Y soñando les llega el amanecer

La magia del mes de agosto en Granada tiene lugar en esa noche del cuatro al cinco, cuando los montañeros, un año más, acortan co…

La magia del mes de agosto en Granada tiene lugar en esa noche del cuatro al cinco, cuando los montañeros, un año más, acortan con generosidad su sueño nocturno para adelantar como enamorados y con gran emoción el nuevo amanecer. Les sucede como al penitente, en semana Santa, que añora con ansiedad el grato momento de vestir su túnica; o como el niño de primera comunión que vela toda la noche porque sabe que el día siguiente con impaciencia y con el alma limpia recibirá a Jesús Sacramentado; y podría seguir con esa novia que ha preparado su especialísimo alarde de belleza y está ya a la espera ansiosa de ese día feliz en el que se va a encontrar con el amado. Aquí me quedo con este rápido dibujo que he querido hacer de aquellos que con mucho amor esperan deseosos el amor; y ahora quiero proseguir con el montañero que también cada año espera el amor del amante. Hace unos quince años fui y deseo volver con toda el alma para honrar a la “Madre de las Nieves” en la cima de “nuestra querida sierra”. Hay cosas o sucesos que son el culmen de la belleza, otras son el culmen de la hermosura, otras son el culmen del arte o de la ciencia o de la inteligencia.

Este día para mí en Granada y en su magnífica sierra se celebra el “culmen vibrante de un amor entusiasta, bellamente vivido” me gustaría poder expresar mejor lo que aquí acontece, aquello que se ve y que se oye, pero más aún me gustaría contar lo que sucede en los corazones, en el alma, en esa vida intensa que bulle con emoción en las cavernas del alma. Quisiera ver el suspirar anónimo de unos y otros, la oración callada, la petición que salta entre sollozos; quisiera oír ese: “Dios mío” callado y silencioso, pero que rompe en millares de pedazos la armonía de la sierra; quisiera ver como la poca nieve que aún queda se derrite por el calor del amor; un amor intenso que vibra en los corazones. Y mientras aún en la noche veo la subida pausada de los que llevan a la Virgen, veo a los que acompañan el cortejo. Las caras de unos y otros reflejan su ánimo despierto, su alegría ante la fiesta que se avecina; pronto la noche oscura deja paso a la luz del día, y esto es porque va Ella: “Nieves”. Esa bonita y pequeña imagen a la que todos queremos.

Son las cosas de Dios, la nieve en pleno verano, esa nieve que llena nuestros corazones y que nos impulsa a subir sin descanso. Se hace el día, pero lentamente para que advirtamos detalles, muchos detalles, de la sierra, de la gente, del cielo… Y llegado el amanecer nos acercamos al lugar, a ese lugar donde todavía hay nieve, son las nieves perennes de una sierra grandiosa: Sierra Nevada. Y allí junto a la nieve, en ese amanecer espléndido del día cinco, llegará el sol y junto a la nieve y el sol esta María y junto a ellos los montañeros de Granada y cuando ya no es posible un mayor éxtasis para los cuerpos y para las almas llega Jesús, es la Santa Misa que se celebra en el momento en el que los primeros rayos de sol rozan delicadamente el rostro de la Virgen.

Es el magnífico, y espeluznante, por su gran belleza, engranaje del amor; es la piedra preciosa encontrada desde siempre, es la fe convertida en realidad; allí está todo: la montaña, la nieve, la Virgen, Jesús, el cielo brillante y tan cercano, Granada y para completar la multiplicidad de la escena estamos tú y yo, y aquel otro, y tantos y tantos; todos encantados de ver lo que vemos, de oír lo que oímos y de sentir lo que sentimos. Y de hoy en adelante, como muestra de gratitud, la Virgen de las Nieves nos regala la grandiosa inmensidad de este cielo azul que desde aquí podemos tocar con los dedos; la espectacularidad diaria de una sierra deslumbrante y la belleza inconmensurable de la ciudad de Granada. Virgen de las Nieves, en este tu día de fiesta y siempre, ruega por nosotros.

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