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El beneficio de vivir la austeridad

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Si nos ceñimos a la realidad que nos rodea podemos advertir, sin mucho riesgo al equívoco, el vértigo que nos provoca observar la indolente ostentación que revela la desigualdad en nuestras sociedades. Nos encontramos en medio de una vorágine sacudida por el exceso, el despilfarro y una compulsión caprichosa que no hace otra cosa que alimentar un vacío existencial que cada vez estimula más la insatisfacción.

Entre aquellas personas que nadan en la sobreabundancia, y lo imprescindible que precisan los más necesitados, existe un elenco de incongruencias sociales que invitan a la reflexión. No obstante, es relevante ver cómo, en muchas ocasiones, quienes creen que lo tienen todo y de forma muy cómoda son, quizá, más infelices que los que disfrutan de los placeres más simples a los ojos de la opulencia. A tal efecto, la amistad sincera, el buen humor o una charla distendida en grata compañía, es lo que la mayoría de las veces nos hace disfrutar de verdad, y lo que enriquece sin ningún lugar a dudas el genuino sentido de la vida.

La búsqueda de la felicidad, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido un desiderátum muy ambicionado que no siempre ha sido fácil de conseguir. Aunque se trate de un concepto subjetivo, lo cierto es que la felicidad no siempre es colmada única y preeminentemente por bienes materiales. La autenticidad de una existencia plena consiste en vivir con menos, prescindir de lo superficial, sin doblegarse ante la esclavitud del consumismo exacerbado, con el fin de aumentar racionalmente nuestro grado de libertad.

Ser agradecidos con lo que tenemos, valorar las cosas que realmente tienen importancia y acostumbrarse a un desarrollo vital basado en la austeridad voluntaria, no debiera suponer, en ningún caso, transitar en la mediocridad o en una mal interpretada pobreza. Bien al contrario, prescindir de una ingente y desordenada acumulación de cosas, arrinconadas en ocasiones, denota una plena libertad de elección, contraponiéndose a cualquier tipo de sumisión, pues ésta, lo único que produce es una adicción acorde con una efímera fruición de la propiedad.

Aminorar las cosas materiales invita a tener más paz interior, mejor armonía familiar, delicada empatía social y una serenidad silente pero lumínica que se refleja en el obrar de nuestras actuaciones. Es un hecho constatado que, el consumo desmedido y anárquico, nunca llega a cubrir ese vacío existencial que va creciendo en nuestro ser, ocasionado las más de las veces por la premura de la inmediatez. Al mismo tiempo, ese angustioso “quererlo todo ya” fragmenta y obstaculiza nuestra capacidad de vivir sin trabas, pues el discernimiento entre si los bienes son considerados como medios o como fines, es desdibujado por obra de una deriva promovida por la iniquidad.

Por tanto, la felicidad no debe restringirse a lo puramente material y cuantificable, encasillando con ello a los demás según su poder de adquisición. Esta postura, discriminatoria y gregaria, es el detonante de numerosos conflictos sociales que, lejos de intentar ser erradicados, afloran con mayor intensidad a medida que el horizonte económico se posiciona, prioritariamente, en la bitácora de nuestras expectativas.

En este sentido, crear necesidades en donde no las hay y vivir por encima de nuestras posibilidades, es lo que aportan las sociedades donde el alejamiento de lo espiritual es notoriamente patente. La austeridad como virtud que fomenta la humildad, que sintetiza la realidad y que anima a cultivar los verdaderos valores éticos y morales, para posteriormente decidir en conciencia y causar el bien, es lo que hace que la felicidad no dependa exclusivamente de lo material. La sencillez y la confianza en una actitud positiva frente a la vida, han de jalonar el significado más vivo y profundo de nuestras vidas.

Si retrotraemos nuestras miradas hacia el pasado, pero con los pies puestos en el presente, caeremos en la cuenta de que nuestro agradecimiento debe ser perenne. Tener una perspectiva que reivindica lo esencial, dota de altura de miras la dignidad humana. Distinguir entre lo necesario, el capricho o lo accesorio nos llevará también a integrar a las personas con la dignidad que les corresponde, y no a discriminarlas según su capacidad mercantil. Siempre se ha dicho que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita, un adagio popular que contiene una insondable sabiduría.

Saber lo que cuesta conseguir las cosas en virtud del esfuerzo, valorar lo imprescindible, apreciar la ayuda externa del prójimo, agradecer el mero hecho de vivir, tener la ilusión de ser útiles a los demás, priorizar las necesidades siendo más ingeniosos con menos recursos, así como confiar en el quehacer de nuestro trabajo diario depositado en las manos de un Dios providente, nos debe llevar a vivir, reflexivamente, en una continua correspondencia llena de gratitud.

Acercarse a la belleza del desprendimiento nos aproxima, asimismo, al recogimiento interior, alejándonos de ese consumismo vacío que en muchas ocasiones envilece nuestras almas. No hay que torturarse con tendencias materialistas que alejan de la realidad las verdaderas necesidades. Reprimir el gasto, aun teniendo posibilidades, siempre fortalece el carácter y dulcifica las relaciones interpersonales. Recordemos que tanto el exceso como las cargas innecesarias nunca han sido fuente de satisfacción, en todo caso un contraplacer oclusivo y tiránico cuajado de irresponsabilidad.

No dejemos que nuestro sentido común y nuestro raciocinio sean eclipsados por la ceguera del poder materialista. Contemplemos desde nuestra más recóndita intimidad el verdadero espíritu que otorga la felicidad a nuestra existencia, que no es otro que el agradecimiento ininterrumpido de ser hijos de Dios y herederos del Reino.

Recordemos que tanto el exceso como las cargas innecesarias nunca han sido fuente de satisfacción, en todo caso un contraplacer oclusivo y tiránico cuajado de irresponsabilidad. Compartir en X

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