Durante unos días, un pingüino caminando solo hacia las montañas ha inundado las redes sociales. Se le ha llamado “nihilista”, se le ha cargado de ironía, se ha usado como chiste político o como símbolo de huida. Y, sin embargo, algo no encaja del todo en esa lectura ligera.
Porque este viral —cosa rara— no es superficial. Incomoda. Despierta algo. Y eso merece ser pensado.
Si tanta gente se reconoce en esa imagen imperfecta no es porque glorifique el vacío, sino porque toca una fibra profundamente humana. Especialmente masculina. No el nihilismo, sino el deseo de aventura. La sospecha de que existe algo por lo que valdría la pena dar la vida.
No es nihilismo lo que conmueve
El nihilismo bien entendido no seduce ni convoca multitudes ni genera identificación. Si alguien creyera de verdad que nada tiene sentido, no lo convertiría en meme: se apagaría en silencio. Por eso cuesta creer que lo que vemos aquí sea una celebración del vacío.
Lo que este pingüino parece despertar no es desesperanza, sino pregunta. Una pregunta antigua y persistente: «¿y si hubiera algo más? ¿Y si la vida no se agotara en la seguridad de la colonia, en la repetición, en lo conocido?»
Lo viral no es la respuesta. Es la intuición.
Separarse no es despreciar
Sin intención de humanizar al animal: el pingüino se aleja del grupo. Pero pensemos que no por soberbia ni por desprecio. Tampoco por hedonismo: no se va a Bali o a Tailandia a montar un hotel.
Camina hacia las montañas, hacia lo inhóspito, hacia lo imposible. Pienso en Colón. No es que huya de la comunidad, sino que adopta una actitud frente a la muerte.
Hay gestos que no se entienden sin esta clave. Porque todos, tarde o temprano, morimos solos. La comunidad acompaña hasta un punto. Hay un umbral que nadie puede cruzar por otro. Y frente a ese límite, algunos optan por mirar de frente.
Aquí resuena, inevitablemente, aquella frase del Evangelio: «Nadie me quita la vida, yo la doy libremente». No es un gesto suicida, sino una afirmación radical de libertad ante la finitud.
Las montañas y el «but why?»
En muchos vídeos que han circulado, los protagonistas no son solo el pingüino, sino también la muerte, las montañas, la pregunta final: «but why?» ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la entrega? ¿Por qué vivir si vamos a morir?
La cultura contemporánea huye de estas preguntas o las anestesia. Pero aquí reaparecen, toscas, sin resolver, y precisamente por eso llenas de fuerza. Preguntar ya es un acto de esperanza. El nihilismo no pregunta. El que pregunta espera, aunque no sepa aún qué.
Una imagen verdadera… e incompleta
Ninguna imagen simbólica es perfecta. Esta tampoco. Puede leerse mal. Alguien en depresión puede verla como apología del suicidio. Otros como escapismo social. «Corruptio optima pessima» lo mejor, malinterpretado, puede volverse peligroso.
Por eso conviene introducir una lectura más madura. Quizá el pingüino no represente la plenitud del camino, sino solo un momento necesario. Aquí resulta iluminador pensar en la película Hacia rutas salvajes («Into the Wild»). Aquella historia también despertó algo verdadero: el rechazo de lo falso, el deseo de autenticidad, la sed de absoluto. Pero su conclusión llegó tarde y fue clara y dolorosa: «la felicidad solo es real cuando es compartida».
El viaje del héroe no termina en la «huida». Sale, sí. Se arriesga. Descubre el límite de su autosuficiencia. Y, si madura, vuelve transformado. El hombre no se realiza en la soledad absoluta porque es, por naturaleza, un ser en relación.
Cristo, la respuesta que no anula la pregunta
Desde una mirada cristiana, esta tensión se ilumina sin eliminar el misterio. Cristo sale del Padre, atraviesa la soledad extrema —Getsemaní, la cruz—, pero no para negar la comunión, sino para llevar consigo a muchos hermanos. Incluso los anacoretas no se retiran contra la Iglesia, sino por ella.
Tal vez por eso esta imagen conduce inevitablemente a Él. Porque solo en Cristo la entrega tiene sentido, el sufrimiento no es absurdo, la muerte no es el final y la libertad no es autoaniquilación. Él es el único que atraviesa con nosotros ese umbral último donde nadie más puede entrar.
Cuidar lo que despierta
Tal vez lo que conmueve no sea el destino del pingüino, sino el coraje de dar el primer paso. Tal vez no se trate de irse ni de quedarse, sino de descubrir que la aventura más grande consiste en aprender a amar —incluso cuando duele, incluso cuando cuesta— allí donde uno está.
Que algo así se vuelva viral es, sorprendentemente, una buena noticia. Significa que, bajo capas de ironía y confusión, sigue viva la intuición de que la vida tiene sentido.
Y que la pregunta «but why?», lejos de ser desesperada, sigue siendo profundamente esperanzadora.






1 Comentario. Dejar nuevo
Gracias Carla, muy acertado. Donde lo fácil es despreciar a la juventud, achacarle estar perdidos o hacerlos de menos, has sabido ver qué hay más allá. En todos hay una historia de amor que realiza Cristo y da mucha esperanza. Gracias por ayudarnos a verlo.