A todos nos gustan la luna por su belleza y las estrellas por su resplandor. Pero hay diferencias: la luna solo refleja la luz del sol, mientras que las estrellas son en sí mismas soles que brillan con su propia luz. Esa es la desemejanza. Un contraste que señala la dignidad de la persona, que es, en este sentido, doble: única e irrepetible, hija de Dios Creador, de quien asume la luz y así puede reflejarla.
Todos formamos una única familia: “Todos vosotros sois hermanos”, afirma Jesús. Pero, como Él mismo nos confía (1 Cor 15,58; Ef 6,13; 1 P 5,10; Dt 31,6), todos debemos mantener nuestra individualidad, que es la que nos da una misión en la vida, aquella que Dios Padre nos ha confiado al darnos unos talentos con los que negociar (Cfr. Mt 25,14-29). Por ello, nadie en su sano juicio debería escabullirse de ella. En buena parte, la misión confirma la dignidad y la merece. Y, si se desarrolla, le confiere aquella ejemplaridad que surge de la excelencia.
¿No sientes, hermano, mi hermana del alma, la tentación de abandonarte a tus flacideces? Bien podría ser ese el castigo de haber sido abocados por nuestras pasiones descontroladas a la bacanal de la estandarización, en la que cada uno pierde su individualidad para ser convertido en masa de carne prostituida, carne de cañón que le expulsa al Infierno merecido por decisión propia. Uniformidad maculosa de pringue infecto. “¡Todos iguales!”.
No obstante, todos, cada uno de nosotros, en contra de la tentación de ser “como todos”, debemos ser educados, como consecuencia aceptada de la personalización que en el fondo todos buscamos, para saber ser uno mismo, ser quien se es, ese ser único e irrepetible −como decimos− que Dios ha imaginado, querido y creado; eso es, no masificado. Un ser masificado es fácilmente reconducido, sometido y dominado.
La tentación del ego
¿No has visto, amigo, mi amiga del alma, cómo nos dirigen desde los medios de comunicación? Es tan sutil y tan etéreo que, incluso sabiéndolo y queriendo evitarlo, es difícil no dejarse arrastrar por el ambiente, pues la masificación hoy está en el aire que respiramos, y progresa generando dinámicas que se inventan y promueven los poderosos o los que pretenden serlo desde sus logias, para −precisamente− conseguir llevarnos a sus fines ocultos.
Solo una prueba. ¿Te has fijado en esos dictámenes que nos parecen inofensivos y hasta deleitables? “Pepita, la psicóloga del celebérrimo Perico de los Palotes, advierte que…”. ¿Y quién es esa Pepita? ¿La conoces? Ciertamente, no la conocías; pero ahora, después de ser identificada con un famoso, la cosa cambia, la dinámica se vuelve en contra tuya. Porque de ahí te llevan a su parqué. Un parqué que tú en tu casa no puedes tener. Y así, una vez colocado en el suyo, te moldean a voluntad, como si te encontraras a ti mismo en el tuyo; pero te hacen suyo.
¡No te dejes seducir, infante, infanta del alma! ¡Como si por ser asistenta de un famoso una persona ya debiera ser especialmente talentosa! Una profesionalidad se reconoce a partir del talento que tiene en curar un mal que nos invade el cuerpo o el alma; tanto más talentoso cuanto mayor sea el mal que nos cura. No por ser cabeza postiza de un cabezudo ya se te debe atribuir el supuesto de que mereces mayor atención y honores. Si una persona es digna de honores será por su integridad y pericia profesional, no por sus contactos (que por otra parte son muy discutibles). Un buen amigo lo es por la amistad efectiva que te tiene, no por la agenda que luce. Ser famoso o su asistente no significa ser perito.
¿Oveja blanca u oveja negra? El dilema
De esta manera llegamos al núcleo de nuestra argumentación. Damos el salto a considerar aquella senda que conduce a la superación del totalitarismo inherente a nuestra humanidad, según establece el paleontólogo francés Ludovik Slimak en su libro El último neandertal (Ed. Vergara). Según denuncia, nuestra humanidad lleva en los genes una tendencia a reconocer más aquello que es más visto, más alabado, más seguido por la masa. Así es como −según su estudio de los neandertales, en el que es experto mundial− el Homo Sapiens arrasó -por medio de su tendencia a la uniformidad, en contraste con la diversidad de las múltiples humanidades existentes entre las culturas neandertales, que según ha constatado Slimak, era tan acusada y rica, muy al contrario de la humanidad sapiens, que era absorbente-, no por su superioridad, sino por su carisma (ahí el poder del carisma de los “famosos” de los que hablábamos).
