Convendría escucharlo. Sobre todo ahora que abundan “sujetos” que se comunican como si fueran teclados con patas, incapaces de articular un ademán que no sea el de deslizar el dedo por una pantalla.
El legado de Marcel Jousse fue un proyecto monumental destinado a reconstruir la comprensión del ser humano como unidad de cuerpo y espíritu, como “memoria encarnada” que piensa y se expresa mediante gestos.
La teoría del mimismo de Marcel —que describe al hombre como un ser hecho para imitar, absorber y reproducir el mundo a través de gestos globales— renace en estos momentos casi como una advertencia cultural. No hay que explicarlo porque es evidente que donde el gesto se reprime, se desfigura o desaparece, la humanidad se empobrece, y con ella también nuestra capacidad de comprender, narrar y ver la realidad.
Creo que no soy la única que vive rodeada de relaciones humanas las cuales se comprimen en breves líneas de whatsapp, emojis o videollamadas que apenas captan una fracción del gesto real.
La obra de Jousse, aplicada a estos tiempos, es una preciosa invitación a mirar más allá de la tecnología y reconocer la dimensión perdida: el gesto como fundamento del pensamiento y del vínculo humano.
Para Jousse, el gesto es la raíz misma de toda significación:
“El hombre es memoria encarnada en el sistema muscular-nervioso, bajo la forma de mimemas gestuales
Pensar, para Jousse, es gesticular. Hablar es exteriorizar mediante los labios, la respiración y la voz una danza rítmica que traduce la interacción profunda entre el yo y el medios.
Incluso cuando permanecemos aparentemente inmóviles, nuestro pensamiento se estructura como una gesticulación interior, una coreografía invisible que modela percepción, memoria y acción.
Este enfoque rompe radicalmente con la tradición racionalista occidental, que separó cuerpo y mente. Jousse afirma, en cambio, que:
“No es un cuerpo, no es un alma. Es un compuesto humano… el pensamiento nunca se desarrolla en una sola parte del cuerpo”
Con ello anticipó las teorías contemporáneas de la cognición encarnada, que reconocen que la comprensión emerge de la interacción sensoriomotriz con el mundo.
Pero Jousse fue más lejos: sostuvo que la cultura misma —especialmente en sus formas orales tradicionales— es un tejido de gestos compartidos, algo así como una resonancia corporal colectiva.
Por tanto, custodiar y defender el gesto es en primera instancia defender la condición humana como totalidad viva.
Las culturas disociadas
La modernidad occidental, según Jousse, emprendió un camino de desvitalización que se expresa en la progresiva represión del gesto espontáneo.
El gesto, relegado al mundo campesino, fue visto como signo de rusticidad, carente de la supuesta sofisticación urbana basada en la contención corporal y la sobrevaloración del lenguaje abstracto.
En esta cultura disociada, el cuerpo dejó de ser fuente legítima de conocimiento y significado. El lenguaje se convirtió en objeto autónomo, desligado de la experiencia vivida.
Jousse denomina algebrosis a esta enfermedad cultural:
“Tenemos signos que no son ya portadores de realidad… “
En lugar de recitar, bailar, manipular objetos o hablar rítmicamente, nos limitamos a operar sobre los signos vacíos de la pantalla de un móvil. El resultado: un pensamiento desarraigado de lo humano.
Tecnología y descorporización
La comunicación digital ha llevado la algebrosis a un extremo impensado ¿Dónde está la grandeza de la prosodia?
La virtualidad produce cada vez más relaciones sin cuerpo, es decir, sin gesto.
Para Jousse, esto es devastador, pues:
“Es mucho más fácil mentir con las palabras que con los gestos”
Las tecnologías —especialmente las redes sociales— nos exponen a un nuevo tipo de disociación: la gesticulación mental interiorizada, donde no sólo manipulamos lo que decimos, sino lo que mostramos de nosotros mismos, elaborando una imagen sin relación con nuestra corporalidad real.
La pérdida de memoria cultural
Jousse dedicó gran parte de su obra a estudiar el estilo oral, característico de las sociedades sin escritura, donde el conocimiento se transmite mediante fórmulas rítmicas, proverbios y recitaciones.
La memoria es aquí una memoria corporal: para recordar, se ejecuta un gesto, se activa un ritmo, se entra en una cadencia que convoca el significado.
Hoy ya no recitamos, no cantamos para recordar, no damos ritmo a la enseñanza. Leemos, copiamos, descargamos. La memoria se terceriza, se cosifica y se externaliza. Tristemente lo que se pierde en el proceso es la vivencia encarnada del conocimiento.
Fundamento de la relación humana
El concepto central de Jousse es el mimismo, la capacidad humana de interiorizar el mundo y reproducirlo mediante gestos. Esta operación doble —intususcepción e irradiación— define al ser humano como espejo viviente.
Jousse lo expresa de manera contundente:
“El hombre mimístico toma dentro de sí todo el universo”
El mimismo, además de explicar cómo aprendemos, revela cómo nos relacionamos con los demás.
De ahí que la empatía no sea un fenómeno abstracto. Se podría decir que es es gesto-resonancia, es sentir con el cuerpo la presencia del otro.
Por tanto, allí donde la interacción carece de gestualidad, el mimismo se atrofia. La consecuencia a largo plazo: una sociedad incapaz de reconocerse mutuamente.
La tecnología, paradójicamente, aumenta la conexión pero disminuye la relacionalidad. Produce vínculos sin mimismo, lo que constituye el encuentro humano.
¿Qué propone, entonces, la antropología del gesto para nuestro tiempo? Debemos de poner énfasis en reintegrar la dimensión corporal en nuestras vidas.
Esto implica:
a) Volver al ritmo: Ritualizar actividades cotidianas, recuperar la música compartida, tener conversaciones, caminar, el trabajo manual. El ritmo es la matriz de la memoria y de la convivencia.
b) Revalorizar la presencialidad
c) Mirar críticamente los lenguajes abstractos que dominan la comunicación contemporánea: mensajes rápidos, textos fragmentados, símbolos estandarizados.
d) Recuperar la oralidad narrar, recitar, conversar en círculos, construir memoria mediante palabras vivas.
e) Cultivar la atención al otro
El gesto que defendía Marcel Jousse es el gesto primordial, originario, animado, aquel que nos conecta con la vida, con los demás y con nosotros mismos.
Y llegado este punto —en el que ya hemos comprendido que la humanidad peligra más por falta de gesto que por falta de tecnología— convendría detenernos un segundo, respirar hondo (sí, eso también es un gesto), y contemplar la escena contemporánea: una sociedad que presume de hipermodernidad mientras no sabe ya ni «pedir salir» cara a cara.
Hoy, llamamos “comunicación” a enviarnos muñequitos amarillos que lloran de risa aunque nadie se esté riendo. El gesto a estas alturas viene siendo un lujo de minorías.
¿Qué tipo de humanidad aspira a sobrevivir sin levantar la mirada de un teléfono?
Por eso, cuando parece que vamos directos hacia un futuro lleno de inteligencias artificiales conviene recordar que ninguna máquina podrá reemplazar un gesto humano auténtico, porque ningún algoritmo conoce la vergüenza, la ternura, la duda, la torpeza, la complicidad… en resumen, el alma humana.
Así que, puestos a elegir civilización, yo me quedo con la de Jousse: aquella en la que la palabra no viaja sola, sino acompañada de cuerpo.
Puede que la tecnología haya venido para quedarse. Perfecto. Que se quede. Pero que no nos eche de nuestra propia casa.






