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Individuos cometiempo (V)

Veamos, hermano: hoy, prueba a hablarle de manera explícita a tu impenitente cometiempo de turno. Quizás así lograrás salvar lo que queda de vuestra relación, y si no, mejor siga cada uno su camino. No pierdas más el tiempo. Hay momentos en la vida en que las cosas que no han quedado claras por dejadez, respetos humanos o comodidad, como también las personas, deben ponerse cada una en su lugar, so pena de acabar todos como el rosario de la Aurora. Y tu cometiempo, el primero.

Dile a ese pavo que sabes –por demás evidente– que él piensa que en ti ha encontrado la persona que buscaba para desahogar su ansia de poder, pero que contigo se ha equivocado. Pruébale, con los ejemplos pertinentes, que hace tiempo que te persigue por los recovecos tratando de buscarte las cosquillas. Que sometiéndote a ellas pretende reencontrarse con su ego –la única razón de su existir–, pues cree firmemente que así se crecerá. Demuéstrale a tu persistente cometiempo cómo está de equivocado. Debes mostrarle de manera entendible que contigo no debe contar en ese juego. Hay cosas más importantes por las que luchar en la vida, los buenos te necesitan para lo verdaderamente importante. Y el respeto es lo primero.

Explícate. Exprésale tu buena intención una vez más. Demuéstrale con ejemplos claros que yerra adoptando la postura del que se cree que aquí el caudillo es él –el centro al que todo tiende y todo lo absorbe–, y que se hace pasar por lo que no es. Muéstrale cómo supone erróneamente que imponiendo su ego se convertirá en el figurín, en ese macho cabrío que adora en su interior podrido como al cabecilla de la grey depauperada necesitada de redentor, pero que así no conseguirá nada, porque acabará más solo de lo que ya se siente. Solo. Despreciado y apaleado por su propio sino. Vanamente perdido. ¡Desvanecido! ¡Su propio lobo! Y eso, rodeado de multitud.

Trátale, en tu charla, de querido hermano: hazle bien patente que hasta el día de hoy has hecho con él como el guardia de tráfico, pero que ha llegado el momento de ponerle en su lugar, pues te tiene harto, porque las cosas van de mal en peor, para ti y su rebaño. Estate precavido, porque sabemos que luego te saldrá por la tangente como de costumbre, y se enfadará contigo, una vez más, aduciendo que eres “conflictivo” –palabreja cuasi mágica a sus oídos, que desde que se la oyó a aquel conferenciante de éxito, la usa a destajo, con retintín superlativo–. Espétale: “¿Te has fijado en que no cesas de lanzarme pullas altivas desde que advertiste un día que te había visto el plumero, cuando insististe en tener razón en aquello que sabes que no la tenías?”. Prueba a ver. Quizás así rectifique.

Muchas veces (pero muchas: “¡Basta ya! ¡Pasa de página!”), sus cortes violentos, típicos del saca-pecho que prolifera en nuestro mundo, no son más que vericuetos por los que discurre sediento de agua fresca, pero que por su poca aptitud mental y su debilidad rastrera, no acepta la verdad que le prodigas, sino que acaba tragando la quina de lo de siempre: su propio ego. Son sus ansias de imponerse, de esconderse de sus propios complejos, tratando de pasar ante su rebaño y sus semejantes por el mejor, el guía metafísico, el mesías esperado… escabulléndose de su propio error, en lugar de reconocerlo, y a partir de ahí crecer él con su entorno. Él, no. Él quiere trepar, dominar, someter con su idea fija. …Y así, escurriéndose a tumbos, acaba perdiendo una vez más el rumbo –para a él y para su rebaño– que la vida –sabia como ella es–, insistentemente le recuerda por activa y por pasiva con sus inefables requerimientos. Son aquellos encajes palmarios que él necesitaría engarzar para que el puzle de su existencia mostrara su mejor cara, el rostro de su verdadero semblante, su obra maestra. Y esto, por Dios y ante Dios.

¡Vaya, amigo, esta no la sabía! ¡Es tu Gran Jefe, tu propio Gran Hermano! Pues háblale claro, dile que o la justicia que emana de la Verdad, o su ego. ¡Hasta aquí hemos llegado! Si no sabe dirigir, que es liderar, no debería estar en ese cargo. Un cargo no es un desolladero, sino un servicio, y todo servicio es aquel que va de hermano a hermano. Liderar es servir, no imponer los propios antojos. ¿No debería ser él tu servidor, como tú le sirves a él? El líder no es sino el que guía por valles y cañadas oscuras, en completa sintonía con las cuitas de sus seguidores. De otra manera, no es más que un payaso, un déspota consentido que con su doble carta hace trampas con la baraja. Si no sabe servir, si no sabe liderar, decídete a ponerlo en solfa, disponte a saber perder para poder ganar. Habrá llegado tu momento, el sacar de tu interior tu mejor versión: el líder que eres tú.

Individuos cometiempo (IV)
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