Las literaturas centroeuropeas: el otro pulmón de Europa

Puesto que la definición misma de Centroeuropa no está clara, tampoco puede estarlo la de la literatura o, más bien, la de las literaturas centroeurop…

Puesto que la definición misma de Centroeuropa no está clara, tampoco puede estarlo la de la literatura o, más bien, la de las literaturas centroeuropeas. ¿Qué países, qué autores, qué vertientes literarias y qué estilos consideramos representativos de este espacio misterioso que algunos —a pesar de todas las dificultades que conlleva— insisten en llamar Centroeuropa?

Según los editores de la revista Central Europe, editada por Maney Publishers en colaboración con University College en Londres, la cultura centroeuropea es la que florece en los territorios que estuvieron supeditados a la antigua monarquía austrohúngara y a la República Polacolituana, desaparecida a finales del siglo XVIII. Ateniéndonos a esta definición, nos percatamos de que para hablar de las “literaturas centroeuropeas” tendríamos que abarcar las siguientes literaturas nacionales: la austríaca, la checa, la eslovaca, la húngara, la polaca, la lituana, la letona, la estonia, la ucraniana, la serbia, la croata, la eslovena, la bosniaca, la macedonia, la búlgara, la rumana y la del norte de Italia, cada una de las cuales cuenta con un número nutrido de obras correspondientes a diferentes épocas, así como con numerosas antologías y trabajos críticos.

Claro está, pues, que la ambición de este artículo no es esbozar una síntesis global del fenómeno literario presente en estos territorios, caracterizados por una inusitada diversidad étnica, lingüística, religiosa y cultural. Se trata, más bien, de dar algunas pinceladas sobre un número reducido de autores que, correctamente o no, hemos considerado representativos de este espacio cultural.

Los primeros grandes autores renacentistas y barrocos

Tras la etapa medieval de las primeras crónicas y relatos o poemas hagiográficos, inicialmente escritos en latín y, a partir de los siglos XII-XIII, cada vez más frecuentemente en las lenguas autóctonas, llegan los fecundos siglos XVI y XVII, cuando aparecen las grandes figuras de los primeros poetas nacionales que exitosamente adaptaron los géneros literarios renacentistas y barrocos a las exigencias específicas de sus lenguas y sus mentalidades nacionales.

Jan Kochanowski, en Polonia (1530-1584), llamado “padre de la poesía polaca”, es autor de una obra poética renacentista de alto nivel marcada por una profunda erudición clásica. En especial sus trenos (cantos fúnebres) por la muerte de su hija Urszula demuestran un excelente dominio de la métrica clásica, así como unas sorprendentes sinceridad y agudeza de expresión afectiva, con la que describe su proceso interior, desde la desesperación y rebelión causadas por el dolor hasta la resignación y reconciliación con el Creador.

En Hungría surge la figura de Miklós Zrinyi (m. 1664), quien en su obra El peligro de Sziget, al describir el heroísmo de una fortaleza húngara reducida durante el asedio del feroz enemigo turco, quería incitar a sus compatriotas a luchar contra el invasor otomano. De hecho, tanto en la literatura polaca como en la austriaca y la húngara de aquella época, la lucha contra el ímpetu del cada vez más amenazador elemento musulmán, que lleva a cada uno de estos países a considerarse antemurale christianitatis (baluarte de la cristiandad), es uno de los motivos predominantes.

Otro es la disputa teológica y social sobre la Reforma que en Moravia y Bohemia se adelanta a la impulsada por Lutero en forma del llamado husitismo, que lleva más adelante a la constitución de una comunidad religiosa nacional y reformada, llamada la Unidad de los Hermanos Checos. En conexión con esta corriente teológica aparece uno de los autores más importantes de las letras checas de aquella época, Jan Amos Komenski, llamado en latín Comenius .

Es precisamente en la época barroca cuando la literatura austriaca alcanza su momento de mayor esplendor, especialmente en el teatro. Franz Giliparzer consigue un estilo muy original uniendo variados elementos dramáticos. Destacan las comedias de Stranitzki, Raimund y Nestroy.

El auge poético del Romanticismo

Tras la época de la Ilustración, que no tuvo una realización particularmente notable en esta zona, el Romanticismo supuso un nuevo auge de la producción literaria. En Polonia, despojada de su entidad de estado independiente, aparecen los tres grandes poetas nacionales, llamados por la crítica del país “profetas de la nación”: Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski.

Zygmunt Krasinski

La obra del primero, aparte de constituir un espectacular monumento de la lengua polaca, contiene una fusión sumamente particular del sentimiento patriótico —agudizado por la humillación de la ocupación rusa, prusiana y austriaca— con la interpretación romántica de la fervorosa religiosidad de su pueblo. Este fenómeno recibe el nombre del mesianismo polaco, y reivindica el papel de Polonia como una suerte de mesías colectivo, un nuevo pueblo escogido que sufre el holocausto de los grandes poderes europeos por la salvación de la humanidad.

