Vuelve Solas: un clásico de amor y perdón

Solas, la película escrita y dirigida por Benito Zambrano que saltó a la fama en el Festival de Berlín de 1999 – fuera de concurso – , fue un fenómeno…

Solas, la película escrita y dirigida por Benito Zambrano que saltó a la fama en el Festival de Berlín de 1999 – fuera de concurso – , fue un fenómeno cinematográfico, pero también social. Ya en aquel momento recibió el Premio del Público y dos menciones especiales. Pero siguió recogiendo premios, 5 Goyas: mejor dirección novel, mejor guión original, mejor actriz secundaria, mejor actriz revelación, y mejor actor revelación.
Ahora, el guión ha sido trasladado al teatro por el escritor Antonio Onetti y el director José Carlos Plaza, y cuenta con un reparto que encabezan Lola Herrera, Natalia Dicenta y Carlos Álvarez-Novoa, el mismo asturianín del film. La obra se estrenó en el Teatro Central de Sevilla el pasado 22 de febrero, y seguirá de gira por Andalucía, en otoño visitará Barcelona y el norte de España, llegará a Madrid el año que viene y seguirá su gira nacional, para viajar después fuera del país.
 

 
Solas cuenta una historia de soledad, la soledad. Y nos la cuenta a través de pequeñas historias de enormes soledades. La soledad de María, en una ciudad que la engulle en el anonimato y que la atrapa con las garras de un trabajo precario, de lo que se inhibe bebiendo porque no encuentra a nadie que le diga que su vida va a cambiar; una María que tiene miedo de dar a luz porque puede ser como su padre.
 
La soledad de Rosa, una madre abandonada en un pueblo por unos hijos que han huido de un padre maltratador, “lo más lejos que han podido”, una esposa desamparada y resignada a perder su vida por un marido borracho y opresor; una mujer que si volviera a nacer no cambiaría na’ ma’ que una cosa, que entretiene el amor que nadie le acepta con sus pequeñas obras de arte, sus labores de punto. La soledad del vecino, un hombre al que la vida ha ido arrinconando por las pérdidas y la edad hasta llevarlo a un piso humilde de un barrio humilde, y que busca en su perro Aquiles la fidelidad de la compañía que la vida no le ha dado, porque ya ha visto mucho y no quiere complicar tanto el asunto.
Pero hay más historias de soledad: la soledad del padre de María, que se impone él mismo con su cinismo, con su relación de opresión y de violencia física y psicológica hacia quienes le rodean; la soledad del Gordo, que tiene que esperar a que su mujer se recupere del parto; la soledad de Juan, que cambia compañía fugaz por sexo. Y otras pequeñas historias que reflejan la soledad de quien las desarrolla: las mujeres en el centro social, madre e hija juntas pero solas en su  manera de afrontar el embarazo de la niña; madre e hijo en el autobús, juntos en la enfermedad de él pero también solos en su manera de sobrellevarla. Una ventana tapiada, un cuarto que huele a cerrado, a humedad, una tele con la imagen eterna de un belén. Un hijo muerto, unos hijos que cuida la suegra, un hijo que va a nacer.
 
Cada uno sobrelleva su soledad como puede, y se agarra a un clavo ardiendo para combatirla. María y el Gordo son amigos por la soledad, y su nexo es el bar. María y Juan tienen una relación sexual, que pierde su sentido cuando ella decide parir el hijo que nace en sus entrañas. El vecino habla con Aquiles, pero también con los empleados del supermercado, y con todo aquel que esté parado delante de él. Rosa, con sus manos gastadas, teje rebecas, teje trajecitos, porque le “entretiene”. Pero su labor más preciosa es la red de amor que teje alrededor de su hija, en la que también el vecino y Aquiles caen atrapados, y que parece que estira cerrándola cuando se vuelve al pueblo para reunirlos en una nueva familia.

 
El amor, ese amor al que no le importa fregar vómitos de borracho a las tantas de la madrugada, ese amor que se resigna a los desaires y a las malas palabras, ese amor que no ve los impedimentos para hacer crecer su semilla. Un amor que apoya y que cubre la falta. El amor que se desprende de un ovillo de lana, de una mecedora, de cuatro macetas. El amor que encierra un sobre con una carta que no está escrita pero que dice muchas cosas. Ése es el amor que les salva de la soledad, que les da calor, compañía, apoyo, comprensión, cura, soltura, naturalidad, amistad, confianza, esperanza. Un amor que no se rinde, porque uno no está “derrotao” cuando le vence el enemigo, sino cuando admite la derrota.
 
El lenguaje y las miradas son los elementos con los que la película nos habla de esa soledad, de ese amor. Un lenguaje agresivo, que aleja al interlocutor; un lenguaje tímido, que habla con medias palabras; un lenguaje que habla de sentimientos propios, pero escondidos en los sentimientos que se explican en las palabras referidas a terceros. Unas miradas por puertas entreabiertas, una mirada a través de cristales llenos de reflejos, una mirada que espera ver a quien no llega.
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Miradas de soledad y silencio, silencio que rompe un tren que pasa a toda velocidad, soledad que rompe una vagabunda que podría ser un espejo. Una mirada iluminada por el sol que ve el regalo de otro día más, una mirada iluminada por el sol que ve el final de la vida.
 
También lo hace a través del tacto y el olor . El tacto de unos dedos que extienden pomada en las heridas, el tacto de una planta. El olor de macho, el olor de madre, el olor del ovillo… ¿olvidado? Los colores, que definen a los personajes: grises y apagados en casa de María, blancos y luminosos en casa del vecino.
 
Un final triste y esperanzador a la vez. María echará de menos a quienes ha aprendido a amar, y amando desaparecerán sus pesadillas y dolores de dentro.

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