Llega la época más bonita del año, y a mí tengo que reconocer que me cuesta, me cuesta muchísimo obedecer a la liturgia, porque mi banda sonora se transforma en los villancicos de Michael Bublé desde que recojo la bolsa de verano en septiembre. Así que ya suspiro aliviada cuando los turrones nos tientan en las cajas y las luces nos ciegan, especialmente en la ciudad de Vigo, porque ya pueden resonar sin avergonzarme los villancicos en mi casa, como si paseásemos por las zambombas de Andalucía.
Esta semana, escuchando a Bublé, me he acordado de dos niños, dos niños que pasarán estas Navidades mirando al cielo, con un asiento en el sofá vacío: los hijos de Charlie Kirk. Y pensé que estas Navidades tenemos que recordarlos y conseguir que su muerte no haya sido en balde. Para Charlie Kirk, los debates con universitarios eran un modo de humanizar al adversario: no verlo como un enemigo ideológico, sino como alguien con quien es posible dialogar, conversar, aunque no se esté de acuerdo. La historia le da la razón.
La primera Navidad de la guerra de las trincheras, los villancicos unieron alemanes e ingleses; gracias a «Noche de paz» acabaron jugando al fútbol, entrando muertos y compartiendo chocolate. Todo esto preocupó a los altos mandos de ambos ejércitos. Temían que la fraternización rompiera la disciplina, que la fraternidad cara a cara desmoronara la lógica de una guerra estática, brutal y prolongada. Así que se dieron órdenes estrictas de no confraternizar: rotando unidades con más frecuencia, aumentando las patrullas y provocando disparos anónimos, endureciendo la propaganda del enemigo.
Teniendo esto presente, aprovechemos las Navidades no para grandes tratados de paz, sino para conseguir simplemente fraternizar. Es más difícil enfadarse después de haberse aliado con un primo para ganar al Monopoly. Es fácil recordar los buenos tiempos cuando te pones a bailar con tu hermana al ritmo de Alaska y Dinarama, «¿A quién le importa?» ¡Qué bueno volver a los mejores capítulos de nuestra vida! Los agravios nunca coordinan con la decoración navideña.
Y nada une más a mis nueve princesas que un final de comedia romántica: cuando el chico por fin besa a la chica y ella levanta el pie con ese clásico plof. Soy consciente de que hasta los vecinos del quinto escuchan el aplauso.
En definitiva, que nadie haya muerto en balde, ni siquiera Charlie Kirk. La fraternidad no es un concepto abstracto: es sentarse a la mesa y decir que todo está muy rico, aunque no te guste. Reír con el chiste del cuñado. Cantar, ver una película o simplemente ayudar en la cocina. Que cada gesto, por pequeño que sea, tenga la responsabilidad de unir y no de dividir. Que no se pierda la oportunidad de mirar al otro de frente y decir: “aquí estoy”. Estas son las verdaderas oportunidades, los regalos que estas fechas traen consigo. Unas Navidades a lo Charlie Kirk.
¡Feliz Navidad!
Que cada gesto, por pequeño que sea, tenga la responsabilidad de unir y no de dividir. Compartir en X