Ahora digo yo. Siguiendo esta línea, ¿no es acaso ese del totalitarismo inherente a nuestra humanidad sapiens, el pecado de caída en el idílico Edén que narra el principio del Génesis con Eva, Adán y su famosa manzana? ¿Somos tan zoquetes que nos metemos en la uniformidad incapaz de crear nada nuevo de la inteligencia artificial, tan contundente que nos incapacita a crear nada nuevo nosotros? ¿Estaremos a punto de lanzarnos voluntariamente y con brutal indiferencia por al abismo de la ineptitud más radical que haya conocido la Humanidad, que nos incapacitará para transferir nuestro inexistente conocimiento (antaño tan diverso y popular) a las generaciones venideras? ¿Acaso no es ese del totalitarismo el sistema que utiliza Satán para arrastrar a la Humanidad hacia la lascivia de su Ser con sus tentáculos ocultos por medio de una luz usurpada y solo reflejada de la Creación de Dios, y no la suya propia?
Escucha bien, hermano, mi hermana del alma. “Blanco” y “negro” es algo o evidente o arbitrario según se mire. Jesús, la Luz del mundo según san Juan evangelista y apóstol (Jn 1,1-10) −lo sabemos−, es el prototipo de oveja negra. Asumiendo la culpa que no tenía, se enfrentó con libertad, abanderando el Amor, la Justicia y la Verdad, al poder corrupto de su época, prototipo del poder tiránico que desde el mordisco de Eva extiende el diablo con la colaboración del ser humano como mancha de aceite por todo el Orbe. En consecuencia, es Jesús quien ha venido a librarnos del totalitarismo de la uniformidad, haciéndonos brillar a cada uno con luz propia −asumiendo la Luz divina−, como “discípulos suyos” (cfr. “Si hacéis lo que os digo, seréis discípulos míos” cfr. Jn 15,8). Ello es posible debido a que Dios, lejos de ser un agujero negro uniforme como Satán, es Luz (Ibid.) que ilumina la conciencia del ser humano para que sea como Él, pues en esto consiste ser cristiano (“Que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y Yo en Ti” (Jn 17,20-26): unidad en la diversidad (Dios es un único Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo).
Esta virtud que entrevemos en la Luz si la miramos con ojos limpios, nos indica el camino de nuestra vocación: seguir el mandato de Dios Padre, en el ejemplo de su Hijo, con la inspiración del Espíritu Santo, para ser testigos de su Amor, un Amor que salva con una Eternidad vivida en unión de espíritu, pero salvaguardando la individualidad personal de cada uno.
Conclusión de partida
Según todo lo expuesto, ¿no sería el Infierno la caída de la Humanidad en el arrasamiento de toda humanidad? ¿No está ciertamente, en aquella humanidad original creada por Dios −como hemos dicho al principio−, inspirada la aspiración de toda buena educación, y por eso es la geopolítica educativa que debería implantarse a nivel global (que por ello es perseguida por todo totalitarismo)? ¿No está en esa humanidad querida por Dios, decimos, el ayudar a descubrir la individualidad en el germen personalista que nos lleve a descubrir la propia luz, eso es, la Luz en la Oscuridad (cfr. Jn 1,5)?
Así pues, en una época como la nuestra, marcada y herida por el individualismo populista, ¿no sería la humanidad querida y creada por Dios la salvaguarda de la libertad, que en los orígenes incluso nos hacía vivir en armonía y en amistad con el reino animal (Gn 1-2)? He ahí la cuestión a responder por cada uno de nosotros, formando una única Humanidad: la querida y creada por Dios (“recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra” (Ef 1,10). De nuestra respuesta a esta pregunta depende nuestra supervivencia como especie tras los “mil años” (Ap 20) del reinado de Jesús Rey tras su segunda venida. ¿De verdad nos atrevemos a reinar con Él?
Twitter: @jordimariada
Todos debemos mantener nuestra individualidad, que es la que nos da una misión en la vida, aquella que Dios Padre nos ha confiado al darnos unos talentos con los que negociar Compartir en X









