Ha tenido amplia difusión el vídeo que ha grabado una joven de veinticinco años para confesar que es incapaz de entender el vocabulario de Cumbres borrascosas.
La muchacha adquirió la novela con la idea —según explica con espontaneidad en la grabación— de leerla en tres o cuatro sentadas.
Imaginaba una experiencia literaria más o menos fluida, algo semejante a la que había tenido con otros títulos contemporáneos.
Sin embargo, apenas comenzadas las primeras páginas, sus ilusionantes intenciones se esfumaron ante la cruda realidad, palabras desconocidas, giros sintácticos arduos y una atmósfera verbal que le resultaba completamente lejana y ajena.
La joven explica que esperaba un lenguaje “más adaptado”, algo más cercano al estilo de los libros que le habían hecho leer en el instituto.
Es decir, lo «que se lleva hoy en día» una literatura domesticada, suavizada, reducida a un español contemporáneo o que no llega ni a eso, directo y sin sobresaltos.
Gracias a Dios, la inesperada experiencia tuvo para ella un efecto revelador. La lectura se convirtió en un obstáculo inesperado que al mismo tiempo la interpelaba, quizá su formación lectora no era tan sólida como pensaba.
El vídeo, como suele ocurrir en la era de las redes sociales, fue recibido con una mezcla de burla, indignación, incluso tuvo su diagnóstico sociológico. Y es cierto que el episodio tiene algo de síntoma cultural. Pero creo mucho más conveniente y menos reduccionista hacerse antes ciertas preguntas y no entrar directamente a criticar a la protagonista, como si fuera sólo un símbolo de decadencia colectiva.
Para empezar, hay que reconocer el mérito de su curiosidad intelectual. No es tan frecuente hoy que alguien decida acercarse voluntariamente a una novela escrita hace más de ciento setenta años.
El simple hecho de comprar el libro y tratar de leerlo ya indica una inquietud. Además, tras la avalancha de comentarios que recibió el primer vídeo, la joven publicó otro en el que explicaba que las dificultades no la habían desanimado; al contrario, habían despertado en ella el deseo de perseverar.
El problema que el vídeo deja al descubierto
Dicho esto, sería ingenuo negar que el episodio no revela algo de la gravedad del asunto.
La dificultad de esta joven para comprender el vocabulario de una novela clásica no es un caso aislado.
Forma parte de una tendencia más amplia: el empobrecimiento progresivo del lenguaje y de la capacidad de comprensión lectora en amplias capas de la sociedad.
España, que durante siglos fue una potencia literaria y cultural, convive hoy con un fenómeno paradójico: la expansión formal de la educación ha ido acompañada de una preocupante reducción del nivel real de exigencia intelectual.
Cada generación posee más títulos académicos que la anterior, pero no necesariamente más cultura, ni más dominio del lenguaje.
Y el lenguaje no es un simple instrumento técnico. Es muy importante porque es el medio a través del cual pensamos y nos comunicamos.
Un vocabulario pobre produce inevitablemente un pensamiento pobre. Cuando las palabras escasean, también lo hacen los matices, las ideas y las posibilidades de comprender la realidad.
Por eso, la escena de una joven luchando con las páginas de Cumbres borrascosas muestra el momento en que un lector se encuentra con la frontera de su propio horizonte cultural.
La pedagogía del descenso
Una parte del problema tiene que ver con ciertas corrientes pedagógicas que, durante décadas, han insistido en la necesidad de adaptar la cultura al supuesto nivel del alumno.
Bajo la noble intención de facilitar el aprendizaje, se ha producido en muchos casos un proceso inverso se ha reducido la complejidad hasta hacerla casi desaparecer.
Se evita cualquier dificultad por temor a que el estudiante se frustre o abandone la lectura. De ahí que caminemos inundados de libros simplificados, textos breves y argumentos demasiado elementales.
Leer textos complejos es comparable a levantar pesas, sin esfuerzo no hay fortalecimiento. La inteligencia, como el cuerpo, necesita resistencia para desarrollarse.
Ya lo señalaba el propio J. R. R. Tolkien en una de sus cartas, el vocabulario y la comprensión de la vida no se adquieren leyendo libros adaptados artificialmente al nivel del lector, sino enfrentándose a obras situadas por encima de él. La juventud, decía, suele tener energía suficiente para esa tarea.
Durante siglos, el aprendizaje intelectual se basó precisamente en esa premisa. Por ello, el estudiante debía enfrentarse a textos exigentes.
El esfuerzo formaba parte del proceso educativo.
