En nuestra anterior entrega sobre el tema, vimos cómo la devoción a la Divina Misericordia presenta ante todo la confianza del pecador en la infinita Misericordia de Dios, con una dimensión eminentemente pastoral. Por ello, entendemos que se inserta dentro de una espiritualidad más amplia, la del Sagrado Corazón de Jesús, que abarca también otros aspectos como la reparación, la expiación y la reciprocidad del amor, presentando todo ello dentro de un enfoque más teológico y afectivo que propiamente pastoral.
En esta nueva columna, vamos a intentar analizar la Divina Misericordia en el marco general del siglo XX y, concretamente, en relación con el pueblo polaco, que es el lugar donde brota con fuerza, para expandirse desde allí por el mundo entero.
La aparición de la devoción a la Divina Misericordia en Polonia entre las dos guerras mundiales no suele interpretarse por los teólogos como algo casual; de hecho, no es difícil ver una relación muy profunda entre el contexto histórico europeo del siglo XX y el mensaje espiritual recibido por santa Faustina Kowalska.
En este sentido, se entiende que la Divina Misericordia surge como respuesta espiritual a una crisis histórica sin precedentes. Entre 1914 y 1945 Europa vive lo que algunos historiadores describen como la enorme guerra civil europea: Gran Guerra, revoluciones totalitarias, comunismo, nazismo, Segunda Guerra Mundial y varios genocidios masivos, entre ellos, el gran genocidio de los cristianos armenios, siempre tan olvidado.
Dentro de este convulsivo escenario, Polonia se sitúa en el epicentro geográfico y político de estas tragedias: hablamos de un país que desaparece como Estado durante siglos para renacer a principios del siglo XX, ser luego invadida por Alemania y la URSS y sufrir el exterminio de una gran parte de su pueblo.
De alguna manera, no es exagerado decir que Polonia experimenta de forma concentrada el drama espiritual de Europa. Y precisamente allí surge el mensaje: ¡la misericordia de Dios es mayor que el pecado del mundo!
Pero la crisis europea que hemos descrito sucintamente no arranca de cero. Desde hacía ya más o menos un par de siglos se venía forjando una crisis religiosa marcada por la secularización, el racionalismo, el ateísmo filosófico y un rechazo casi frontal a cualquier forma de religión, especialmente la católica.
No son pocos los teólogos que vinculan ambos hechos – crisis religiosa de la modernidad y crisis política europea del siglo XX – de manera que nuestro anterior siglo sería algo así como el fruto de la ruptura espiritual de la modernidad: ideologías totalitarias, violencia extrema, odios y genocidios. Y ahí se inserta con claridad la lectura que san Juan Pablo II hacía de la historia reciente, una lectura que podemos describir como “teología de la historia”, afirmando que la misericordia es la respuesta de Dios al mal radical del siglo XX.
El núcleo del mensaje a Santa Faustina tiene un contenido que da respuesta directa a esta crisis que hemos presentado: el pecado y el mal pueden adquirir dimensiones estructurales y colectivas inmensas, concretándose incluso en una capacidad humana de destrucción desconocida hasta la fecha, pero la misericordia de Dios es siempre mayor.
El mensaje es claro: ningún pecado humano supera la misericordia divina. No hay mal en el mundo, por grande que sea, que sea más grande que la misericordia de Dios. Por eso el mal no tiene nunca la última palabra, y el mundo y el hombre están siempre abiertos a recibir los frutos de la redención de Cristo.
En medio de un siglo XX que ha extendido por doquier una cultura de desesperanza – donde el mundo carece de sentido, el mal es inevitable, la historia es absurda y la vida es más una carga que un don – la espiritualidad de la Divina Misericordia propone exactamente lo contrario: la historia toda está atravesada por la misericordia de Dios, ¡mi vida está tocada en lo más hondo por la misericordia de Dios!
Y aquí juega un papel decisivo Karol Wojtyła, el gigante polaco que vivió la ocupación nazi y el comunismo soviético en sus propias carnes. No es casual que sea él el papa que canonizó a Santa Faustina e instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia católica, consagrando además el mundo a la misericordia divina en 2002. Pero unos cuantos años antes, en el lejano 1980, tan solo dos años después de su elevación a la sede de Pedro, había escrito en su encíclica Dives in Misericordia que «el mundo contemporáneo necesita redescubrir la misericordia». De esta manera, desde el inicio de su largo pontificado, el papa santo anuncia al mundo que la misericordia de Dios es más grande que el mal humano.
Por todo ello, creo que es correcto afirmar que la Divina Misericordia es la forma histórica que adopta hoy el mensaje del Sagrado Corazón de Jesús. Si el Sagrado Corazón manifiesta el amor de Cristo, la Divina Misericordia revela ese amor enfrentado al mal extremo del mundo moderno.
En ese sentido, no es simplemente una nueva devoción, sino una lectura espiritual de la dramática historia contemporánea.
“Al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”. Jn 19, 33-34
Esta es la respuesta de Dios al mal del mundo: ¡el costado abierto de Cristo!, del que mana eternamente su amor y su misericordia para con nosotros, pecadores. De ese costado abierto brotan la sangre y el agua, signos de los sacramentos, por los que la misericordia de Dios alcanza hoy al mundo.
Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros y del mundo entero.



