Estamos en un tiempo marcado por la prisa, la fragmentación y la superficialidad emocional, hablar del corazón no es una cuestión romántica: es una urgencia antropológica y educativa.
Por eso, en esta semana, en la que recordamos el aniversario de la entronización del Corazón de Jesús en nuestro colegio, se despierta de nuevo en nosotros que no es una práctica piadosa más, sino una decisión de fondo: poner el corazón donde debe estar.
¿Qué es realmente la entronización?
La entronización del Corazón de Jesús es un acto consciente y libre de alianza. No consiste simplemente en colocar una imagen en un lugar visible de la casa o del colegio, sino en reconocer a Cristo como Rey, no desde el poder, sino desde el amor. Es decirle, con hechos y no solo con palabras: “queremos que Tu modo de amar sea el criterio de nuestra vida”.
Es una respuesta al amor primero de Cristo. Un amor que no es genérico, sino personal, concreto, vivo. Un amor que ha pasado por la herida, por la cruz, por la entrega total.
Catequesis del símbolo: el Corazón de Jesús habla
El símbolo del Corazón de Jesús no es decorativo. Es profundamente pedagógico. En él se superponen tres signos que revelan el misterio de Cristo y educan el nuestro.
1. El Corazón
Jesús nos muestra su interior. Nos abre su intimidad. Conocer a Jesús es conocer su Corazón. Todo en Él —palabras, gestos, decisiones— nace del amor. Un amor verdadero al Padre y a cada uno de nosotros. No actúa por estrategia, sino por amor. Y ahí está la clave de la vida cristiana: no cumplir, sino amar.
2. La corona de espinas
Ese Corazón es sensible. Todo le afecta. Es un Corazón herido porque busca amistad y muchas veces no la encuentra. El amor no correspondido duele. El pecado no es una abstracción: son espinas que hieren su Corazón y, al mismo tiempo, nos hieren a nosotros. Por eso, todo lo que hacemos cuenta. Nada es neutro: o alegra o duele al Corazón de Cristo.
3. La cruz y el fuego
El Corazón de Jesús arde. Está lleno del fuego del Espíritu Santo, un amor que empuja a dar la vida. Ese amor llega hasta la cruz, donde Cristo se deja abrir el Corazón para que brote de Él, como de un manantial, el Espíritu que nos hace hijos de Dios. Ese mismo Espíritu quiere modelar en nosotros el mismo corazón de Cristo.
¿Por qué entronizar también la casa?
Porque la casa es la primera escuela. Allí se aprende a amar o a defenderse, a confiar o a cerrarse. Entronizar el Corazón de Jesús en el hogar es invitarle a formar parte de la vida real: de las decisiones, de los conflictos, de las alegrías, de las heridas.
¿Cómo trabajarlo en familia?
-Colocando la imagen en un lugar visible y digno.
-Rezando juntos el día de la entronización, con sencillez.
-Recordando, en momentos clave, que ese Corazón es el modelo.
-Volviendo a Él cuando hay tensiones, errores o cansancio.
Los frutos son reales: mayor unidad, paz en las dificultades, sentido en el sufrimiento, educación del afecto, y una fe que deja de ser teórica para hacerse vida.
El colegio: un acto fundacional
Cuando un colegio entroniza el Corazón de Jesús, como ha sucedido en el Colegio Juan Pablo II, no está haciendo un gesto simbólico sin consecuencias. Está declarando públicamente su identidad y su misión.
Educar no es solo transmitir conocimientos; es formar corazones. Y el gran reto educativo de nuestro tiempo es precisamente ese: la educación del corazón del hombre, ese núcleo profundo donde se fragua la persona.
La entronización en el colegio es una consagración, una entrega de proyectos, esfuerzos, alumnos, familias y futuro. Supone un antes y un después. Obliga —en el mejor sentido— a poner el amor de Cristo como criterio de actuación. Y, al mismo tiempo, compromete a Cristo con nosotros en una verdadera alianza de amor.
Un signo para hoy y para mañana
La imagen del Sagrado Corazón, visible y permanente, recuerda que Cristo está vivo, que ama ahora, que espera respuesta ahora. Entronizar es decirle: “quédate”. Y cuando Cristo se queda, las cosas cambian.
No es una devoción del pasado. Es una respuesta actual a una crisis profunda: la del corazón humano. Por eso, vale la pena. En casa. En la escuela. En la vida.
Porque cuando el Corazón de Jesús reina, el futuro tiene esperanza.




