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Bendita cancelación

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La semana pasada nos enteramos de que se ha cancelado un engendro comercial llamado “Madrilucía”. Este monstruo de Frankenstein, hijo abortivo de la pseudomonocultura moderna y del Poderoso Caballero, pretendía ser un remedo de la Feria de Abril sevillana (o, quizá de las demás ferias andaluzas que se celebran entre primavera y verano).

Se iba a celebrar en un polígono con etiqueta de empresa del Ibex, pero cuyo nombre popular lo asocia al lenocinio (a veces la realidad es poética), y la oposición de los municipios vecinos y las trabas administrativas (sin duda, por mero cálculo electoral) lo han terminado por ahogar (al menos por el momento).

No podemos menos que alegrarnos por la cancelación de una feria que nadie había pedido, que suponía tomar la hermosa vestimenta de una de las más arraigadas tradiciones españolas para disfrazar un engendro comercial carente de alma y de sentido.

“Madrilucía” pretendía, según sus palabras, acercar Andalucía a Madrid. Más bien, creemos, quería crear otra macrofiesta subordinada al sacrosanto consumo y al turismo de masas, despreciando las tradiciones de las ferias andaluzas.

“Madrilucía” pretendía, en realidad, instaurar un evento turístico más, con cuerpo pero sin alma, para que los extranjeros que vienen a Madrid pudieran dejarse los duros como hacen ya en otras fiestas abandonadas a los excesos consumistas de la economía moderna; y para que los madrileños se disfrazasen de andaluces al tiempo que mejoraban la cuenta de resultados de las destilerías.

Sin embargo, la Feria no es una fiesta cualquiera donde los andaluces se disfrazan de corto, montan a caballo y bailan sevillanas porque es lo que suena en los altavoces.

La Feria no necesita a nadie que no sean los propios vecinos de la ciudad donde se celebre y sus invitados.

Es un evento social, al principio de la primavera, en el que las ciudades se vuelcan, las familias se multiplican, los amigos se encuentran y las casas se amplían y se abren.

Las “casetas” no son meras tiendas sobre palos donde la gente come y bebe: son una extensión del salón de la casa, una casa que se hace común entre los socios, y donde hay que comportarse como cuando en casa ajena se está.

Hasta tal punto despreciaba este engendro las tradiciones que no solo pretendía disfrazarse de feria andaluza, sino que en un primer momento iba a coincidir con la verdadera feria madrileña, que es San Isidro.

O sea: para qué potenciar y celebrar la fiesta del lugar, conectar a los vecinos con sus tradiciones y a las generaciones de hoy con las pretéritas que bailaron en la Pradera, cuando podemos sacarles el dinero con un formato que hoy montamos en Madrid, mañana en el desierto de Nevada y pasado creamos una franquicia en Shangai.

Ojalá tomemos conciencia de que las fiestas, ferias y tradiciones de los pueblos de España (y de Europa) valen porque son suyos, porque son una expresión del alma de cada uno, y no por los puntos que aportan al PIB local.

San Isidro, la Feria, pero también las Fallas, la Semana Santa, la Mercé, la Semana Grande, Begoña o cualesquiera otras fiestas, deben ser cuidadas porque, cada una en su singularidad, son una manifestación del espíritu español (y europeo) que corre el riesgo de quedar desdibujado en una cuasicultura única, lisa y sin matices en la que solo vale lo económico, donde lo mismo puede celebrarse el Oktoberfest en Madrid que las Fallas en Copenhague o el Ommegang en Londres.

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