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Educar del carácter: dejar obrar al Otro

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En un tiempo marcado por el individualismo, la autoafirmación y la obsesión por el rendimiento, la idea de “no ser el autor de la obra”, sino un instrumento disponible, introduce una pedagogía del carácter basada en la humildad, la apertura y la responsabilidad personal.

San Josemaría Escrivá entendía su misión no como un proyecto propio, sino como respuesta a una iniciativa divina: la Obra de Dios.

Esta actitud biográfica y espiritual encierra una enseñanza decisiva para la formación del carácter.

Educar el carácter no consiste en fabricar personalidades autosuficientes, sino en ayudar a la persona a reconocer que su vida tiene un sentido que la precede y la supera.

Desde esta perspectiva, el carácter se forja no en la autosuficiencia, sino en la disponibilidad:

saber ponerse al servicio de un bien mayor.

Las palabras del Evangelio de San Juan —“Mi Padre obra siempre”— subrayan una visión dinámica de la realidad:

Dios no se ha retirado del mundo, sino que sigue actuando en la historia y en la vida concreta de las personas.

Trasladado al ámbito educativo, esto implica comprender la educación del carácter como un proceso abierto, vivo, nunca cerrado en fórmulas definitivas.

El educador no “produce” el carácter del educando, sino que crea las condiciones para que algo más grande pueda actuar en él: la verdad, el bien, la conciencia, y —para el creyente— la gracia.

Uno de los grandes riesgos de nuestro tiempo es pensar que Dios se ha retirado de la historia.

Esta tentación tiene un claro reflejo educativo: formar personas que creen que todo depende exclusivamente de su esfuerzo, de su talento o de su éxito.

Frente a ello, la educación del carácter inspirada en la visión de San Josemaría Escrivá propone una antropología más realista y más esperanzadora: el ser humano es limitado, frágil, pero capaz de grandeza cuando se abre a lo que no controla del todo.

El teocentrismo de San Josemaría no anula la libertad humana; al contrario, la fortalece. En educación del carácter, esto se traduce en formar personas responsables, conscientes de que su libertad no es omnipotente, pero sí decisiva.

El carácter se educa cuando uno aprende a responder: a una llamada, a una tarea, a un deber concreto.

No se trata de heroísmos espectaculares, sino de fidelidad cotidiana, de coherencia entre lo que se cree y lo que se vive.

Con frecuencia, la educación moral fracasa porque presenta la virtud como algo inalcanzable, “virtud heroica”, reservado para personas excepcionales.

Esto genera desánimo o indiferencia

Sin embargo, entender la virtud heroica no como una proeza individual, sino como la manifestación de una acción que no procede solo del propio esfuerzo, permite recuperar una pedagogía de la virtud accesible y realista.

El carácter no se mide por la ausencia de errores, sino por la capacidad de recomenzar, de volver a orientarse hacia el bien.

La educación del carácter requiere silencio, reflexión, diálogo interior. Ser santo es hablar con Dios como un amigo habla con un amigo”, necesitamos cultivar nuestra interioridad.

Una persona sin interioridad es fácilmente moldeable por las circunstancias.

En cambio, quien aprende a dialogar —con Dios, con su conciencia, con la verdad— adquiere una solidez interior que le permite actuar con libertad y valentía.

No tengáis miedo

Quien se sabe en manos de Dios puede afrontar los desafíos del mundo sin paralizarse. En educación del carácter, esto es fundamental:  formar personas capaces de asumir riesgos, de comprometerse, de responder a los retos académicos, profesionales y sociales sin caer en el cinismo ni en la desesperanza.

La valentía no nace de la arrogancia, sino de la confianza.

Fidelidad a la tradición y apertura a los desafíos contemporáneos

La educación del carácter no puede renunciar ni a los valores permanentes ni a la creatividad ante lo nuevo. Solo quien tiene raíces profundas puede crecer y adaptarse sin perder su identidad.

En definitiva, la educación del carácter no gira en torno al ego, sino al sentido; no al éxito, sino a la fidelidad; no al miedo, sino a la confianza.

Educar el carácter es enseñar a las personas a dejar obrar al Otro, y precisamente por eso, a llegar a ser plenamente ellas mismas.

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