fbpx

Una nueva iglesia en Myanmar como signo de esperanza

Iglesia

COMPARTIR EN REDES

La inauguración de una nueva iglesia en Myanmar, en el estado de Chin, se ha convertido en un testimonio elocuente de fe que resiste y de esperanza que no se rinde.

La comunidad católica local con valentía ha levantado un templo dedicado a San José, patrono de la Iglesia universal y custodio de la Sagrada Familia, como una respuesta concreta —y profundamente espiritual— ante la persecución.

La nueva iglesia parroquial se encuentra en el municipio de Matupi, dentro del territorio de la diócesis cuya sede está en Hakha.

La solemne bendición e inauguración tuvo lugar el 12 de febrero y congregó a numerosos fieles que acudieron “en masa”, en un gesto que por sí solo revela el hambre de Dios de un pueblo probado, pero no vencido.

El obispo local, Lucius Hre Kung, dirigió palabras de consuelo y firmeza que resumen la espiritualidad de una Iglesia que sabe lo que significa cargar la cruz:

Cuando se destruyen los muros de las iglesias, un edificio es alcanzado, pero la fe permanece firme… La Iglesia pertenece a Cristo y Él está cerca de Su Pueblo”.

No se trata únicamente de una obra de arquitectura o de un logro organizativo. En un escenario donde la violencia ha golpeado templos, casas y comunidades enteras, la construcción de un nuevo lugar de oración es un signo pascual: una proclamación silenciosa de que la vida puede abrirse paso aun cuando el entorno parece dominado por la muerte.

La agencia Fides lo expresa con claridad: la nueva iglesia es un “signo de resurrección”, especialmente porque en el estado de Chin numerosas iglesias han sido destruidas durante los ataques del ejército.

Las cifras y los ejemplos resultan estremecedores.

Entre los templos católicos afectados se recuerda la Iglesia de Cristo Rey en Falam, atacada militarmente en abril de 2025. Unos meses antes, en febrero de 2025, un ataque aéreo dañó la Iglesia Católica del Sagrado Corazón en Mindat, que estaba destinada a convertirse en catedral de la recién fundada diócesis de Mindat. Según la Organización de Derechos Humanos Chin, desde 2021 el ejército ha destruido más de 107 edificios religiosos en Chin, incluidas 67 iglesias.

En esta región, la dimensión religiosa no es un dato accesorio: es parte esencial de la identidad del pueblo. Chin es el único estado de Birmania con mayoría cristiana. Se estima que el 85% de sus aproximadamente 500.000 habitantes son cristianos, y de ellos alrededor de 70.000 son católicos. En consecuencia, atacar lugares de culto no solo daña edificios: hiere la memoria, la cohesión social y la esperanza cotidiana de comunidades enteras.

En su homilía, el obispo no ocultó el dolor de la hora presente, pero lo situó en una perspectiva de fe: la dedicación de una iglesia —dijo— es uno de los acontecimientos más importantes y festivos en la vida de una comunidad, fruto de un camino largo de discernimiento, planificación, recaudación de fondos y construcción. Y añadió un matiz decisivo: que esto ocurra “en este tiempo de dificultad y sufrimiento” lo convierte en un signo aún más luminoso del amor de Dios, “un signo de fe que brilla” en la vida cotidiana.

El contexto en Chin explica por qué este acontecimiento tiene un peso espiritual y también profético. El estado está mayormente controlado por fuerzas antigubernamentales y, por esa razón, el ejército gubernamental ha respondido con ataques aéreos indiscriminados contra ciudades y pueblos, golpeando infraestructuras civiles y también lugares de culto.

El resultado humano es dramático: hoy se cuentan más de 160.000 desplazados. La destrucción de Thantlang se ha convertido en símbolo de esta tragedia: entre finales de 2021 y principios de 2022, una campaña de incendios provocados arrasó la ciudad y desplazó a la totalidad de su población, unas 10.000 personas. De las 22 iglesias que había, solo una permanece en pie; templos católicos y de otras confesiones cristianas fueron incendiados al ser considerados “lugares de resistencia”.

En este escenario, la nueva iglesia de San José no solo abre sus puertas: abre una ventana a la esperanza.

Es una catequesis viva sobre la perseverancia, un recordatorio de que Cristo no abandona a su Iglesia cuando arrecia la tormenta, y una invitación concreta a la comunión universal.

Para los católicos de otros países, la noticia interpela: ¿cómo responder? Con oración, con información veraz, con solidaridad material cuando sea posible y, sobre todo, con la certeza de que los cristianos perseguidos no son una “noticia lejana”, sino miembros sufrientes del mismo Cuerpo de Cristo.

Mientras algunos muros caen, otros se levantan. Y, como recordó el obispo, por encima de toda destrucción permanece una verdad decisiva: la Iglesia es de Cristo, y Él está cerca de su Pueblo.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.