Esta visión del llamado martirologio nacional ha ejercido una notable influencia sobre varias generaciones de patriotas polacos, incitándolos repetidamente a encabezar unas insurrecciones tanto heroicas cuanto desastrosas, puesto que no podían enfrentarse exitosamente con los tres imperios ocupantes.

Durante el Romanticismo surgieron poetas que polemizaron con esta visión e ironizaron sobre ella. En particular, Cyprian Kamil Norwid —quien, dicho sea de paso, es el poeta favorito del papa Juan Pablo II—, que descreía de las exaltaciones románticas viendo el camino del verdadero cristianismo en la belleza del trabajo cotidiano, inspirado por el amor hacia el prójimo y hacia Dios.

Ya en el siglo XX, Witold Gombrowicz, instalado durante la segunda guerra mundial en Argentina, firmó una crítica aplastante del espíritu romántico polaco utilizando técnicas narrativas innovadoras y erigiéndose en un verdadero maestro de lo grotesco, la caricatura y el absurdo. Volviendo al siglo XIX, también en Hungría el Romanticismo inspira algunas de las creaciones más sublimes de la historia de sus letras.

El impulsor del movimiento romántico en este país es Mihály Vörösmarthy (1817-1855), uno de los poetas líricos húngaros más importantes, cuyo Llamamiento llegó a ser un himno y una oración para el pueblo húngaro.

No obstante, es a Sándor Petöfi (1823-1849) a quien más veneran, hasta hoy en día, sus compatriotas. Comprometido activamente con la revolución de 1848, llamada por los historiadores Primavera de las Naciones, pone su pluma y su espada al servicio de la causa de la independencia total de Hungría del Imperio Austriaco. Los conceptos más destacados de su gran obra poética son la revolución a favor de la libertad de los pueblos oprimidos, el amor, y la tragedia individual y colectiva.

Otro poeta romántico húngaro es János Arany, que proporciona a sus compatriotas el modelo del héroe húngaro, Toldi, quien gracias a su caballerosidad, pureza de corazón y fuerza llegará hasta la corte del rey. En el género trágico destaca Imre Madach. En la misma época, en tierra checa, encontramos a Karel Hynek Mácha, cuya obra, considerada punto de partida de la poesía checa moderna, se inspira en la de Mickiewicz y contiene una exploración artística de las ideas principales de la modernidad filosófica.

Realismo histórico y costumbrista

Hacia finales del siglo XIX, pasado ya el entusiasmo romántico y en los albores del Modernismo, encontramos un extraordinario auge de la novela histórica y del realismo costumbrista, inspirados en las novelas de Walter Scott, en el realismo de Balzac y en el naturalismo de Zola. El autor más destacado de la narrativa histórica es el polaco Henryk Sienkiewicz, cuya novela Quo Vadis (llevada varias veces a la pantalla) le lleva a convertirse en 1905 en el primer premio Nobel centroeuropeo.

Pero es su monumental trilogía sobre las numerosas batallas libradas por los nobles polacos y lituanos a lo largo del siglo XVII contra los suecos, los brandemburgueses, los turcos, los tártaros, los cosacos y los rusos en defensa de la integridad de la vasta pero cada vez más debilitada República Polacolituana la que se ha convertido, con el tiempo, en una de las obras más leídas por sus compatriotas. Su personaje central, Zagloba, dotado de un incomparable sentido de humor, constituye un perfecto estudio artístico de un modélico sármata (pueblo legendario del que los nobles polacolituanos pretendían descender).

Otros autores destacados de la novela histórica y costumbrista fueron Wladyslaw Reymont (otro premio Nobel polaco de aquella época por su novela costumbrista Los campesinos), el húngaro Kálmán Mikszath y el checo Alois Jirásek.

El clímax de las letras bohemias

A caballo entre el siglo XIX y el XX, mientras la monarquía austrohúngara entra en decadencia y se acerca inexorablemente su ocaso, acelerado por la primera guerra mundial, las letras checas atraviesan un momento de auténtico esplendor, relacionado de una manera muy particular con dos autores que llegarían a alcanzar la fama mundial: Franz Kafka y Jaroslav Hasek.

Ambos nacieron en Praga, aunque Kafka, a pesar de su apellido checo, escribe en alemán. Según dice Monika Zgustová en su artículo “Literatura checa en España”, publicado en Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, “La obra de ambos relata la rebelión del hombre contra el aparato estatal draconiano que, más tarde, durante las dos guerras mundiales y la dictadura comunista, se convirtió en un verdadero monstruo bélico y represivo”.

