Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Al finalizar el pasado mes de noviembre el año litúrgico con el domingo en el que la Iglesia católica celebra la fiesta de Cristo…

Al finalizar el pasado mes de noviembre el año litúrgico con el domingo en el que la Iglesia católica celebra la fiesta de Cristo Rey, y una vez inmersos en el tiempo del Adviento esperando gozosos el nacimiento del Niño Dios del seno santísimo de la Virgen María por voluntad del Padre, nos hallamos en un momento oportuno para meditar lentamente esta cuestión: y nosotros, ¿quién decimos que es Jesús? (Mt. 16,15).

Hoy, igual que ayer y que mañana, con estas mismas palabras contenidas en el Santo Evangelio, siendo éste el eterno presente al que debemos acudir diariamente para evitar el camino de la perdición, el Señor nos interpela dirigiendo su mirada al interior de nuestro corazón para que, desde nuestra más íntima y confiada filiación, le demos una respuesta que le dibuje una sonrisa amorosa en sus labios. A pesar de participar de la gracia de Dios a través de los sacramentos, la lucha entre el hombre viejo corrompido por los engaños, y el hombre nuevo creado a imagen de Dios, persiste para conquistar el dominio de nuestros defectos y aborrecer el pecado. Con todo, existen etapas en nuestra vida en las que se nos endurece el corazón, y la arrogancia nos ciega la voluntad y nos anula la posibilidad de arrepentimiento. Otras veces, la tibieza y la falta de pulso sobrenatural provocan en nuestra alma una anemia espiritual de tal magnitud que nos incapacita para mostrar la debida piedad hacia el Señor.

A tal efecto, los cristianos, ante el contexto social que nos toca vivir debemos responder a esta pregunta: y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Frente a esta persuasiva propuesta que debemos contestar en medio de las ocupaciones cotidianas en la que cada cual se desenvuelve, existen varias posturas a modo de resolución. Podemos adoptar la actitud de Judas traicionando el amor de Jesús por despecho y por dinero. O ser como Juan, el discípulo al que Él amaba, siendo fieles en su seguimiento hasta el pie de la Cruz. Quizá cedamos poco a poco al resquebrajamiento de nuestro espíritu por las adversidades y tribulaciones que nunca faltaran, alejándonos como lo hizo Pedro tras el prendimiento de Jesús, y así un día acabaremos negándole. A lo mejor vivimos nuestra fe como una inerte manifestación exterior y por ello vivimos de espaldas a Dios. Pero también podemos ser como Nicodemo, Zaqueo, José de Arimatea o el cirineo, personajes sin brillo aparente que por amor a Jesús transformaron sus vidas sin dejarle de buscar.

Lo cierto es que Jesucristo nos espera en la Cruz para desclavarle, para ampararle, para ayudarle a sobrellevar el sufrimiento intenso provocado por los agravios que el mundo le ocasiona. El ser humano ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y, después, verle y gozar de Él en la gloria eterna. Por ello, ante la pregunta que hizo el Señor a sus discípulos acerca de su identidad, espera apasionadamente que hoy le respondamos como lo hizo entonces Pedro: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt, 16-16). Ante esta atenta afirmación, Jesús espera también que nuestro testimonio sea coherente y sin hipocresía, en medio de los quehaceres que traen consigo cada día. Conviene recordar aquellas palabras de la carta de San Pablo dirigida a los Efesios (Ef, 3, 14-19), la cual dice así: “por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, para que, conforme a la riqueza de su gloria, os robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcáis interiormente. Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que viváis arraigados y fundamentados en el amor. Así podréis comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo; un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios”.

Ahora, en el amanecer de este nuevo año litúrgico, ¿quién decimos que es Jesús?

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