¡Ay, hermano, mi hermana del alma…! No me hagas profetizar. Yo no soy Dios. Solo Él sabe lo que te espera mañana, en tu próximo paso. ¿Cómo quieres que adivine en qué peldaño estás de tu vida, si la tienes delante toda por hacer? Lo que sí puedo decirte es que estás inmaduro, y te toca ponerte al sol (símbolo del esfuerzo), a fin de dar fruto y que tu fruto dure.
Sí sé una cosa. En la vida hay que hacer lo que toca. No todos estamos hechos para el éxito, ni mucho menos (ya lo ves) todos lo alcanzamos. No basta con ser inteligente, ni audaz, ni revelador, ni… ¡hay que ser pertinaz! “Lo decido, y lo hago”. Ese es el secreto de la vida lograda, que no tiene por qué ser exitosa a la luz del mundo. Aquello −qué es en cada uno de nosotros éxito y qué no− solo Dios lo sabe, y lo sabremos todos −en la medida que Él nos lo permita− al otro lado del velo que separa esta nuestra existencia mortal de la vida eterna que nos espera, pues Dios nos ha pensado desde antes del tiempo para crearnos con ese fin. Y nos creó. Y nos animó. Y ahora, nos acompaña con su Cruz. (“Quien no coja cada día su Cruz y me siga, no puede ser discípulo mío”, dice Jesús (Lc 14,27).
Lánzate a vivir. Abrázate a una vida plena de manos de la Verdad, que no es lo mismo que la vida llena de chatarra. No te obstines en dedicar tu tiempo (que pasa sin que lo veas ni lo sientas hasta que ya es tarde) en quehaceres insípidos al espíritu inmortal que Dios te ha infundido. Agárrate, ante todo, al amor, que es el motor del mundo. (Entiéndeme. Amor verdadero, no el sucedáneo de amor empalagoso que da el mundo). Con el amor verdadero sí puedes llegar adonde te propongas, habida cuenta de que quizás no lo alcanzarás hasta que cruces el velo. Lo sé. La vida es dura, difícil. Para todos, no te creas. De modo que deja de compararte con otros que parecen más “exitosos”, y camina sin miedo fijada la vista en la luz al final del túnel.
“¿Hacia dónde?”
Avanza. Pero nunca olvides el refrán: “En todas las casas cuecen habas”. ¿No ves que en la tuya (tu alma) también? Entonces, ¿por qué te empeñas en encontrarle la pajita en el ojo a tu hermano, cuando tú luces una viga en el tuyo? (Cfr. Mt 7,3). Bien profetizó de ti Jesús, al afirmar: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). ¡Entestado en quedar cual Gioconda intacta, acabarás erizando al personal que te aclama cual mejor Pinocho del barrio, como ya vienes consiguiendo! Dios quiera que escuches pronto a tu Pepito Grillo y no acabes colgado de una encina cual títere conjurado por sus congéneres.
Escucha tu conciencia. No tengas miedo. Dios te espera, nos espera a todos. Dios te ama como nadie te ha amado, te ama o te amará. De Él sí puedes fiarte a la hora de trazar tu programa de vida, con todos tus hitos, tus ilusiones y tus aspiraciones. No traces ese programa a tontas y a locas para ser aplaudido en tu redil, sino de acuerdo con la Ley que Dios ha escrito en tu corazón para que −con libertad responsable− vueles como las águilas.
Y no te engañes. Si no lo hicieres así (abanderando la Ley), solo vas a conseguir un éxito que por muy deslumbrante que sea a la luz del mundo, no te llenará ese espíritu con ansias de inmortalidad que tienes y que solo se llena (porque Dios así lo ha querido y creado) con el amor que −aunque humano− se agarra y se alimenta del Amor eterno que Dios te tiene y te comunica para que lo repartas a sus horas. Aquel otro éxito de papel mojado que parece que da el mundo, huele mal y no hace feliz ni con todos los lujos y los “amores” mundanos que no beben del Amor de Dios. Todos ellos acaban mal, y tras el velo son abocados −por su propio peso− al “horno encendido” (Mt 13,42).
Educando con placer
Me hablas de ayudar y enseñar y regalar…, pero no parece que tú quieras aprender. Por mucha “política educativa” que implante y desarrolle el gobierno más avanzado del mundo, si tú no quieres, no aprenderás nada. Por eso, deberíamos implantar una verdadera geopolítica educativa que empiece por enseñarte a quererte con una sana autoestima, de donde, al crecer y madurar, poco a poco podrá surgir tu adecuada jerarquía de valores, de cuyo meollo brotará una voluntad firme y arraigada. Y entonces, una vez sabiéndote amar, podrás amar a Dios como debes, aun sin comprender. Y al comprender que no comprendes, comprenderás. Y serás feliz. −Dios te hará feliz−.
Por eso (porque no gozamos de esa tal política que deberíamos tener) tú no has tenido la suerte (o la has desaprovechado) de recibir una buena educación que te hiciera descubrir tu verdad en la Verdad. Tienes −ahora que te das cuenta ante el inquietante ritornello de tu desvarío− la obligación de promover −a la voz de ya y en la medida de tus posibilidades− una adecuada educación para que las generaciones venideras no caigan hasta el hondonal donde tú has caído. Si tú, él, yo, todos viviéramos la Verdad, este mundo nuestro sería el Paraíso terrenal, pues nunca hubiera dejado de serlo. En verdad sabemos que, aquel que fue, fue la máxima expresión del Amor de Dios por el hombre y la mujer.
Me dirás: ¿Y cómo sé yo el amor que Dios quiere para mí? Te diré que, en Jesús, el Padre Dios ha dejado dicho para los siglos de los siglos lo que hay que hacer para evitar arder como brasas y, al contrario, fruir eternamente (fíjate si es inconcebible) del Amor que Él nos tiene y nos regala sin ninguna necesidad propia, eso es, desinteresadamente. Repito: ¡de-sin-te-re-sa-da-men-te!
Así pues, ¿puedes siquiera conocer un amor terreno que (por mucho que pretenda mofarse de tu imaginación) pueda ofrecer todo lo que aquello del “desinterés” de Dios Padre implica? Dios no necesita nada de ti; más aún, Él es Quien te ha creado, quien te lo ha dado todo… ¿y aún osas atribuirte los éxitos mundanos cuando todo te va bien, pero luego, si te va mal, le tiras las culpas a tu Dador de Bien? Anda. Ve, recapacita un poco, toca de pies en el suelo, agárrate a la Verdad de tu vida, haz las paces con tu hermano y encontrarás el amor (humano y divino) que te da el Amor. Solo por Él, con Él y en Él (cantando en la presentación de las ofrendas de la liturgia católica) serás capaz de vivir. Para siempre. Si no, morirás. Tú eliges: ¿qué prefieres?
Twitter: @jordimariada
Si tú, él, yo, todos viviéramos la Verdad, este mundo nuestro sería el Paraíso terrenal, pues nunca hubiera dejado de serlo Compartir en X









