveniencias, es decir, está en peligro. Y cuando comienza este proceso, la historia ya nos ha advertido cómo termina. Entonces todo depende de los intereses del poder. Primero fueron los enfermos mentales, los discapacitados, después los judíos, después los gitanos y los homosexuales, después los esclavos y al final pasaban por la piedra a todos los que les convenía.
Lo dijo mejor que Bertorlt Brecht, el hoy casi olvidado Blas de Otero: “Me llamarán, nos llamarán a todos. Tú, tú y yo, nos turnaremos en tornos de cristal, ante la muerte. Y te expondrán, nos expondremos todos a ser trizados ¡zas! por una bala. Si bien lo sabéis. Vendrán por ti, por ti, por mí, por todos. Y también por ti. (Aquí no se salva ni dios, loasesinaron)”.
Los fetos, los inmaduros, los eugenésicamente imperfectos como los niños down o con labio leporino, ya ahora –los mayores de 80, después-, los que se encuentran en coma, los tetraplégicos, los gordos, los fumadores, los enfermos crónicos, los grandes dependientes, después los suicidas. El círculo se estrecha en la medida que la vida se hace difícil. Y se hará. En la medida que la carga de los demás, los indefensos, no impida gozar de mejores comodidades.

¿Por qué pagarles una vida no nacida, o mal vivida, o ya realizada? Lo malo, recuérdalo es que todos, tú y tú llegareis a ese momento y, entonces, simplemente, te dejarán morir en tu casa o a la espera de una inacabable lista de urgencias, porque hoy, para los mayores de 80 años, un ataque al corazón ya no es una urgencia. Cuando se pierde el respeto a la vida humana, no a la persona, su plenitud, sino a la vida más frágil, el último límite que nos protege se ha caído.

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