Ya no hay circo en Barcelona

Una curiosa norma municipal impide que los circos puedan trabajar en la ciudad de Barcelona. Los niños ya no pueden gozar de las bondades del mayor es…

Una curiosa norma municipal impide que los circos puedan trabajar en la ciudad de Barcelona. Los niños ya no pueden gozar de las bondades del mayor espectáculo del mundo. A miles de personas se nos priva del sano placer de ver actuar a animales y payasos. A algún iluminado, que por supuesto no ha consultado a los ciudadanos, le parece mal que se exhiban animales. Como si los del circo no los cuidaran.
 
Esta ley no es una excepción o un detalle accesorio del programa de gobierno de la ciudad. Se trata de una muestra-botón de lo que irá sucediendo. Se quiere cambiar la moral tradicional por otra. Rápidamente, para que no nos dé tiempo de digerirlo o de darnos cuenta, tan afanados como estamos en trabajar y criar hijos.

El tabaco es muy malo (el tabaquismo sí lo es) y los que mandan, que están muy pendientes de nuestro bienestar, nos lo quitan hasta en el bar. Como les da dinero, lo prohíben tanto como pueden pero le aumentan el precio. Da igual que la sociedad esté perfectamente informada de los males del tabaco o que lleven impudorosas inscripciones las cajetillas, y pronto imágenes de enfermos terminales. Alguien decide por nosotros y nos lo quita torturándonos. Eso sí, vivan las bondades de la marihuana.
Se apoyan a machamartillo religiones ajenas a nuestra tradición y que maltratan a las mujeres, mientras se favorecen los bautismos civiles, las comuniones cívicas y otras patochadas.
El coche es muy malo, aunque dé dinerito y nos vaya bien a todos, y la bicicleta es tan buena que no pasa nada por que vayan a toda pastilla por las aceras acechando los fémures de nuestras abuelas.

Se implementan campañas de civismo, mientras ya cualquier funcionario te tutea y nadie enseña a nadie lo que es la buena educación.
     
Si en la Transición se consagró la libertad de expresión, sea condenado en el circo mediático todo el que ose decir lo que piensa y les parezca mal a los que mandan. Ya no importa que lo diga un ponderado ex-presidente de la Generalitat o un vitalista antiguo presidente del Parlament. Sólo se puede decir, hacer o acudir a lo que unos cuantos deciden que es lo que conviene. Se abduce la moral colectiva y se cambia por otra en un ejercicio de prestidigitación con trampa visible.
Algunas leyes se deben saltar a la torera. Hay cosas que no se pueden aguantar más. ¿Qué nos pueden hacer por jugar un poco a la pelota con un elefante?
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