Vicente Molina Foix o los “moderados” del mal

debe conducir al reconocimiento social de Jesucristo como modelo de lo humano Nuestra concepción cultural debe conducir al reconocimiento social de Jesucristo como modelo de lo humano

Era previsible y evidente que los atentados islamistas serían utilizados como un arma arrojadiza contra todos aquellos que no se consideran “liberales” y, en particular, contra los cristianos. El artículo de Vicente Molina Foix, “El Mal Moderado”, en El País, constituye un paradigma de esta posición.  En nombre de un “vivir libre”, que sin mayor precisión parece que consista en hacer lo que a cada uno le dé la gana, “que no imponga la moderación de los instintos”, que no impida “el humanísimo derecho al aborto”, condena y criminaliza posiciones religiosas y políticas de países enteros de Europa.

Los mismos que critican -con razón- que Estados Unidos y Occidente intenten imponer su modelo de democracia al Islam, y que de esta voluntad provengan parte de los males actuales (parte, no todos porque el terrorismo nunca queda justificado). En un alarde contradictorio critican a países democráticos como Hungría y Polonia porque su población, mayoritariamente, y su gobierno se niega a “comprar” el progresismo desvinculado, hedonista y narciso de Europa, o demonizan a Putin sin parar en mientes que, de acuerdo con las condiciones de Rusia, está construyendo el primer régimen democrático de aquel país.

¿Cómo puede haber una ceguera tal que defienda la protección radical del huevo de Urogallo, y considere un “derecho humanísimo” el aborto? ¿Qué mentalidad tan extraña por inhumana anida detrás de estas formulaciones que criminalizan al votante del Frente Nacional, sin atender a las causas que motivan este crecimiento de la extrema derecha, que meten en el mismo saco a musulmanes y cristianos, porque presuponen que todos tienen idénticos comportamientos por creer en Dios?

¿Cómo van a defender la Europa del desastre? ¿Persiguiendo a los europeos que no piensan como ellos, en lugar de buscar aquello que nos une? ¿La divisoria entre ser europeo, o no poder serlo bajo criterios como los de Vicente Molina, radica en el aborto, y en la celebración de todo lo homosexual, incluido el matrimonio y la adopción?

Esta es una posición suicida, y si este es el punto de vista de las instituciones hay que dejar claro que se suiciden ellos solos. Nada nos obliga a cooperar con los bárbaros, que en palabras de MacIntyre, hace años que nos gobiernan.

El camino es otro y pasa por el respeto al otro que debe ser considerado por sus actos (¿hay una comunidad más benéfica en términos sociales que la cristiana?). Europa no puede construirse ni sobre la injusticia social, ni sobre el aborto y la homosexualidad convertidos en la vara de medir. Todos los seres humanos poseen igual dignidad desde su concepción hasta su muerte natural, piensen como piensen, actúen como actúen. Este es el único principio básico. Y en razón de esta dignidad, el no nacido debe ser protegido y el homosexual, cristiano, musulmán, debe ser respetado en lo que es y juzgado de acuerdo con los costes y beneficios que de acuerdo con sus posibilidades genera para los demás. Eso es lo que cuenta y así es como deben rehacerse nuestros acuerdos fundamentales, los que nos permiten vivir conjuntamente y buscar la paz civil y la prosperidad.

En el marco de esta dinámica general a construir, una tarea es ineludible: la de restituir la idea de Dios en la esfera pública, en el marco de referencia de nuestra sociedad. Este es el primer y necesario paso, el que está en la base de todos los demás. Mientras esto no suceda, estaremos en manos de la arbitrariedad de los instintos, que reclama Molina, de las políticas del deseo que construyen la sociedad desvinculada, al tiempo que destruyen Europa. Hay que plantear el debate racional de que Dios es una posibilidad tan real como puede ser lo contrario y, por consiguiente, ha de estar presente en la vida institucional en términos de aconfesionalidad. El segundo paso es consecuencia del primero: el reconocimiento de Dios en términos que son los propios de nuestra tradición cultural, que puede ser compartida desde la fe o sin ella, y ello debe conducir al reconocimiento social de Jesucristo como modelo de lo humano.

Kolakowski, intelectual y ateo polaco que revisó su posición desde la cultura afirmando su disposición de encontrar guía en la fe: “La idea de un mundo abandonado por Dios, uno en el que la Historia es simplemente “historia”, una serie de accidentes cuyo significado es indescifrable” era perturbadora, porque “el Absoluto, dijo, jamás puede ser olvidado.”

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