Zapatero, trivial.

A estas alturas pensamos que ya está claro que nuestra línea editorial no se apunta al catastrofismo, es decir a una adjetivación desmesurada de la re…

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A estas alturas pensamos que ya está claro que nuestra línea editorial no se apunta al catastrofismo, es decir a una adjetivación desmesurada de la realidad, sino a intentar su examen y diagnóstico en los términos más objetivos posible, dentro, claro está, de nuestras lógicas limitaciones.

No compartimos la idea de que Zapatero sea una persona intrínsecamente perversa o que tenga un “plan” para romper España ni cualquier otra cosa por el estilo que obedezca a un pensamiento previo, profundo y bien estructurado. Y ese es precisamente el grave riesgo y el problema que tiene nuestro país: el ser gobernado desde la trivialidad, incluso desde la frivolidad sobre la consecuencia de los propios actos.

No es que el Presidente del Gobierno no tenga virtudes políticas. No estaría donde está sin ellas. Lo que pasa es que son virtudes simplemente instrumentales. Para ser más exactos habilidades, muy ligadas a su larguísima trayectoria en el aparato del partido en León y de Diputado mudo en el Congreso.

Rodríguez Zapatero, a pesar de su juventud, tiene callos en las posaderas y, por tanto, experiencia en los intríngulis de la vida parlamentaria. Eso y un buen dominio del tiempo y unas dosis de frialdad castellana y tozudez aragonesa -que se nos perdonen los tópicos- que le ayudan en la gestión diaria.

No estamos tan seguros de que sea audaz, porque ahí la frontera entre tal condición y la frivolidad queda muy difuminada. Ahora, a mitad de legislatura, podemos preguntarnos: vale, ya no tenemos tropas en el Irak y los homosexuales se pueden casar ¿y ahora qué? Porque cuanto más se escucha su discurso más se tiene la impresión de que tiene muy poco que decir y que todo es una reiteración de buen rollete entre progres del reino del tópico y de lo políticamente correcto.

A pesar de que el clima económico a corto plazo es excelente, tiene a España patas arriba desde el punto de vista político. Llevamos bastantes años de crecimiento ininterrumpido del consumo de las familias y esto siempre genera buenas vibraciones, pero a pesar de ello el país anda profundamente irritado. Claro que el discurso y las actitudes del PP no ayudan, pero Rodríguez Zapatero si no fuera trivial y frívolo debería ser más consecuente con lo que dice y hace. La forma como ha gestionado todo lo referente a la Autonomía de Cataluña, su propósito del fin de la violencia en el País Vasco, sus relaciones con el mundo católico, su política internacional, están tan plagadas de errores y provocaciones por la vía de hecho, que solo se puede encontrar una respuesta en la trivialidad.

Un periodista nada proclive al PP, Manuel Trallero, escribía que “el Presidente del Gobierno da a estas alturas una imagen hueca, como una cáscara vacía, un spot publicitario, hasta un dibujo animado si quieren, pero nada más”. Y este es, aunque nos gustaría equivocarnos, un problema tremendo, porque un país sólido como España puede aguantar muchos errores de sus gobernantes, pero ningún Estado del mundo es capaz de aguantar, sin que la sociedad acabe pagándolo, el coste de la trivialidad.  

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