Es curioso que a menudo se justifica esta simplificación con un argumento engañoso por supuestamente moderno. La cultura ya no se transmite principalmente a través de los libros, sino mediante medios audiovisuales. De ahí que algunos pienses que las películas, los videojuegos o los vídeos en internet serían herramientas más eficaces para educar a las nuevas generaciones.
Pero esa idea es peor que una ilusión.
El lenguaje escrito posee una densidad conceptual que ningún medio audiovisual puede sustituir. La lectura exige concentración prolongada, imaginación activa y una capacidad de abstracción que difícilmente se desarrolla consumiendo imágenes en rápida sucesión.
Cuando la lectura desaparece o se reduce a niveles mínimos, también se debilitan con ello esas facultades. El resultado, es más que imaginable, es una sociedad más superficial, más vulnerable a la manipulación y menos capaz de sostener un pensamiento crítico.
La literatura y las “cosas permanentes”
La verdadera literatura no existe para entretener superficialmente ni para proporcionar ventajas económicas. Su función es mucho más importante. Como señalaba el poeta T. S. Eliot, las grandes obras están ligadas a lo que él llamaba “las cosas permanentes”
¿Y que son las cosas permanentes? Aquellas verdades sobre la condición humana que atraviesan las épocas.
Las novelas, los poemas y las tragedias constituyen un archivo de la experiencia humana. En ellas se exploran el amor, el odio, la ambición, la culpa, la redención, la esperanza y la desesperación. Leerlas es ampliar y nutrir nuestra experiencia vital.
Nuestras vidas son demasiado breves para vivir todas las situaciones posibles. La literatura nos permite hacerlo de manera indirecta. Nos hace participar en miles de vidas distintas.
Por eso pensadores como John Henry Newman o C. S. Lewis defendían que la ficción posee un valor educativo irreemplazable.
A través del relato se despiertan la imaginación moral y la capacidad de juicio.
Una novela no nos enseña mediante definiciones abstractas, sino mediante experiencias narradas. Nos hace temblar con los personajes, sentir sus dilemas, participar en sus decisiones. Y de este tenemos experiencia todos.
La imaginación moral
En ese sentido, la literatura no solo forma el intelecto, va mucho más allá, también moldea el carácter. La escritora Flannery O’Connor lo expresó de mil maravillas con una frase memorable.
Nuestra respuesta a la vida es distinta si solo conocemos una definición de vida o si hemos temblado con Abraham mientras sostenía el cuchillo sobre Isaac.
La imaginación moral se nutre precisamente de esas historias. Nos permite comprender las consecuencias de las decisiones humanas, percibir la complejidad del bien y del mal y desarrollar empatía hacia los demás.
Sin esa dimensión imaginativa, la educación poco a poco se empobrece y corre el riesgo de convertirse en una simple acumulación de datos.
El nuevo analfabetismo
El problema de fondo, por tanto, no es solo educativo. Es educativo y es cultural.
Nos movemos en un ámbito único hasta el momento. Estamos ante un claro crecimiento de una forma de analfabetismo funcional. Es decir, personas que saben leer técnicamente pero carecen de la capacidad o del hábito para enfrentarse a textos complejos.
No es casualidad que, en muchos contextos, el debate público se reduzca a consignas breves, frases hechas o eslóganes. Pues este fenómeno tiene consecuencias sociales más que evidentes de las que ya estamos pagando las consecuencias. Una ciudadanía con escaso dominio del lenguaje es más fácil de manipular políticamente, más vulnerable a los discursos simplistas y menos capaz de analizar críticamente la información.
Las familias
Las familias desempeñan un papel decisivo. No es sólo cosa de los centros de educación.
Una casa con libros disponibles puede ser una de las herramientas educativas más poderosas. Los niños que crecen rodeados de libros desarrollan de manera natural una relación distinta con la cultura escrita.
El vídeo de la joven que lucha con Cumbres borrascosas ha sido utilizado para ridiculizar a una generación. Ella, al menos, ha tenido la honestidad de reconocer su dificultad y la voluntad de superarla.
Con esto nos subraya que la literatura, al fin y al cabo, no existe para hacernos la vida más fácil, sino para hacernos mejores. Nos recuerda que el mundo es más complejo de lo que solemos pensar y que nuestra comprensión y nuestra persona siempre es limitada. Somos finitos.
Esta joven, tal vez sin proponérselo, ha puesto sobre la mesa una gran lección: que la verdadera educación comienza justo en el punto donde la lectura deja de ser cómoda y empieza a exigir esfuerzo. Toda una lección de vida.











