Vivir mucho tiempo, ¿es un molesto inconveniente?

La población española envejece, destacando en el ranking mundial por su senectud. El invierno demográfico se afianza a pasos agigantados. Mientras tanto, las políticas familiares de apoyo a la maternidad para incrementar la natalidad y la conciliación familiar responsable, todavía se encuentran fragmentadas e inconclusas. De aquellos barros de la antinatalidad, ahora vienen los lodos del envejecimiento y con ello la incertidumbre de los pensionistas. ¿Será un grave problema ser mayor?

Quizá las sociedades modernas, en su afán consumista, se aboquen al suicidio sin darse cuenta de cuan peligroso y efímero es el perfume que embriaga el disfrute desordenado de la vida. No ha habido partido político alguno que haya afrontado con gallardía una legislación próspera y acertada respecto a la familia. Ha habido parches, connatos, sugerencias, declaración de intenciones, y eso sí, mucho rifi-rafe ideológico. La estabilidad de la familia, esa en donde se nace, se crece, se educa, se aprende, se comparte, se acoge a los hijos, ha sido vilmente descompuesta por un adoctrinamiento tóxico y pútrido perforando su línea de flotación con los torpedos del  materialismo, la permisividad y el relativismo.

La cuestión, cruda y desnuda, no es ya que nazcan niños porque sí, sino que haya detrás una familia que les acompañe hasta que se desenvuelvan con autonomía en medio de la sociedad. Además de asegurar el futuro de la especie humana, y lejos de la simplista y egoísta idea de robustecer llanamente las cotizaciones futuras, los hijos deben inocular en la urdimbre social aquellos valores, principios y virtudes adquiridos en el propio seno familiar, por ser éste una escuela doméstica.

La empresa que mayor capital humano puede aportar a la sociedad es sin duda la familia, y no solamente por conseguir grandes beneficios al Estado, más bien porque alcanza una sostenibilidad firme al conjunto de la ciudadanía. Con todo, es claro que, bajo una perspectiva meramente económica, pendiente exclusivamente de la cuenta de pérdidas y ganancias, donde se legisla a favor del aborto y se pretende implantar la eutanasia, llegar a la vejez va a ser una lucha de titanes. Incluso puede surgir, por qué no, un nuevo nazismo encubierto donde limitar la vida sea una “técnica”  mudable en virtud de unos parámetros mercantiles coyunturalmente impuestos por la voluble moda de los estándares de cada época.

Cuando existen más canas que cunas y ninguna voluntad juiciosa de aplicar políticas que favorezcan la integridad y la dignidad de las personas, algo serio y preocupante acontece. Con casi nueve millones de pensionistas en España, con una población vetusta y angustiada, el poder de los mayores puede desembocar en una gerontocracia. En la historia de las civilizaciones, los ancianos eran muy considerados, erigiéndose como depósito de sabiduría y modelo de ciencia acumulada. Tomaban partido en las más delicadas decisiones por ser un órgano consultivo. La nueva era de la progresía y del indiferentismo de las sociedades desvinculadas, contrariamente, quieren eclipsar la voz de la experiencia que emite la sensatez de los mayores. Da la impresión como si estorbaran, como si fueran un sector incómodo de mantener, y por ello quizá, los políticos piensen que con unas migajas se les pueda contentar.

Tener una salud aceptable, que prolongue la vida humana por medio de un avance científico que avale la longevidad, no debería ser un óbice político, económico y/o social, bien al contrario debiera ser un motivo de satisfacción y recompensa por el sacrificio vertido en el tránsito vital. Confiar en un gobierno que apueste por sus gentes es, hoy en día, el reto más apremiante al que se enfrenta la política española. El vasallaje y el despotismo quedaron ya sepultados en las páginas de la Historia.

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