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¡Te contaré un cuento!

Familia

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De cada una de esas noches guardaré siempre una colección de imágenes más nítidas que cualquier argumento. Recordaré los rostros de mis hijos, su asombro mudo, su atención, sus expresiones y el ruego alborozado que siempre vuelve: “otro más por fa…”. 

Recordaré el sosiego del día al terminar y el corazón satisfecho.

No hay nada más bello: ellos escuchando «su cuento» desde la cama entre la vigilia y la ensoñación, cabalgando con la imaginación en ristre sobre mis palabras.

Para mí lo más importante de los cuentos no es sólo el contenido, que también, pero que pasa, sino lo que queda. Esta paradoja —olvidar las historias y conservar la huella— me parece una pista decisiva. 

No hay duda, narrar cuentos es una forma de darse. La persona es relación es decir, nace de un tú, crece con los tuyos, se realiza en el don. Por eso la narración tiene tanta hondura porque estamos hechos para el encuentro, para la palabra compartida, para el “yo contigo”. Porque somos capaces de habitar una historia.

Hoy se habla mucho pero se escucha poco. Se “reproduce” mucho y  se presencia casi nada.

Un cuento contado de viva voz exige: atención, paciencia, cercanía.  Lo que más me fascina de contar un cuento es que es una escuela de presencia. 

No es casual que contar historias sea una de las artes más antiguas y universales. Ahí están, atravesando siglos y geografías, los mismos gestos: gente reunida a la luz del fuego; peregrinos medievales turnándose para contar; guerreros en túnica blanca escuchando a un narrador en las puertas de ciudades

Dante mismo evoca a la mujer florentina que, con los hilos de la rueca en la mano, cuenta a los suyos relatos de Troya o de Roma. En todo eso hay algo más que folclore, detrás hay siempre una intuición antropológica. El hombre necesita relatos porque necesita sentido.

He podido experimentar que las historias ordenan el caos e incluso son capaces de dar forma al miedo. Nos entrenan para reconocer lo valioso.

Pero hay algo todavía más importante, enseñan que la vida no es solo una sucesión de estímulos, sino un camino con dirección. La moral se cultiva. Y el relato es uno de los mejores huertos.

Un cuento, si es verdadero en su nervio, ofrece una gramática moral sin “chapas» ni sermones.

El niño descubre poco a poco, casi sin darse cuenta, la belleza de la fidelidad o que la cobardía empobrece o también que la mentira envenena y que el bien merece ser elegido siempre  incluso cuando cuesta. 

Una imaginación, bien alimentada aprende a leer la realidad. Acompaña a personajes, sufre con ellos, celebra con ellos. Es un gran aprendizaje para el corazón.

Pero lo que a mí me conmueve —y me convence— es que, en el caso de los hijos, el cuento es además un idioma del amor.

Un padre contando un cuento no solo transmite es mucho más, se entrega. Pues da tiempo y atención.

Y hablemos de la voz. La voz es algo íntimo: en la voz se nos va la persona. Por eso el recuerdo que permanece al contar un cuento no es el argumento, sino el calor.

Tal vez no recuerden los mil cuentos, pero sí recuerden “su hogar”.

Lo que forma no es solo la historia sino el encuentro.

En la familia los relatos hacen un perfecto trabajo silencioso: ayudan a que el niño se sepa dentro de algo, no a la intemperie. Lo libran de esa desagradable realidad de nuestro tiempo de ser un fragmento suelto.

Porque una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es la fragmentación. “Mi historia se ha roto”. Mucha gente vive como si su vida fuera una suma de episodios inconexos: tareas, prisas, pantallas, cansancio, domingo, otra vez lunes. Sin una dirección y sin un sentido en una historia no hay unidad y sin unidad, uno sufre y se rompe.

Las historias —las recibidas y las contadas— ayudan a recomponer la vida como un todo. Pues nuestra existencia no es un accidente sin guion, no somos una improvisación sin destino. La vida es una llamada personal. Somos hijos de Dios, con nombre. Además, Dios entra en la historia del hombre. El Verbo se hace carne, acepta ser narrado, camina con nosotros. 

Así que contemos historias. Contemos cuentos siempre que podamos, aún cansados, aun repitiendo. No importa, lo importante es que quede esa certeza silenciosa de haber sido amado.

Y si, al final, alguien me pregunta por qué tanta insistencia en algo tan sencillo como contar cuentos: pues porque el hombre vive de historias y en la medida en que aprendemos a contar y a escuchar —en la medida en que hacemos de la palabra un lugar de encuentro— nos volvemos más humanos… y también, poco a poco, más capaces de reconocer a Aquel que quiso entrar en nuestro historia para darle un sentido y que nuestra vida no se perdiera.

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