La imaginación de las piedras preciosas

Esa inteligencia que poseemos los seres humanos, y precisamente porque la poseemos, a menudo nos desvía por derroteros bien peregrinos, y nos perdemos. Se dan casos, ciertamente, de estimulante fin de semana de verano en la nieve, pero de alucinación permanente. Es el caso de aquel que llega incluso a pretender imponernos su ideología. Eso suele suceder precisamente porque para él la esencia de las cosas depende de cómo las miremos y de la ideología con que las desarrollemos, y no de la propia identidad en sí misma de las cosas.

Es más fácil alucinar cuando cedemos a la tentación de creernos el no va más de los mases –y, por tanto, capaces de comernos el mundo o de creernos que ya lo tenemos comido-. Desde la iluminación de la inicial chispa creadora partimos, y llegamos a dejarnos arrastrar por ella hasta ser capaces de adentrarnos en lo desconocido que testimoniamos en primera persona como si nos sintiéramos tan seguros de nosotros mismos para llegar a imponer –incluso- lo peregrino/lo imaginativo/la fantasía a nuestro vecino que solo piensa en llegar a fin de mes. Y todo para sentirnos sus dueños, porque somos los dueños del mundo.

¡Quién no ha oído el canto de sirenas! ¿No es eso de la sirenita lo que nos tiene encandilados, prendados de nuestro orgullo en esta sociedad vana y corrupta? ¿Acaso no es ese el estilo de semejantes considerados maestros de estilo? Me refiero a esos payasos que nos tienen acostumbrados a deslumbrarnos con sus modelitos de aeromodelismo y fanfarria desde las imágenes del celuloide a las de las páginas de internet.

La irrealidad –como a ellos- nos deslumbra y nos ciega y llega a arrastrarnos, tras lo cual corremos porque nos abre un sinfín de túneles jeroglíficos psicógenos gratificantes en sí mismos. Embebidos en nuestro desvanecimiento, vamos empujándonos unos a otros tras ellos, pues nos creemos firmemente capaces de llenar tanto vacío por nosotros mismos con nuestra propia luz, porque, ciertamente, vamos iluminados.

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En ese acaso de los acasos aflora el pus infecto desde lo más profundo de nuestros recónditos rincones malolientes, hasta de nosotros mismos desconocidos. Son las tentaciones del alimento, del poder y de la gloria que sentimos cuando caemos necesitados tanto en la pobreza como en la abundancia de la opulencia. Son aquellas inmisericordes tentaciones elegidas y aplicadas con crueldad planificada por los que se creen los gigantes elegidos, y lo hacen con ese subterfugio politicastro que suena a grande porque son las primeras que nos tientan. Por eso fueron las tres que probó de llevar a efecto el propio Satán tratando de someter la pureza de Nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores (Mt 4,1-11; 1 Tim 6,15; Apc 19,16). ¡Como si fuera capaz, el condenado! ¡Qué inocentada!

El ser humano es ecología integral en esencia, expresada como hombre o como mujer. Tanto si quiere como si no quiere. Cuerpo y alma. Tierra y espíritu. En consecuencia, tenemos unas virtudes y unas necesidades que no poseen los demás animales y que sobre ellos nos elevan. Somos el animal autoconsciente, único en la Naturaleza, porque somos el único de los animales capaz de decir “yo”. Por este motivo, tenemos todos, los hombres y las mujeres, ricos y pobres, enfermos y sanos, una dignidad única e intrínseca a cada uno de nosotros, como seres personales y sociales que somos.

Así que precisamente esa particularidad nos brinda aquella imaginación a la cual nos referimos y a la cual podemos apelar, puesto que nos hace volar por amor o embarrarnos por orgullo. Existen la pureza y la impureza. Hay piedras que curan con su esencia cristalina, pero esas mismas piedras podemos usarlas para matar cuerpo y alma: apedreando o invocando a los espíritus.

Sucede, pues, a menudo, que esos mismos espíritus diabólicos, para no sentirse humildes –pues lo ven insulso y hasta insultante-, prueban de tentarnos autoproclamándose ganadores de nuestra propia alma arrebozándose en su pringosa bacanal orgiástica. Más o menos como nosotros –cultos o incultos- cuando nos imponemos por la fuerza o con engaño sibilino sobre nuestros semejantes –más o menos cultos y más o menos inocentes-, porque así sucumbimos a aquella ideología empalagosa, por muy espiritual que parezca.

“Yo no alquilé un vientre, a mí me prestaron el vientre, y varias veces, tengo en un pedestal a estas grandes mujeres que me ayudaron a criar a mi familia. Como tengo en su pedestal a María, la Virgen, que prestó su vientre para que Jesús viniera al mundo”. Afirmación pública con escándalo añadido pronunciada por el cantante puertorriqueño Ricky Martin al diario español El País, para justificar el haber tenido cuatro hijos con maternidad subrogada, a causa de su homosexualidad. Sobran las palabras. Está todo dicho.

Efectivamente, deberemos concluir con convencimiento realista, que la lucha contra la imaginación y el orgullo es así porque nuestra alma vale más que los pájaros, los lirios y todo el oro del mundo (Cfr. Mt 6,25-34), y “no está bien echar a los perros el pan de los hijos” (Mt 15,26). Y menos aún las piedras preciosas.

Hay piedras que curan con su esencia cristalina, pero esas mismas piedras podemos usarlas para matar cuerpo y alma: apedreando o invocando a los espíritus Clic para tuitear
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