No obstante, cada uno de estos autores utiliza unas técnicas radicalmente diferentes: Kafka recurre al subjetivismo, al simbolismo y a la poética de la pesadilla para situar al lector en un clima de profunda angustia existencial, mientras que Hasek, al crear a su entrañable protagonista, el soldado del ejército austrohúngaro Svejk, sin duda uno de los personajes más representativos de las letras centroeuropeas, combate el absolutismo de la maquinaria estatal a través de la sátira.

El buen soldado Svejk “cumple las órdenes que recibe tan al pie de la letra, y el efecto es hasta tal punto cómico y grotesco que […] demuestra lo absurdo de la orden”. Otro escritor destacado, que alcanza la fama después de la primera guerra mundial, es Karel Capek, considerado uno de los precursores de la ciencia ficción.

La indeleble huella judaica

Al hablar del inmortal Kafka, en quien muchos ven el auténtico paradigma de la cultura centroeuropea, hay que decir que uno de los factores más importantes de su identidad centroeuropea es su condición de judío. Y es que por aquellas tierras, tanto en la prematuramente democrática República Polacolituana como en el absolutista Imperio Austrohúngaro, aparte de una sorprendente diversidad y convivencia de diferentes grupos étnicos, se ha dado a la vez el fenómeno de una relativa tolerancia también frente a la población hebrea.

La prueba es que era éste el territorio que contaba con la población judía más numerosa del mundo hasta que la redujera a las cenizas la barbarie nacional socialista. Algunos de los judíos centroeuropeos participaron activamente en la vida cultural e intelectual de sus respectivas sociedades y dejaron una huella imborrable de su presencia en todos los ámbitos de la cultura, desde el psicoanálisis hasta la literatura.

Uno de los mitos hebreos más influyentes en la literatura y el cine mundial es la leyenda del Golem —protoplasta de Frankenstein—, un autómata creado por el rabino de Praga a partir de una fórmula cabalística, que inspiró al escritor austriaco Gustav Meyrink su novela más famosa: Der Golem. Un destacado literato hebreo de principios del siglo XX fue Rainer Maria Rilke, nacido en Praga y considerado uno de los mejores poetas de la literatura austriaca.

También en otros países centroeuropeos encontramos escritores judíos importantes, como por ejemplo Bruno Schultz, un judío polaco cuya trayectoria literaria de carácter surrealista y psicoanalítico se ve interrumpida por la invasión de los alemanes, que lo asesinan en 1942.

Lo mismo sucede con Miklós Radnóti, otro gran poeta judío de origen húngaro, asesinado por los nazis en 1944. Sorprendentemente, también en las décadas más recientes, a pesar del holocausto y del posterior éxodo de muchos supervivientes al estado de Israel, ha habido autores judíos notables, de entre los que destaca la figura del dramaturgo y poeta polaco Roman Brandstaetter, que abrazó el catolicismo sin dejar de identificarse con el judaísmo y dedicó su obra literaria a la exploración de los principales aspectos de la visión judeocristiana de la salvación del hombre.

Las últimas décadas

En estos momentos, la mayoría de los países centroeuropeos, recuperados del trauma del totalitarismo comunista, avanza hacia una nueva unificación política, esta vez dentro de las estructuras de la Comunidad Europea, a la que aportarán su complicada pero rica experiencia histórica, así como su irrepetible herencia cultural.

En las últimas décadas no han faltado autores fecundos, entre los cuales hay que destacar a poetas y escritores checos conocidos internacionalmente, como Bohumil Hrabal, Vaclav Havel, el cada vez más afrancesado Milan Kundera y el premio Nobel 1984, Jaroslav Seifert; los poetas polacos galardonados con el premio Nobel, Czeslaw Milosz (en 1980) y Wislawa Szymborska (en 1996); los austriacos Ransmayr, Jelinek, Marianne Fritz, Erich Hackl y Josef Winkler; los húngaros exiliados después de 1956: Lajos Zilahy y Sándor Márai, y el primer premio Nobel húngaro Imre Kertesz (en 2002). También el italiano Claudio Magris, de Trieste, y muchos otros literatos presentes en todos los países de la zona.

Los escritores centroeuropeos de hoy, al igual que los de ayer, siguen mostrando un talante particular, caracterizado por una indefinible pero palpable poética centroeuropea en la cual se mezclan motivos y actitudes: la rebelión contra la opresión política y social, la autoironía, un aire místico judaico o cristiano, cierta tendencia a la exploración del pasado histórico y un carácter aparentemente localista pero que explora cuestiones éticas, sociales y psicológicas universales.

Las próximas décadas mostrarán si la cultura centroeuropea, abierta a un intercambio mucho más libre y dinámico con occidente en la época de una cada vez más exacerbada comercialización y globalización, será capaz de preservar los rasgos característicos que constituyen su compleja y única idiosincrasia.

Marcin Kazmierczak es profesor de literatura en la Universitat Abat Oliba CEU

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