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Erasmus: ¿experiencia formativa o descontrol universitario?

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La reciente decisión de reincorporar al Reino Unido al programa Erasmus+, tras años de ausencia como consecuencia del Brexit, ha sido presentada como un paso significativo en la normalización de las relaciones académicas entre Londres y la Unión Europea.

Esta noticia ha reactivado un entusiasmo casi automático en torno a Erasmus como experiencia formativa, que invita —precisamente por su carácter masivo— a una reflexión más pausada desde el punto de vista educativo y familiar.

Erasmus es una experiencia valiosa para muchos jóvenes. Pero también podría no serlo para todos, ni en cualquier circunstancia.

No es un fin en sí mismo, sino una herramienta educativa cuyo valor dependerá de quién la utilice, cómo lo haga y en qué momento vital se encuentre quien va a “irse de Erasmus”.

Lo que Erasmus puede aportar

Para determinados jóvenes, una estancia académica en el extranjero puede suponer una ocasión real de crecimiento personal. El aprendizaje de otro idioma, el contacto con una cultura distinta, el desarrollo de la autonomía o la ampliación de horizontes intelectuales y humanos podrían contribuir a una mayor madurez.

Cuando el alumno cuenta con una base sólida —hábitos de estudio, vida interior, criterio personal, capacidad de autogobierno—, la experiencia le ayudará incluso a valorar más profundamente sus propias raíces culturales y familiares. En estos casos, Erasmus actúa como un estímulo positivo, no como un paréntesis vacío.

Cuando la experiencia corre el riesgo de vaciarse

Sin embargo, también conviene reconocer que Erasmus puede vivirse de forma muy distinta. En no pocos casos, cuando el hijo no está preparado, la experiencia puede quedar reducida a una experiencia vital y lúdica más que en un verdadero programa académico exigente, auspiciada por una vida social desvinculada de cualquier proyecto formativo coherente.

En no pocos casos, el intercambio cultural se transforma en una experiencia juvenil superficial; la universidad, en un escenario secundario; y la autonomía, en una libertad sin normas, referencias ni acompañamiento.

No es un problema del programa sino de los alumnos, porque no todos ellos están igualmente preparados para gestionar ese contexto.

Aquí aparece una cuestión clave: no todos los hijos aprovechan igual las mismas oportunidades. Lo que para unos puede suponer una ocasión de crecimiento, para otros podría convertirse en una experiencia de dispersión que dificulte la vuelta a una vida académica realmente exigente y a la dificultad de volver a asumir unas normas domésticas ya “superadas”.

La madurez y el carácter también cuentan

Vivimos en una cultura que tiende a identificar experiencia con formación, pero desde luego no siempre coinciden. La experiencia, por sí sola, no garantiza crecimiento. Sin una estructura interior previa, podría incluso dificultarlo.

Un joven con dificultades de autocontrol, con hábitos académicos frágiles o con una identidad todavía poco consolidada, podría encontrar en una estancia prolongada en el extranjero un entorno que amplifique esas debilidades. En estos casos, Erasmus no ayudaría a fortalecer el carácter, sino que podría retrasar procesos de maduración que aún necesitan acompañamiento cercano.

Por eso, la cuestión de fondo no es si Erasmus es bueno o malo en abstracto —categorías demasiado simples—, sino si podría ser conveniente para este hijo concreto, en este momento concreto de su vida.

Padres: el discernimiento no se delega

En muchas familias, la decisión de participar en Erasmus tiende a asumirse casi de forma automática, como un paso “natural” del itinerario universitario. Sin embargo, convendría preguntarse si esa decisión responde a un verdadero discernimiento o simplemente a una inercia cultural.

Educar no consiste en ofrecer todas las experiencias posibles, sino en proponer aquellas que puedan favorecer un crecimiento.

Y en ocasiones, posponer o incluso renunciar a una experiencia es una decisión educativa razonable y prudente.

No se trata de desconfiar del mundo, sino de conocer bien a los propios hijos. De preguntarse honestamente si esa experiencia podría consolidar lo bueno que ya hay en ellos o si, por el contrario, podría exponerlos a una situación para la que aún no están preparados.

Cinco claves para discernir Erasmus en familia

  1. Valora la madurez real de tu hijo Más allá de la edad, conviene analizar su responsabilidad, orden académico y vida interior. Erasmus podría exigir más madurez de la que a veces se presupone.
  2. Infórmate del contenido académico concreto. La exigencia varía mucho según destino y universidad. Un programa poco estructurado podría empobrecer la experiencia formativa.
  3. Ten en cuenta el contexto humano y cultural del país de destino. El entorno influye mucho más de lo que pensamos. Según el caso, podría favorecer o dificultar determinados hábitos y decisiones.
  4. Dialoga con tu hijo con sinceridad. Escucha sus motivaciones reales, esto es clave. No todas las razones para ir responden al mismo tipo de búsqueda personal.
  5. Considera que aplazar también es educar. Decir “todavía no” es una forma de acompañar mejor un proceso de maduración en curso, del que se obtendrán mucho mejores frutos cuando llega a su tiempo.

Erasmus puede ser una gran oportunidad. Pero, como toda experiencia educativa relevante, solo lo será si se elige con criterio. Porque en educación nunca es recomendable asumir el “café para todos”, tampoco en esto lo es.

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